Cultura y Libros
Domingo 16 de Julio de 2017

Singapur

El amor está a la vuelta de la esquina, dijo, pero no se animó a doblar.

El amor está a la vuelta de la esquina, dijo, pero no se animó a doblar.

Era consciente de su belleza, tan consciente que no necesitaba de la seducción. La histeria no encajaba en sus parámetros por más que la lógica dijera que toda mujer bella debe apelar a ese artilugio que deja a los hombres en offside, transformándolos en personajes conscientes de sus limitaciones. Porque así son los hombres, se repitió para adentro tres o cuatro veces. Pero sin amor, sin amor volvió a pensar mientras en la televisión buscaba la sonrisa de Meg Ryan en una película que envejeció más rápido de lo que podría haber imaginado.

¿Dónde estás?, aunque no sé si estás. En el camino hacia las estrellas no veo tu nombre, sólo encuentro el mío desparramado por aquí y por allí, creciendo, mientras observo a esos otros que me miran con el deseo del que cree que una buena frase o una salida elegante me puede seducir. Ya no soy esa chica que salía a ver qué pasaba, ya sé lo que pasa cuando salgo, ya sé lo que no pasa y qué es lo que sucede la mayoría de las veces cuando la televisión es más divertida que ese hombre que sale del baño secándose la cabeza con una toalla y se tira a mi lado para acompañarme en un viaje al que no puede entender. Claro, esa soy yo, y no se trata de inconformismo, ni de pose cool, ni de creer que podría merecer algo más, ya que ni siquiera sé qué es lo que merezco. No creo en fantasmas, soy terrenal y racional... pero me enamoro fácil y no hay nada menos racional que el amor y no hay nada más terrenal que el amor.

No me hagas preguntas porque no puedo responder, no sé cuántas cosas puedo responder desde acá. ¿Desde dónde? No sé desde dónde, quizás desde el espacio, desde una estación que da vueltas alrededor de la Tierra, como Sandra Bullock en esa película con George Clooney que dirigió un mexicano. Me habían llamado para hacer una película, también con un mexicano, quizás fuera el mismo, pero el estúpido se enamoró de mí a la segunda conversación. Sí, ya sé que eso puede ser inevitable, pero trato de que no lo sea, trato de pasar inadvertida, el pelo rubio o morocho según la ocasión, mi altura, mi condición de mujer que va al frente puede intimidar pero también puede seducir de la manera que menos lo espero. Pero mi problema no es con los mexicanos, sino con el tipo ese, el que creyó que podía seducirme con una cámara, no tengo nada con los mexicanos... no tengo problemas con nadie, aunque no me gustan los alemanes, esa cosa del nazismo, ¿no? Marlene Dietrich no era nazi... amo a Marlene y Kraftwerk, pero no me casaría con un alemán o con un dinamarqués, aunque esto no lo entiendo. ¿Por qué no me gustan los dinamarqueses? No conozco a ningún dinamarqués salvo Hamlet y una vez hice de Ofelia, quizás sea por eso. Hubiera preferido Lady Macbeth. Ofelia es una pobre mujer que se ve opacada por Hamlet y si en lugar del príncipe de Dinamarca fuera la princesa de Dinamarca, Lady Hamlet. El amor está a la vuelta de la esquina pero no me animo a doblar. El amor está detrás del lente de la cámara pero no te voy a mirar. Caminar de espaldas porque la espalda luce, luce en una mujer alta y que camina con la elegancia de la realeza, la espalda es uno de los puntos de ese cuerpo que no se puede dejar de mirar.

La cámara sigue esa espalda que sube a un auto y arranca con la velocidad necesaria para que el viento corra el cabello del rostro esquivo a la mirada ajena. La ruta no tiene destino, su mente sin pensar en nada o pensando en todo recuerda canciones pero no escucha canciones, canciones de carretera de una lista de Spotify que él le dejó armada antes del último día: Get in On de T. Rex, la más romántica Poor People de Alan Price y la que hacía que su piel se erizara, vaya a saber por qué: Better Days de Graham Nash, quizás por la letra que ella se tomó el trabajo de traducir y que decía algo así como "persiguiendo los espejos a través de la niebla, ahora que sabés que es la nada lo que te impide ir a casa, todo lo que tenés que hacer es ir allí".

La ruta avanza y yo manejo con la vista fija en ese punto de la unión de esas líneas que conforman el camino y que van hacia el norte, el sur, el este o el oeste, y allí también voy pero ahora enciendo la radio y busco ese tema tan clásico, tan común que me hace pasar desapercibida en el medio de una multitud, porque es el que todos corean, el que todos aplauden, el que todos saben el estribillo, a mí ni me importa, pero lo hago igual. Tengo una amiga actriz o más de una, porque hoy todos somos actores. Ella viajó a Europa o Japón, no recuerdo, ¿cómo no recuerdo donde viajó mi amiga? El auto se detiene en una estación de servicio y la ruta sigue y sigue.

El auto se detiene en una gasolinera, imagino y me veo en una gasolinera, ¿cuál es la diferencia con una estación de servicio? Ella camina hacia el bar de la estación de servicio, pide un café y se sienta. Ahora la locura de esa mujer está más calma, hace unos días cuando arrojaba su ropa por el balcón y golpeaba las paredes de manera exagerada para luego mirarse en el espejo y preguntarse: ¿qué hubiera pasado si alguien filmaba esto? Desasosiego, esa es la palabra y las lágrimas quedan como dibujadas en su rostro. La cadencia de un riff de Lou Reed y mi mirada sobre los edificios que desaparecen detrás de las nubes y pensar que el viaje puede ser más largo y que la nafta se termina en algún momento.

Desde la gasolinera, desde la estación de servicio ve los camiones que descansan sobre la banquina, mira a esos hombres que bajan de las cabinas que parecen pequeñas habitaciones de hotel, donde tienen todo lo que necesitan para vivir o sobrevivir en el camino. Junto al hombre baja una chica, de esas que antes llamaban ruteras y a las que hoy la corrección política todavía no les encontró el nombre indicado.

La chica del camión se sienta en la mesa de al lado y la mira, como si la conociera, pero no la conoce.

Supongo que las dos estamos solas.

Vos estarás sola, yo no, no creas en los lugares comunes.

Ella mira su automóvil, el playero llenó el tanque, el café permanece intacto ante su mirada, levanta la cabeza y vuelve a cruzarse con los ojos de la chica del camión que le sonríe, ahora como si la conociera quien sabe de dónde, o sólo es pura cortesía de las dos únicas mujeres que están en el lugar, el camionero llega con dos cocas y dos panchos, es un hombre robusto, ¿hay que ser robusto para manejar camiones?, y trata con mucha cortesía a la chica que parece disfrutar de ese pancho como si fuera un manjar. El café se enfría y pienso en comerme un pancho, ¿por qué no?

El auto avanza por la ruta y los camiones desaparecen por el retrovisor. Sube las ventanillas del auto y también sube el volumen de la música a punto tal que los vidrios parecen doblarse hacia afuera por el impacto del sonido. La noche llega antes de lo esperado y el pueblo o la ciudad que alguna vez la acogió con amabilidad hoy parece un páramo aunque quizás haya entrado por la calle equivocada. Busca la dirección del hotel y estaciona frente a lo que parece una construcción que se quedó en el tiempo o es demasiado moderna y lo que antes hubiéramos pensado como antiguo hoy lo vemos como vintage. Sube a la habitación y la vista puede ser la de cualquier gran ciudad del mundo o también la de un pequeño poblado, con sólo mirar y luego volver a mirar: ahí están NY, Rosario, México DF o la plaza de Villa María. Atrás quedaron la comodidad de su sillón y su televisor de tantas pulgadas que nunca supo cuántas. El espejo del baño es más pequeño de lo que ella necesita, pero le alcanza, decidió que le alcance. Mujer en fuga, actriz en fuga. Siempre hay que fugar para evitar que el tiempo te alcance, ir más rápido que el tiempo es ganarle a la muerte se dijo, es mantener la juventud, sentir que puedo llegar ¿a dónde? ¿Es la mujer o la actriz? Es las dos cosas. Actriz en fuga buscando el personaje para que no se escape, atrapando el personaje, dando pasos riesgosos, caminando en la cornisa sin la red de la comodidad. Caminar incómoda, no hay playa ni sol, no sos la chica de Ipanema de la que todos hablan en... Ipanema. Pero soy la mujer a la que todavía pueden, podés mirar. Buscó en el cajón donde debía estar la pista y el detalle de su próximo paso. En el cajón hay una pistola, una Walter PPK, la que usa 007, ella no es una chica Bond, aunque podría serlo. Podría ser una chica Bond, piensa frente al espejo con la pistola en la mano y deja el arma sobre la mesa de luz y busca nuevamente en el cajón de donde saca un pasaje de avión y una nota que está escrita por él.

"Otra vez la distancia y el tiempo. Llegás tarde o yo me voy demasiado antes, como una regla en el juego que jugamos aunque no querramos jugar. Entre una mujer y un hombre el juego es de a dos pero cuando deja de ser de a dos, ya el juego es otro y a veces es mejor la soledad del camino o el pensamiento en tránsito y un encuentro en el otro extremo del mundo".

Ella levanta el pasaje y lo mira, está a su nombre y la distancia entre ese hotel y el destino del pasaje es muy larga. Se saca la ropa y se sienta sobre la cama y vuelve a mirar por la ventana y recuerda los cuadros de Hopper donde mujeres desnudas y ventanas de habitaciones son protagonistas. Luego se queda dormida y sueña con un lejano oeste o no tan lejano.

Gustavo Postiglione


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