Cultura y Libros
Domingo 23 de Julio de 2017

Los lectores

¿Tu primer día de trabajo? ─lo interpeló viniendo desde atrás una voz cantarina y hasta jocosa, a pesar de que era lunes y tan temprano. —Sanarola —agregó la voz presentando un rostro vivaracho, el pelo húmedo peinado con gruesos surcos y los ojos miopes pero escrutadores como las lentes de las webcams.

¿Tu primer día de trabajo? ─lo interpeló viniendo desde atrás una voz cantarina y hasta jocosa, a pesar de que era lunes y tan temprano. —Sanarola —agregó la voz presentando un rostro vivaracho, el pelo húmedo peinado con gruesos surcos y los ojos miopes pero escrutadores como las lentes de las webcams. La mano, que se extendía perpendicular a su brazo, lo obligaba a saludarlo. Mostrarse hosco sería un pésimo arranque.

—Parisi —replicó él abreviando el apretón como si temiera pegarse la sarna. En el contacto, notó que Sanarola tenía la dermis aceitosa como las sardinas de lata.

—No me vas a decir que sos algo del...

—No, no, no... —negó seguro de que el canto del gallo bíblico no iba a delatarlo. Aceptar el parentesco indiscutible tampoco le parecía un comienzo auspicioso.

—Bah, no es un apellido común... y si no tenés cuña, acá es difícil conseguir que te contraten.

Ese asomo de desconfianza se diluyó con la irrupción de otros trabajadores que ingresaban al recinto. Saludaban al entrar y, en grupos, se iban acomodando en las mesitas, unas ocho, que se distribuían azarosamente en el espacio. Charlaban, se desperezaban, algunos se servían una bebida caliente mientras chanceaban con las pocas mujeres que formaban parte del staff. Una joven, solamente, por lo que pudo apreciar Parisi, disminuido en sus capacidades observadoras por el nerviosismo y la pegajosa proximidad de Sanarola, a quien jamás había leído ni oído nombrar. Los recién llegados fingían naturalidad, pero bien sabía que aquello era una pose, un gesto a mitad de camino entre el desdén hacia él, el nuevo, y la aceptación del mutante destino del arte.

Por lo menos la sala era espaciosa y cálida y reinaba un vago aire de camaradería. La Directora se había comprometido a presentarlo con sus compañeros, pero le había anticipado que se avecinaba una jornada agitada: varios empleados de licencia y un ordenanza con problemas familiares. A eso se debió que lo abandonara en el sector de descanso, sin concluir la recorrida por las instalaciones y, de pronto, objeto de las miradas y los murmullos de sus colegas que lo estaban rodeando. No con desenfado ni recelo, incluso disimulaban con maestría, pero él conocía el ambiente y cómo se manejaban. Con esas razones, juzgaba injusto e inmerecido el destrato de la Directora. Sin embargo, hacía un tiempo que su vanidad venía mermando, como la montaña sometida a la erosión de un viento implacable. Sin conseguirlo, intentaba desentenderse del entorno. Sabía —o sentía— que los ojos carroñeros de los otros picoteaban sus despojos. ¿Lo reconocían? ¿Se burlarían a pesar de que estaban todos en una situación semejante? Para mostrarse indiferente, se dedicó a repasar los apuntes que había preparado. Notas breves, frases sueltas, un par de ideas prometedoras. Le habían asegurado que alcanzaba con tales recursos, que lo demás fluía, fruto de las circunstancias, como la charla con un amigo al que no se visita hace años. De hecho, le habían desaconsejado ir con algo cerrado, definitivo, y ni qué decir de ponerse a leer o a recitar, como los estudiantes que van a rendir con las respuestas memorizadas. Creatividad, espontaneidad y frescura: ahí estaba la clave, eso era lo que la gente buscaba y ese trabajo exigía.

Pero cómo estar seguro antes del debut, antes de que alguien lo sacara. Alzó la vista de sus papeles y se encontró con la sonrisa divertida de Sanarola.

—Relajate, che, tomate un café de la máquina o una gaseosa del refri. Si querés, yo te traigo ─él rechazó la propuesta con una mueca de presunto agradecimiento. —Además, no quiero ser mala onda, a lo mejor te la pasás parado, esperando. La mayoría de los que vienen se apegan a lo que conocen y tardan en aceptar las novedades.

Esa posibilidad lo desalentó más que la tensión de empezar con ese empleo. Diez, doce horas sin leer, sin escribir, sin al menos colaborar en tareas que no fueran intelectuales. Iba a ser una tortura, insoportable. Debía pensar que, si bien poco, iban a pagarle aunque sólo esperara. En el reloj faltaban apenas dos minutos y la Directora no volvía a buscarlo. Decidió que seguiría al resto, a sus compañeros, que imitaría con el celo de un Marceau cada uno de los actos que realizaran. Ya la sala de descanso estaba colmada y las charlas repicaban como gorjeos de pájaros sobreexcitados por las brisas primaverales. Parisi se sobresaltó; formando una hilera alienada, sus compañeros se dirigían hacia la puerta que conducía a los puestos de trabajo. Alea iacta est, pensó guardando los papeles en el bolsillo del gabán y aceptando, con desencanto y sumisión, la tutela espontánea de Sanarola.

Casi los últimos, ingresaron al salón de lectura, un enorme óvalo de techos altos y pisos de pinotea, rodeado en todo su perímetro por las circunspectas bibliotecas llenas de volúmenes. No pudo más que emocionarse recordando sus años de estudiante y de lector compulsivo, las tardes consumidas entre las palabras y las imaginerías de sus autores amados, tan amados como desconocidos e inaccesibles. Ahora era parte de aquel sitio, uno de ellos, pero el mundo había cambiado tanto que la literatura no podía conservar sin máculas sus vistosos ropajes.

—Yo me quedo acá —le avisó Sanarola, de golpe desprovisto de su inicial entusiasmo. —Vos seguí hasta la P... ponete entre Pérez y López. No son muy amistosos pero a lo mejor, con el tiempo, si se aburren demasiado terminan dándote charla.

Consideró superfluo despedirse: quizá coincidieran en el turno del almuerzo o al retirarse. Siguió avanzando, sintiendo el crujido que en la madera provocaban sus pasos. Se detuvo en el módulo que le correspondía, delante de los libros de Parisi —sí, las tres compilaciones de cuentos fantásticos y policiales que había publicado—, Pavese, Pasternak, Petrarca, Pérez Galdós... no tenía muchas chances.

—¡Parisi! —lo llamó la Directora con el ceño fruncido por la turbación. —Parisi, menos mal. Fui a buscarlo, pero se ve que se las arregló sin mi ayuda. ¿Qué hace ahí? No, no... usted va a la sección de Novedades —le informó tomándolo del brazo mientras lo arrastraba hacia la puerta por la cual, en pocos instantes, empezarían a entrar los lectores.

Pérez y López los observaron con desconcierto o disgusto. Parisi se dejó conducir con la docilidad de los novatos. En la veloz caminata, ella trató de reponer las instrucciones fundamentales que no había podido transmitirle antes debido a la cantidad de responsabilidades que la asediaban. No era sencillo ser la Directora de la Biblioteca Municipal, ¡qué se había pensado! Menos todavía, con tanta gente a cargo. Aparte de los empleados, más de sesenta escritores de la ciudad, ¡vivos!, listos para hacer sus textos con los lectores.

—Parisi: sea performático, histriónico, desenfadado —le indicó la Directora agitando las manos como si espantara insectos irreales. —Los lectores ahora quieren eso, ¿me entiende?, no las historias muertas en las páginas. Y no los contradiga, acepte las sugerencias, las demandas que le hagan; interactúe, si quiere crecer como escritor: la escritura no alcanza.

Parisi reaccionó recién cuando la espalda de la Directora se alejaba. Reconoció en silencio el excelente corte del trajecito sastre que ella vestía. Un temblor le corrió por el cuerpo; sintió que la bisagra chirriaba y la puerta se abría. Era la hora. Se lamentó porque sabía —o sentía— que iba a costarle un sacrificio inefable adaptarse, aunque fuera recién el primer día, a ese trabajo.

Federico Ferroggiaro

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