Cultura y Libros
Domingo 10 de Septiembre de 2017

Tragedia aérea

Entre amores y rencores, una historia inquietante

Encontrándose el vuelo IB 3245 cruzando algún punto del Atlántico, el pasajero del asiento B 72 giró ligeramente la cabeza y le indicó a la joven de aspecto ausente que se ubicaba a su lado: "Nos estamos cayendo". No había alarma en su voz, ni preocupación siquiera: estaba enunciando con neutralidad una sensación que había estado tratando de discernir y confirmar fehacientemente. Entonces, al rotar el cuello, abrir la boca y desprender la secuencia de sonidos —para mí inaudibles, por supuesto— que pretendían dar cuenta de algo que estaba ocurriendo y que nadie, hasta entonces, había dado la más mínima prueba de estar sintiéndolo o presintiéndolo.

"Cosa dice, signore? Io non capisco niente", le informó la muchacha, una ragazza, claramente, que se estremeció en su butaca, creo que por la sorpresa de ser destinataria de un mensaje incomprensible, para ella, proveniente del hombre desconocido que ocupaba la posición contigua a la suya dentro de la aeronave. El pasajero B 72 alzó las cejas, decepcionado. Podía probar con repetir su certeza en inglés, pero el temor a un nuevo fracaso lo instó a desistir de tal esfuerzo. Sabía inglés, él, un poco, como para defenderse, pero ella podía ignorar también ese idioma.

Era preferible intentar por otro lado, con otra persona que compartiera su lengua materna y pudiera entender la situación sin que él debiera exponerse a traducir lo que, instante tras instante, comprendía con seguridad creciente. También pensó en que, quizá, si lo decía en inglés y ella lo manejaba al dedillo, podía equivocarse en el verbo, por ejemplo, y la italiana juzgarlo de osado o de idiota por pretender expresarse en un idioma que balbuceaba, a duras penas.

Dado que caían, sí, que el avión irremediablemente perdía altura sobre el océano y cuando se estrellaran en sus aguas, estadísticamente, era imposible que hubiera sobrevivientes, iba a ser una desgracia que, uno de sus últimos actos, fuera devenir en objeto de burla de una extranjera bilingüe, al menos, que hubiera sido testigo de su imperdonable fallido. "Scusi... ¿posso aiutarlo?", inquirió la ragazza recomponiéndose, despertando del letargo en el que debía encontrarse para pasar sin conciencia ni lucidez el denso transcurrir del tiempo muerto. Aún sonriendo como si francamente quisiera, entonces, comunicarse con el hombre que había ignorado desde el embarque hasta ese aciago momento.

"No, está bien... todo ok, todo ok", se resguardó él levantando el pulgar derecho mientras mantenía el puño cerrado. La universalidad de aquel gesto despertó una asociación esperanzadora. No solamente que así ella, efectivamente, captaba el mensaje, sino también que tenían o él podía apelar a un código compartido. No dudó: aprovechando la atención, la mirada concentrada que ella le dirigía tratando de vencer la penumbra que los rodeaba, el pasajero B 72 levantó la mano izquierda, con la palma hacia abajo, y la mantuvo extendida a la altura de su nariz mientras la desplazaba hacia delante, lentamente. Pero, esa línea recta que trazaba, de pronto, se torcía ligeramente hacia abajo y él, para enfatizar el mensaje, compuso una expresión de horror o de espanto.

Visto desde afuera, incluso desde el interior del enorme Airbus, nada parecía indicar la existencia de una anomalía en el vuelo IB 3245. De hecho, cada uno de los viajeros continuaba absorto en sus distracciones habituales que, como sabrá cualquiera que haya volado, no son tantas ni muy variadas: dormir, leer, observar con apocada pesadez la pantallita que brilla en el respaldo del asiento delantero.

Es posible que fuera sólo el pasajero B 72 el único que se mostraba consciente de la situación, que presentía la tragedia, o también los otros, no todos tal vez, algunos, estarían carcomiéndose por dentro, aguantando a fondo, luchando contra los presentimientos y las premoniciones para no quedar en ridículo por ser los primeros en hablar. Podía ser. Todos hemos vivido situaciones semejantes: aunque no tan graves, de vida o muerte, en que los demás aguardan una chispa, la voz de un líder, un grito para verbalizar sus temores o sus reclamos. Por eso, sabía lo que iba a suceder, lo que estaba sucediendo, y que era inevitable. Aunque los otros no reaccionaran, él debía actuar, intentarlo, contener la tragedia que estaba ocurriendo. El pasajero B 72 se puso de pie. Enérgicamente, algo que desconcertó a la ragazza quien, después del intento de comunicación no verbal que habían tenido, se ajustaba el cinturón de seguridad, aunque considerara loco o idiota a su vecino de asiento. Entonces, volviéndose hacia el pasaje —jamás tomamos conciencia de lo que en cualquier traslado significa compartir con los demás, ignotos o conocidos, un destino— se atrevió a verbalizar el temor que lo invadía:

—Nos caemos... el avión se está cayendo— dijo y con una mirada veloz, desesperada, evaluó el efecto que provocaba en los otros. Hubo algunas sonrisas incrédulas, en los más jóvenes, el desconcierto de los extranjeros, el espanto de las mujeres mayores de cincuenta y la alarma de dos azafatas que, desde puntos opuestos, se lanzaron con elásticos movimientos en dirección al pasajero B 72. Sabiendo que lo reducirían para silenciarlo, repitió gritando el terrible diagnóstico. Entonces, varios se apresuraron a correr y mirar por las ventanillas para corroborar cuánto había de cierto y cuánto de locura y desequilibrio en ese anuncio de tragedia.

Hubo voces que le dieron la razón, mientras que otras se alzaron para negar, para protestar, para acusar al pasajero B 72 de ser un embustero. Dos posiciones irreconciliables se enfrentaban: los que creían que el avión estaba cayendo, por un lado; y los que se resistían a admitirlo, por el otro. En realidad, también había un tercer grupo y era el que formaba un generoso porcentaje del pasaje, agrupando a aquellos que no tenían noción de lo que estaba pasando. Algunos porque no hablaban castellano, como la ragazza, otros porque recién se despertaban o se quitaban los auriculares, y unos más porque estaban tan narco o alcoholizados que a duras penas permanecían sentados.

A esa altura, la cabina era un bochinche, un mercado, una sesión del Congreso en la que no hubo Banelco antes: todos hablaban, gritaban, gesticulaban; pero nadie se entendía y no había gran cosa para hacer. Tanto si el avión caía como si seguía, sin alteraciones, atravesando como debía el océano.

—¡Exijo que nos digan si vamos a morir!—aulló el pasajero B 72 que, ganando el pasillo, a pesar del asalto del personal de abordo, pretendía ir a consultar la opinión de los pilotos. —No pueden negar, ni mantener en secreto esto...

Pero entre las azafatas y los azafatos tampoco había uniformidad de criterio. Algunos seguían el protocolo pero otros, como el sobrecargo, miraban con pánico hacia el exterior tratando de descubrir una razón para calmarse.

En ese momento de caos, sin turbulencias que agitaran la nave, es imposible afirmar que reinaba la normalidad dentro del vuelo IB 3245. A casi todos los pasajeros empieza a sucederles algo extraño. Convulsiones, estremecimientos, ataques de pánico; otros que se golpean salvajemente con los puños o se arañan. Visto desde cierta distancia, la cabina de un avión no ofrece la posibilidad de tomas panorámicas, resulta un cuadro desconcertante y perturbador: como si la Muerte estuviera haciendo una cacería en la aeronave equivocada. Pero, para afirmar esto, habría que permitir demasiadas concesiones. Por eso, yo afirmaría que se trata de un caso de feroz sugestión, de locura por contagio, pero no una instigación porque, justamente, el pasajero B 72, lanzando espuma por la boca, tumbado en el pasillo, era uno de quienes peor la estaba pasando. Peor que los pilotos, incluso, que sacudidos por indeterminadas descargas eléctricas han perdido el control de los mandos. Hasta aquí es todo lo que puede verse en las cámaras y deducirse del registro de la caja negra del vuelo IB 3245.

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