Cultura y Libros
Domingo 27 de Agosto de 2017

Los jóvenes poetas de los muros en plena dictadura cívico militar

Eran muy jóvenes. Creían en la libertad y el amor. A principios de la década del 80 del siglo pasado, en plena dictadura cívico-militar, se lanzaron a pintar paredes con las palabras más puras. El Poeta Manco es una leyenda joven de la literatura rosarina. Los que formaron parte del grupo cuentan su historia.

La maniobra es silenciosa: uno sostiene el balde de pintura; el otro, los pinceles. La noche de otoño apura mientras escriben versos tan ansiosos como desprolijos sobre la fachada del Comando, en la esquina de Balcarce y Córdoba. "Maldigo la poesía concebida como un lujo. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse". La firma de Gabriel Celaya se agrega precipitadamente y el grupo mira la pintada furtiva mientras se pierde con paso acelerado por calle Balcarce.

A esa noche le siguen otras, en la bajada del Monumento a la Bandera y en distintos baldíos de la ciudad, por ejemplo el de Italia y San Luis, donde se quedan mirando sorprendidos cómo las palabras no se impregnan en la pared, porque alguien compró pintura al agua.

En esos versos húmedos se precipita la democracia, que aún tardará en llegar. Es otoño de 1981 en Rosario y empiezan a evidenciarse signos del resurgimiento de movimientos colectivos que hacen frente al autoritarismo todavía imperante.

Como manifestación de las primeras fisuras del aparato represor de la dictadura, un grupo de jóvenes rosarinos se organiza y escribe poesía. Pero la consigna se extiende más allá de la publicación y busca tomar las calles, apropiarse de la ciudad, generar una impronta en el entramado urbano.

Como amigos y conocidos de la actividad literaria, Reynaldo Sietecase, Adolfo Cueto, Carlos Torregiani, Patricia Busa y Oscar Bondaz comienzan a reunirse en el bar Savoy —cuando se erguía como un templo creativo—, donde fundan la revista El Poeta Manco. Más adelante se sumarían Fernando Salvañá, Claudio Rodríguez, Mariana Stoddart y Fernando Ramos.

La apuesta a una publicación cultural en un contexto represivo es una forma de participación que articula estética y política, y que pone a la poesía en acción. Tanto las revistas como las pintadas que inundan la ciudad hacen un rescate de la palabra y crean una obra itinerante.

"Varios de nosotros participábamos de publicaciones en nuestras facultades. Pero además, éramos poetas. Y eso nos daba una fraternidad que no teníamos con nuestros compañeros de las revistas universitarias. Nos organizamos como grupo. La idea era aprovechar los primeros síntomas de apertura de la dictadura y empezar a abrir espacios para el arte. Nuestra militancia contra el autoritarismo iba a ser el arte, en especial la poesía", cuenta Sietecase, devenido escritor y periodista.

Acerca de los desafíos que implicaba la publicación, Bondaz —poeta y empleado en una tradicional librería local— explica: "Las revistas literarias habían perdido vigencia, porque todo lo cultural olía a subversión y muy pocos se jugaban con un emprendimiento; los poetas que intentaban expresarse lo hacían a través de las revistas alternativas o subterráneas, que eran independientes en lo político y comercial, con propuestas periodísticas centradas, principalmente, en el rock, la ecología, la historieta y la crítica cinematográfica. En esa brecha literaria se inscribe El Poeta Manco".

La primera publicación comienza a circular en diciembre de 1981, realizada artesanalmente a través de un mimeógrafo. Con el tiempo, recién para una tercera edición, llegaría la imprenta. La experiencia se funda en los márgenes, y es tan fugaz como permanente.

En total, El Poeta Manco produce cinco ejemplares, que se editan hasta mayo de 1984. En todos ellos los poemas originales se mezclan con versos de escritores clásicos. En la contratapa, un espacio de poesía abierta llama a quienes quieran participar de la revista con una invitación enigmática: "Si nos busca, el Manco lo va a encontrar". En las distintas ediciones colaboraron en dicha sección Héctor Cecilia, Jorge Pablo Yakoncick, Billy Botti, Claudio Berón, Marisa Censabella, Víctor Bertot, Claudio Rodríguez y Rodolfo Edwards, entre otros. Cada colaboración imprime en la revista un nuevo impulso vital. En una época donde la circulación local de la poesía se encuentra sesgada y oculta, El Poeta Manco nombra lo invisible.

Los "mancos" toman las calles

"El nombre apareció como una metáfora de la imposibilidad —escribe Sietecase en su blog—. No se podía publicar: al poeta le habían cortado las manos. No lo pensamos en ese momento, pero cuando realizamos las primeras acciones urbanas con pintadas callejeras de poemas, la firma El Poeta Manco remitió a una persona de carne y hueso, y sus rastros en las paredes de la ciudad hicieron crecer la leyenda de la existencia real de un personaje loco de furia y belleza que, aerosol en mano, ejercía una rara justicia poética. De hecho, algunos medios así lo registraron".

Tiempo después de la primera edición las palabras se vuelcan a las calles y, retomando las obras de poetas desaparecidos o exiliados, no sólo universales sino también locales, se estampan en las paredes versos con un claro contenido político.

"Decidimos publicar una suerte de revista de fácil distribución, sólo con poemas. Pero nuestro grupo era un grupo de acción poética y, como tal, organizábamos recitales en las plazas, pintábamos paredes e implementábamos otras acciones. Era nuestra manera de enfrentar a la dictadura desde la cultura. Las juventudes políticas que también empezaron a pintar «Luche y se van» o sus consignas partidarias, respetaban nuestras pintadas y por eso las marcas del poeta manco perduraban", agrega Sietecase.

Entre las pintadas nocturnas figuran fragmentos de Gabriel Celaya, Francisco Paco Urondo, Roberto Santoro, Miguel Ángel Bustos, Juan Gelman, Ariel Canzani, Raúl Gustavo Aguirre y el rosarino Felipe Aldana. De este último, una magnífica estrofa ilustraría la última edición de la revista, a unos pocos meses de recuperada la democracia: "Cantamos todos / a la orilla de la muerte / bebemos el vino del amor / que da la vida a borbotones / la muerte / debe estar preocupada".

Las huellas poéticas se distribuyen por la ciudad y en la pared de un baldío en la esquina de Santa Fe y Laprida, por ejemplo, impactan unos versos de Urondo: "Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra; / compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe. / Sin jactancias puedo decir / que la vida es lo mejor que conozco".

El rumor de un poeta manco, real y solitario, que salía a pintar las calles toma fuerza y se difunde en distintos círculos de la ciudad. El grupo, por su parte, alimenta el mito.

"La Municipalidad no puede llenar la plaza, el Poeta Manco sí"

Las reuniones de los sábados al mediodía, primero en el Savoy y luego en Achalay, Sarmiento entre Córdoba y Santa Fe, son de sándwiches, vermut y poesía. En este último bodegón los encuentros en mesas amplias se vuelven masivos, con la llegada de poetas de otros pueblos y artistas de otras disciplinas. Es allí donde surge la idea de realizar acciones colectivas en plazas, entre ellas, la Pringles y la Montenegro.

Instalados en la esquina de San Martín y San Luis, después de haberle explicado pacientemente a una firma de sellos empresariales que querían moldes para poemas, los estampan en papeles y los reparten entre el flujo constante de la segunda peatonal. Alguien tocaría una guitarra, alguien recitaría un poema, alguien haría un rescate de otros modos de decir.

Es la época de la intendencia de Alberto Natale, del PDP, sucesor del militar Augusto Félix Cristiani. Parte de la gestión municipal de esos años se centra en la organización de un ciclo de arte en las plazas. Como contracara y respuesta de resistencia, el grupo se encarga de lanzar el suyo en forma paralela. En esos días toman las plazas, gritan poemas y se despliegan como todo un movimiento cultural. La actividad se finaliza pegando afiches en los que se lee: “La Municipalidad no puede llenar la plaza, El Poeta Manco sí”.
Algo resurge con fuerza. La organización extiende la tarea de la poesía y Poeta Manco logra condensar una emergente efervescencia cultural que vuelve a brotar ansiosamente.
Al mismo tiempo, y a la par del grupo, se encuentran las performances de la agrupación Discepolín —también nacida a fines del 81 y que remonta sus orígenes a los Talleres de Arteón, con la conducción de Néstor Zapata—, que ocupan las mismas plazas. La articulación del conjunto teatral con una línea política es clara y eso se traduce en las obras de creación colectiva (la exitosa puesta “¿Cómo te explico?” está firmada por diez autores). El clima que se palpita en la época está en constante ebullición, y los grupos auguran la democracia.
Cierre y homenaje
El primer editorial de la revista se abre con el título “El Poeta Manco se confiesa”. Este texto establece, de alguna manera, el alcance del grupo y su finalidad simbólica: “El Poeta Manco, con su ovillo a cuestas como imperecedera tortuga, aspira a un intento último: tejer una trama poética / urdidora de belleza / para mantenernos en el fuego”.
La quinta y última publicación está fechada en mayo de 1984, apenas unos meses después del retorno democrático. El editorial cerraría casi cuatro años de acciones poéticas en la ciudad diciendo: “El Poeta Manco no es sólo una revista literaria, es oportuno dejar esto aclarado; El Manco es una suma de atrevimientos, una barca de insolencias navegando en un mar de medianía y vedetismos. En su barriga coexisten, además de poetas de diferentes estilos, dibujantes, músicos y actores, no por coincidencias literarias o políticas sino porque practican idénticas actitudes frente a la vida: el magno intento de la autenticidad. Y es quizás a partir de ese intento de ser transparentes que El Poeta Manco ha salido a las plazas o se trepa a los ojos desprevenidos desde alguna pared de la ciudad”.
Treinta años después, en octubre de 2015, llegará un tributo en la Plataforma Lavardén bajo el nombre “Noche de música y poesía, invitación para sensibles”. En la celebración participan Myriam Cubelos, Sandra Corizzo, Ethel Koffman, María Lanese, Oscar Bondaz, Omar Aguiar, Reynaldo Sietecase, Jorge Dipré, Fernando Salvaña, Jorge Yakoncick, Zé Cordeiro, Vicky Lovell y Mariana Stoddart, entre otros.
“A fines del 2014 o principios del 2015, Salvañá insistió en la necesidad de reunirnos a compartir unos vinos y de paso celebrar los treinta años de El Poeta Manco. Organizamos varios encuentros en bares y asados en distintas casas, y allí los mancos nos fuimos reencontrando. Reviviendo la magia de lo que fue nuestra experiencia colectiva de los años 80, decidimos organizar una noche de música y poesía en la Sala Lavardén e invitar a todos aquellos que habían estado ligados al movimiento de revistas subterráneas (como, por ejemplo, los escritores de Venado Tuerto). También se decidió una nueva publicación, con textos viejos y nuevos, que Fernando Ramos concretó a la perfección”, explica Mariana Stoddart, integrante del grupo que organizara el evento.
El poema de Jorge Pablo Yakoncick ilustra la tapa de la nueva edición y, también, un momento en el tiempo: “Estábamos locos de amor / cuando / ebrios de libertad / cubríamos de poemas los tapiales / y trepábamos a los colectivos / para volantear nuestros panfletos / de versos amorosos / ni los tanques / ni los patrulleros nos veían / así de transparentes éramos / pero de ninguna manera / fuimos / ni seríamos endebles / nos sabíamos invisibles / de tan fuertes / porque conjurábamos nuestros demonios / en la poesía de vivir a pesar del miedo”.
La circulación subterránea de la revista logra movilizar un imaginario y, en un momento histórico tan neurálgico, reparar un vacío desde lo discursivo. Son encuentros de música y vino, y un verdadero movimiento poético de resistencia. Sabiendo que la poesía no desaparece, en su último editorial el Manco lanza la advertencia: “El posible naufragio no le atemoriza. Entiende definitivamente que, como escribiera el gran Marechal, la poesía es una manera de vivir, no una mera función de lanzar al mundo criaturas poéticas”.

Lucía Dozo

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