Cultura y Libros
Domingo 08 de Octubre de 2017

Queremos tanto a Tom

Llegué al diario, encendí la computadora, entré en la primera página web de las tantas que abro en una jornada de laburo y lo primero que leí fue ese título fatal.

Llegué al diario, encendí la computadora, entré en la primera página web de las tantas que abro en una jornada de laburo y lo primero que leí fue ese título fatal. Pareció que me hubieran dado un puñetazo en la mandíbula. Me levanté como un resorte mientras soltaba un insulto y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. "Se murió Tom Petty, la puta madre", repetía sin parar en voz alta, mientras algunos me miraban como si estuviera loco. Parecía que hubiera perdido a un amigo íntimo.

Porque así lo siento, y me atrevo a decir que lo sentimos muchos: como un amigo. Las canciones de Petty nos acompañan quién sabe desde cuándo. Y siempre nos hicieron bien. Basta poner el vinilo o el compacto (nada de Spotify), esperar a que suene el primer guitarrazo y después esa voz filosa y melancólica para que el estado de ánimo cambie. Petty es infalible: siempre consuela, no importa lo que pase en el mundo. Siempre trae alegría.

Cada uno tiene su canción predilecta del hombre del flequillo y el sombrero, pero algunas no pueden faltar en la lista: Free Fallin, Running Down a Dream, I Won't Back Down, Wildflowers, Mary Jane's Last Dance, Here Comes my Girl, Refugee, Learning to Fly, Even the Losers, Crawling Back to You, Runnin Down a Dream, The Waiting, I Need to Know, American Girl, Stop Draggin' my Heart Around (con la colorada Stevie Nicks, la de Fleetwood Mac), Two Gunslingers, Into the Great Wide Open, digamos. Y eso si hablamos de lo que hizo con su grupo habitual, los entrañables Heartbreakers. Porque también habría que sumar lo que produjo con su otra banda, Mudcrutch, y con los Traveling Wilburys, esa travesura entre amigos que terminó convirtiéndose en uno de los grupos más formidables de todos los tiempos, y donde tenía nada menos que a George Harrison, Bob Dylan, Roy Orbison y Jeff Lynne como coequipers.

Últimamente los golpes han sido, sin embargo, demasiado duros. Hace no mucho se fue Bowie, después Prince. Y ahora Petty. A ver si afloja un poco esta racha negra. ¿O será, simplemente, que un mundo —el nuestro— se está derrumbando? Tipos como los nombrados no tienen reemplazo. Dejan un vacío imposible de llenar, como dice el tango que alguna vez cantó Goyeneche. Más allá de que su obra quede para siempre, y nosotros la escuchemos mientras tengamos vida.

Petty, con su peculiar sonrisa de costado y su pose de cowboy metafísico, parecía eterno. Partió demasiado joven, apenas sesenta y seis años. Estaba a punto de terminar una de sus largas giras por territorio estadounidense cuando el corazón lo traicionó. ¿Quién sabe cuándo lo habíamos descubierto, cuándo una de sus canciones sencillas y directas nos incendió de improviso y ya no hubo manera de olvidarla? El rock es así en el fondo, como lo componía, lo tocaba y lo cantaba él: los acordes justos, una melodía que golpea y un riff que te levanta de la silla. En su caso, además, las letras eran parte intransferible del encanto. (Acabo de corregir un par de tiempos verbales. Es que me cuesta mucho poner a Petty en el pasado).

El pasado, justamente, parece contener cada vez más cosas de aquellas que amamos. Monstruo insaciable, no para de devorarlo todo. Ahora están también allí las canciones de Petty. Además de su sonrisa ladeada, su bondad, su guitarra y su sombrero.

Comentarios