Cultura y Libros
Domingo 16 de Julio de 2017

"Siempre es un bordado el que nace con el lenguaje", afirma Angélica Gorodischer

Los cuentos de Coro, de la incansable Angélica Gorodischer, parten de un hecho doméstico y se proyectan hacia vivencias que trascienden lo cotidiano. Sus personajes viven experiencias transformadoras de la propia vida. Y las palabras brillan.

Coro, el último libro de cuentos de Angélica Gorodischer (Buenos Aires, 1928), sacude lo ordinario para internar a los lectores en los bordes filosos de eso que llamamos realidad. Porque, ¿qué es la realidad? ¿Cuántas realidades existen? Acaso tantas como sujetos de la enunciación. Y si ese sujeto escribe, entonces las percepciones explotan, se multiplican a través del papel, y vuelven a diversificarse cada vez que alguien lee esos escritos.

El libro se abre con una cita del escritor norteamericano Kurt Vonnegut: "Quiero estar, sin caerme, lo más cerca posible del borde. Desde el borde se ve un montón de cosas interesantes que no se ven desde el centro".

"Esta frase la tengo registrada hace un tiempo, y me pareció perfecta", cuenta Angélica, rodeada de libros, en la habitación que usa como segundo escritorio cuando tiene ganas de quedarse en su casa. El principal es más grande y para eso tiene que cruzar el patio. El pequeño replica el clima del mayor: libros por doquier, frases colgadas de las paredes y de las estanterías, recordatorios, números de teléfono, una computadora y un perchero del que cuelgan numerosos collares. Formas y texturas enlazadas conviven tanto en los colores de esas piedras como en los libros que allí mismo la autora de Jugo de mango y Kalpa imperial gesta.

La cita de Vonnegut es un anuncio. Los personajes de Coro no nacieron para convivir dentro de los límites. Necesitan recorrerlos, transformarse en ellos o traspasarlos. Pero en ninguna de las historias los protagonistas resultarán ilesos de su tránsito por la realidad.

A veces ese traspaso resultará crudo, como la niña de "Cruz", alumna de escuela primaria y desprovista de la ingenuidad que puede evocar una pequeña de esa edad. "Dice el cura que hay que pensar en la cruz y amar como él nos amó (él va con mayúscula, así: Él) y murió por nosotros en la cruz. ¿Ve? Eso me parece muy bien. Yo quiero hacer que se muera en la cruz. Eso". O como la protagonista de "Caza", obsesionada por las alimañas que trae la inundación, y movida por el deseo de aniquilarlas. Limpiando su casa para alejarse de esas presencias indeseadas; temerosa y un tanto hastiada de lo cotidiano. Caminando con aires de ingenuidad por la feria, con un arma escondida. Y hasta durmiendo con ella. "Como a la hora los ruidos y los gritos se habían terminado, cosa que trajo un poco de paz a la calle. Nadie llamó, no oí nada, revisé todas las puertas y las ventanas y por si acaso taponé las canillas y los sumideros y con el Fark-Bar me fui a dormir, bien calentita abrazada a él como un amante y canturreando hasta que al compás del la la lá me fue subiendo una ola dulce que rompió acá detrás de la frente y me dormí".

Acerca de qué fue primero, si la cita de Vonnegut o la idea del libro, Angélica explica que "la frase la tenía registrada por aquí, y lo de los límites salió solo. Porque a las cosas es mejor no dirigirlas tanto. Un poco sí, pero no demasiado", confiesa.

"Las ideas no sirven. A lo mejor sí después, pero lo primero que tiene que sonar es el lenguaje. El germen es el lenguaje"

En "Casa", la protagonista es una mujer que no se siente dueña del lugar y hace de todo por apropiárselo. Un día encuentra papeles en una caja y desde allí acontece lo transformador. "Papelotes, sí. Me puse a mirarlos. Como a las nueve de la noche me preguntaste si no iba a haber comida en casa y me dijiste que tenías hambre. Ya va, dije. Lo dije, te lo dije pero la vida ya era otra", anuncia la protagonista que, a partir de esta lectura, se topa con una visión similar a la de un aleph. Hay en este cuento, y en los demás que componen la serie, nuevas dimensiones. Realidades palpitantes que coexisten. "Quiero decir y a ver si me entiende, quiero decir que entré en cada letra, me dejé llevar por la tinta tintura pintura y choqué contra las manos ahuecadas que las habían trazado furiosamente escritas como el dibujo sangrante del prisionero, de quienes estamos prisioneros, decir que desde cada letra desde cada segmento de letra vi el mundo y en cada letra el mundo era otro y el mismo porque se movía despacio en el espacio despacio y yo quieta en el office que entraba también en el mundo y crecía y palpitaba como todo lo que habita la dimensión espesa de nuestras vidas y de las vidas ajenas, desconocidas, extrañas extranjeras extraviadas cada una en su órbita, musicales como el paso de las estaciones lunares".

"Encuentra algo que no se puede leer pero se puede sentir, pone la mano y es otra realidad —cuenta Angélica—. Lo que pasa querida es que yo no sé lo que es la realidad. Parece que el Sr. Einstein sabía. El Sr. Picasso también sabía. Yo no, y es interesante no saberlo. Es otra cosa. Quiero decir, eso que se llama realismo, yo no sé muy bien qué es y no me importa, no le encuentro sustancia para morder. Lo que yo estoy buscando siempre es lo otro, lo raro, lo distinto, lo sorpresivo. Lo que puede ser cruel o no. En fin, todas esas cosas".

El cuento surge a partir de una pequeña discusión con su marido. "Resulta que yo soy maniática del orden, porque me ahorra tiempo y energía. No recuerdo si el Goro había cambiado algo de lugar y discutimos. Entonces escribí en un papel ese inicio para ver luego qué salía. Así surgió el cuento. El Goro ni se acuerda pero así fue".

En Mientras escribo, Stephen King cuenta cómo arriba a la creación de sus historias, conjugando ideas o hechos de diferentes ámbitos. Así también, relata Angélica, le sucedió con "Caza": "Le dije a una amiga que estaba contenta porque había terminado un cuento que se llamaba «Casa», y ella me preguntó si casa con ese o con zeta. Con ese, le dije, pero ahora te voy a escribir el de la zeta. Y recuerdo que en esa época estaba el problema de las inundaciones. Uní las dos ideas, y así surgió la historia".

El índice de Coro exhibe doce cuentos unidos por el tono poético de su prosa y la similitud fonética de sus títulos ("Casa", "Caza", "Coso", "Caso", "Cosa", "Coto"...). El juego con el lenguaje, la autora afirma, es su punto de partida: "A mí lo primero que se me presenta al escribir un texto es el sonido del lenguaje. Hay gente que dice que tiene unas ideas fantásticas para un cuento. Y yo les digo, tiralas a la basura, porque las ideas no sirven. A lo mejor sí después, pero lo primero que tiene que sonar es el lenguaje. Si oís una frase que dice «qué tendrá la gorda esa que tuerce la cabeza» bueno, ahí hay un cuento. Al escribir no tengo una historia anterior: hay una frase que puede ir luego en el inicio, en medio o hacia el final de la historia. Pero el germen es el lenguaje".

En estos cuentos la cadencia, el ritmo y la sonoridad son centrales. También quizás las reminiscencias a la niñez de la autora, educada en las "labores femeninas" de otra época. En "Coso", una nieta aprendiz de bordado disfruta la labor que le enseñó su abuela. Es tan intensa su compenetración que logra desdibujarse y ser toda manos, toda intención, movida por un altruismo precioso: "Favorece a los huesos la posición para coser. Me siento. El cuerpo sabe y me obedece; me siento y gozo la facilidad con la que cada segmento acata la orden que como un relámpago nace aquí en la base de la garganta y baja y baja y ya no tengo brazos ni cintura ni manos ni orejas ni codos y la carne es suave y dulce, mi carne, los dobleces de esta que soy yo en la vida".

La escritura también es tejido fresco y motivador para Gorodischer, que, siendo jovencita, conjugaba ambas disciplinas. Y subyugada por quien es ahora su marido, bordó las iniciales de ambos en unas toallas, cuando él aún ignoraba que esa chica lo pretendía. "Al escribir siempre bordo: no con hilo y aguja pero sí con palabras. Siempre es un bordado el que nace con el lenguaje".

Los cuentos de Coro parten de un hecho doméstico y se proyectan hacia vivencias que trascienden lo cotidiano. Son personajes que viven experiencias transformadoras de la propia vida, del alma o del espíritu. Bordados palabra a palabra, la lectura del libro embarca al lector en un viaje por las pasiones y las miserias humanas. Así como la protagonista de "Caso", que encuentra lo que le gusta hacer, y se promete no abandonarlo "Seguí entonces haciendo algo para todo lo cual hay un siempre, un introito: recorrer el mundo. No, no me refiero a aviones barcos trenes hoteles, promociones y todo eso. Me refiero a no moverme de mi lugar y retirarme a lo más hondo del ojo y de la experiencia, a eso que una encuentra en el sueño, en la hipnosis, en el delirio".

Y también, podríamos agregar, en la lectura de libros como Coro.



Comentarios