Cultura y Libros
Domingo 06 de Agosto de 2017

Shepard

Una noche de los años felices, allá por 1984, me senté en una butaca de un cine que ya no recuerdo —¿Imperial, Palace, El Cairo?— y sin aviso me golpeó el milagro. Eso que estaba viendo, detrás de los rasguidos de la guitarra de Ry Cooder, era nada menos que París, Texas.

Una noche de los años felices, allá por 1984, me senté en una butaca de un cine que ya no recuerdo —¿Imperial, Palace, El Cairo?— y sin aviso me golpeó el milagro. Eso que estaba viendo, detrás de los rasguidos de la guitarra de Ry Cooder, era nada menos que París, Texas. Es decir, Sam Shepard filmado por Wim Wenders y actuado por Harry Dean Stanton/ Nastassja Kiski/ Dean Stockwell/ Aurore Clément/ Hunter Carson (el hijo de Stanton y Kinski en la historia, hijo de la gran actriz Karen Black). La película es una devastadora obra maestra que nos hizo comprender lo que aún no comprendíamos: que la soledad, ya por entonces, era irreversible.

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Los años felices se fueron. El país se hizo menemista y muchos amigos se volvieron ex amigos, atrapados por la vorágine de la traición y el dinero. Los libros de Shepard ya estaban en nuestras bibliotecas, en esas ediciones de Anagrama que costaban un ojo de la cara y que comprábamos ahorrando peso sobre peso, cambiando whisky por ginebra, Marlboro por Colt o Parisiennes por Particulares 30. Lástima las traducciones a la gallega (nada que ver con el pulpo), pero bué. Allí, en los estantes, juntitos y abrazados, estaban Crónicas de motel, Luna halcón, Locos de amor. Al lado de Carver y Bukowski, no lejos de Faulkner y Kerouac. También, siempre, al lado del corazón. A ciertos escritores se los siente como amigos. Shepard es uno de ellos.

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El tipo, claro, también era actor. Lo habíamos visto en una maravilla que pasó completamente inadvertida y que acá (en Rosario, digo) se llamó Días de gloria (Days of Heaven). Ese extraño western crepuscular, en el que también actuaban el vulgarísimo Richard Gere y la maravillosa Brooke Adams, había sido dirigido por un tal Terrence Malick. Tomamos nota.

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Lo que no se podía creer es que con la pinta que tenía, Shepard fuera escritor. Y encima, de los buenos. ¿Para qué?, llegamos a preguntarnos en esas charlas trasnochadas que aún manteníamos, pese a que el viejo Savoy ya era recuerdo. Si se levanta minitas con una sola mirada de esos ojos claros —decíamos—, que no son los de Delon en Los aventureros pero están a un paso.

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Sorpresa al margen, el melancólico galán escribía, y cómo. Ya lo había demostrado en el guión de París, Texas. La escena donde finalmente Stanton encuentra a su esposa (inolvidable Nastassja Kinski) y ese monólogo-diálogo que mantienen mientras el hijo común (un nene) espera en un auto desvencijado, debe ser de lo mejor que cualquiera de nosotros haya visto, y no hablo únicamente de cine. Las palabras, precisas y terribles, eran de Shepard.

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(Aunque Shepard usaba pocas palabras. Especie de Gary Cooper posmoderno, se limitaba a mascullar lo necesario y partir. No a caballo, como Cooper. Tal vez, como Stanton en la película, él sólo caminara. Caminara, solo. Rumbo a alguna parte).

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Los años han pasado y aquí estamos, algunos de nosotros pero ya no Shepard, que murió el lunes pasado. Uno menos, dijimos. Y qué uno.

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No tiene sentido seguir hablando de cine o literatura. Hablemos, aunque el concepto pese demasiado, acerca de la verdad. Como todo artista legítimo —no importa el lenguaje que use—, Shepard entrega pedazos de verdad. Crudos. A nosotros nos toca masticarlos.

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Hemos cambiado de bar. También de mujer y de whisky. Pero no de directores de cine, escritores ni discos. Y en el fondo, amamos y pensamos y creemos en lo mismo. Ante esta afirmación, Shepard hubiera lanzado su peculiar media sonrisa y se hubiera encogido de hombros.

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—Que haga lo que quiera.

—Mirá, el muy turro se va.

—¿Se va Shepard? ¿Adónde?

—No soy adivino.

—¡Eh! —dice uno de nosotros—. Sigámoslo.

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Y entonces los pocos que quedamos nos ponemos, como él, el sombrero (en este caso imaginario) y salimos al país, la ciudad, la noche. Igual que Stanton en la peli, no sabemos dónde vamos, pero sí sabemos por qué. Pero el porqué preferimos callarlo. Sólo lo diremos en voz alta cuando lleguemos a París, nuestro París, que no está en Francia, por supuesto, y mucho menos en Texas.

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