Cultura y Libros
Domingo 25 de Junio de 2017

Pirandello y la condición humana

El miércoles se cumple un siglo y medio del nacimiento del gran narrador y dramaturgo italiano, de quien el autor de esta nota asegura que nada tiene que envidiarles a sus contemporáneos Joyce, Kafka y Proust. Una cálida evocación

El próximo miércoles 28 de junio se cumplen 150 años del nacimiento, en Agrigento o Girgenti, de Luigi Pirandello, quien junto a Italo Svevo (1861—1928) representa la cima de la literatura italiana entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Poeta en sus inicios, docente, cuentista, novelista, ensayista y dramaturgo, recibió el premio Nobel en 1934, dos años antes de su muerte, cuando ya había alcanzado el reconocimiento unánime por los cambios que había introducido en la escena teatral, a pesar de las resistencias y la incomprensión del público. Fue justamente el teatro la razón por la cual llegó a Rosario, en 1927, en el marco de una gira por Argentina, Uruguay y Brasil, con su compañía teatral, que entre sus miembros contaba a su compañera afectiva, Marta Abba.

Como suele suceder, recordar un "aniversario" no es otra cosa que la perfecta excusa para volver a traer a escena a un escritor que, si bien está presente en el horizonte de lecturas de los amantes de la literatura italiana y del teatro, no goza de la admiración y de la recomendación permanentes, como otros de sus contemporáneos a quienes no tiene nada que envidiarles: James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust. Esta afirmación puede parecer desmedida a aquellos que no han acompañado a Matías Pascal en su viaje de Miragno a Roma, ni en su certeza de ser alguien con la libertad absoluta de borrar su pasado y empezar de nuevo bajo el nombre de Adriano Meis o a aquellos que todavía no han asistido al hallazgo ─y sus extremas consecuencias─ de Vitangelo Moscarda quien, a partir del defecto de su nariz, torcida hacia la derecha, que le señala su mujer, descubre que él es alguien diferente para cada una de las personas que lo ve. A aquellos que no se han sorprendido con la lucidez de la locura en Enrique IV o que no han asistido a las encarnizadas discusiones entre actores y personajes en Seis personajes en busca de un autor, una de sus obras más polémicas y revolucionarias.

Ya desde sus primeras novelas, La excluida (escrita en 1893) y El turno (en 1895), Pirandello comienza a separarse del verismo, la corriente estética derivada del naturalismo francés y dominante en gran parte de Italia, especialmente en su Sicilia natal, cuyos exponentes indudables fueron Giovanni Verga y Luigi Capuana. Si bien continúa apegado a recrear las intensas pasiones humanas y ambienta sus narraciones en un fondo siciliano, preocupado por las apariencias, el "¿qué dirán?" y un celoso resguardo del "honor", los personajes que inventa ya manifiestan los rasgos que se profundizarán en sus escritos posteriores. Claro que, para verlos y disfrutarlos, es necesario adoptar el punto de vista del humorista, y pasar de la percepción de lo contrario a ese sentimiento de lo contrario que define su concepto de humorismo, tal como lo explicó en su ensayo homónimo de 1908. Es decir, captar en los grotescos personajes las contradicciones humanas, las máscaras que cubren sus rostros, ocultando sus miserias, sus flaquezas, sus debilidades. En El turno, por ejemplo, encontramos a Marcantonio Ravì, el padre "ejemplar" que casa a su hija, Stellina, con un anciano rico con el pretexto "racional" de que, una vez que enviude y herede, podrá casarse con quien se le dé la gana y a Pepè Alletto, el joven pretendiente (al azar) de Stellina, que con paciencia espera su turno, a pesar de los imprevistos que irán surgiendo, para tomarla por esposa. Detrás de la máscara del padre modelo, la sevicia y el interés económico; debajo de la corrección y la obediencia, la cobardía más vergonzosa. Estos personajes, que ya se presentan con sus contradicciones, son los que generan situaciones que aúnan lo trágico y lo cómico, materia prima del humorismo, y que demuestran la imposibilidad de conciliar las Formas, imposiciones de la sociedad, con la Vida, los impulsos y las pasiones de los seres humanos.

Recién iniciado el siglo XX, a los temas de las máscaras y de las apariencias que se habían esbozado en la narrativa anterior, se suma la pregunta sobre la identidad del individuo, asunto que se problematiza en El difunto Matías Pascal (1904). El empleo de un narrador en primera persona, que va a contarnos su historia porque ésta es verdaderamente extraña: la de sus dos muertes anteriores, permite que los lectores accedamos ─de primera mano─ a las profundas reflexiones y a las peripecias de un personaje que logra escapar de una vida que no lo conforma y tiene la oportunidad, libre de ataduras, de construirse otra: otra vida, otra identidad. Su fracaso, la vuelta al orden y a la Cultura, encontrará una solución: la fuga a la naturaleza, en el personaje que es una suerte de continuación de Matías, Vitangelo Moscarda, el narrador y protagonista de Uno, ninguno y cien mil (1924). Estas novelas, las más aplaudidas y comentadas de Pirandello, dan cuenta de la fragmentación del hombre, de la imposibilidad de hallar en él (en nosotros) algo auténtico y verdadero, arrasando con todas las seguridades y certezas del clasicismo y del positivismo, instalándonos de lleno en lo paradójico y relativo de nuestra insignificante existencia.

En cuanto a su producción teatral, iniciada oficialmente en 1910, es difícil sintetizar en un párrafo los cambios que Pirandello introdujo. A partir de 1917, con la puesta en escena de Así es, si les parece, su manifiesto gnoseológico, comienza a representarse el fin de la noción de "verdad", que pasa a depender de la lucha de las subjetividades y las interpretaciones. Poco después, en 1921, Seis personajes en busca de autor inaugura el "teatro dentro del teatro" (junto a Cada cual a su manera y Esta noche se improvisa), tríada de obras que logran plasmar la teoría teatral pirandelliana: la autonomía definitiva de los personajes y la pérdida de sacralidad del "momento artístico", que hace saltar por los aires la estructura interna de la obra teatral.

A pesar del tiempo transcurrido, gran parte de los textos de Pirandello no han perdido su validez, su actualidad, su cercanía con los interrogantes que nos asaltan o acompañan, porque su obra se arraiga en la condición humana del hombre de la modernidad. La pregunta por la identidad, a pesar del psicoanálisis y el existencialismo; los múltiples "yoes" que (con)viven en cada uno de nosotros; las dificultades para comunicarnos y entendernos; el uso de las "máscaras" para encajar en el orden social, para disimular o negar aspectos de nuestra personalidad que nos desagradan o avergüenzan, o bien para mostrar lo que no somos: eternamente alegres, jóvenes, divertidos y políticamente correctos. Alcanza con una vueltita por Facebook o Instagram, o por los noticieros, o simplemente, distanciarnos para ver a los demás o vernos vivir, para comprobar la vigencia de la filosofía y los temas pirandellianos.

Federico Ferroggiaro


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