Cultura y Libros
Domingo 08 de Octubre de 2017

"Los hombres y las mujeres son buenos"

Thomas Piketty ganó fama mundial con sus celebrados libros La economía de las desigualdades y El capital en el siglo XXI. En el recientemente publicado ¡Ciudadanos, a las urnas! vuelve a dar muestras de su estilo llano y su visión optimista. A continuación, un extracto del prólogo

Thomas Piketty ganó fama mundial con sus celebrados libros La economía de las desigualdades y El capital en el siglo XXI. En el recientemente publicado ¡Ciudadanos, a las urnas! vuelve a dar muestras de su estilo llano y su visión optimista. A continuación, un extracto del prólogo

La democracia reposa sobre la confrontación permanente de ideas, el rechazo a certidumbres prefabricadas y la renovada decisión de, sin concesiones, poner en entredicho instancias de poder y de dominación. Las cuestiones económicas no son cuestiones técnicas que deberían quedar libradas a una reducida casta de expertos. Son eminentemente políticas; con relación a ellas, cada cual debe tener discernimiento para formarse su propia opinión, sin dejarse impresionar. No hay leyes económicas: sencillamente existe una multiplicidad de experiencias históricas y de trayectorias a la vez nacionales y globales, hechas de bifurcaciones imprevistas y de bricolages institucionales inestables e imperfectos, en cuyo seno las sociedades humanas eligen e inventan diferentes modos de organización y de regulación de las relaciones de propiedad y de las relaciones sociales.

Estoy convencido de que la democratización del saber económico e histórico y de la investigación en ciencias sociales puede contribuir a cambiar las relaciones de fuerza y a democratizar al conjunto de la sociedad. Siempre hay alternativas: fuera de duda, esa es la primera lección de una perspectiva histórica y política acerca de la economía. Un ejemplo particularmente claro es el de la deuda pública: hoy en día, querrían hacernos creer que los griegos y otros europeos del Sur no tienen otra opción más que volver a pagar enormes excedentes presupuestarios durante décadas, incluso si en los años cincuenta Europa se construyó a partir de la anulación de las deudas del pasado, sobre todo en beneficio de Alemania y de Francia, lo cual permitió invertir en el crecimiento y en el futuro.

Esos intercambios también me alentaron en la idea de que las desigualdades difundidas por el actual capitalismo globalizado y desregulado no tienen mucho que ver con el ideal de mérito y eficacia descripto por quienes son los ganadores en este sistema. Con infinitas variaciones de país en país, la desigualdad moderna combina elementos viejos —hechos de relaciones de dominación brutal y de discriminaciones raciales y sociales— con elementos más nuevos, que a veces desembocan en formas de sacralización de la propiedad privada y de estigmatización de los perdedores aún más extremas que en las etapas de globalización previas. Todo eso se da en un contexto en que los avances del conocimiento y de la tecnología, así como la diversidad y la inventiva de las creaciones culturales, podrían permitir un progreso social sin precedentes. Por desgracia, a falta de una adecuada regulación de las fuerzas económicas y financieras, el ascenso de las desigualdades supone una cruda amenaza: la exacerbación de las crispaciones identitarias y los repliegues nacionales, tanto en los países ricos como en los países pobres y emergentes.

Si intentáramos hacer el balance del período sobre el cual versa este libro, indudablemente el acontecimiento más dramático, aquel que dejó una huella más nítida, es la guerra en Siria y en Irak, sumada a la ebullición en Medio Oriente, que avanza a la vez que —de modo radical y acaso duradero— se pone en entredicho el sistema de fronteras implementado en la región por los poderes coloniales en ocasión de los acuerdos Sykes-Picot de 1916. Los orígenes de esos conflictos son complejos, lo que simultáneamente implica antiguos antagonismos religiosos e infructuosas trayectorias modernas de construcción del Estado. Sin embargo, resulta muy evidente que las intervenciones occidentales recientes —en especial, al producirse las dos guerras de Irak en 1990-1991 y 2003-2011—desempeñaron un papel decisivo. Si nos situamos en la perspectiva de un más largo plazo, es impactante constatar que Medio Oriente —aquí definido como la región que se extiende de Egipto a Irán, pasando por Siria, Irak y la península arábiga; vale decir, alrededor de 300 millones de habitantes—constituye no sólo la región más inestable del mundo, sino en idéntica medida aquella que propicia mayores desigualdades. Si tenemos en cuenta la extrema concentración de los recursos petroleros en territorios sin población (desigualdades territoriales que, por lo demás, residen en el origen del intento de anexión de Kuwait por parte de Irak en 1990), podemos estimar que el 10 por ciento de individuos más favorecidos de la región se apropian de entre el 60 y el 70 por ciento del total de los ingresos; esto es, más que en los países donde imperan las mayores desigualdades del planeta (entre el 50 y el 60 por ciento de los ingresos para el 10 por ciento más favorecido en el Brasil y en Sudáfrica, cerca del 50 por ciento en los Estados Unidos), y tanto más que en Europa (entre el 30 y el 40 por ciento, contra cerca del 50 por ciento de un siglo atrás, antes de que las guerras del Estado benefactor y de fiscalidad llegasen para igualar las condiciones).

La misma marca profunda nos queda cuando constatamos que, en parte, las regiones del planeta donde imperan las mayores desigualdades tienen sus orígenes en un gravoso pasivo histórico en términos de discriminaciones raciales (eso resulta evidente en los casos de Sudáfrica y los Estados Unidos, pero en idéntica medida respecto del Brasil, que antes de la abolición de 1887 computaba cerca de un 30 por ciento de esclavos), lo que no sucede en Medio Oriente. En esa región, las desigualdades masivas tienen un origen tanto más "moderno" y en relación directa con el capitalismo contemporáneo, en cuyo núcleo medular está la actuación clave del petróleo y de los fondos financieros soberanos (desde luego, tanto como las fronteras coloniales, profusamente arbitrarias en su implementación, y desde entonces protegidas manu militari por los países occidentales).

(…)

Sin embargo, quiero llegar a la conclusión con una nota de optimismo, ya que en el fondo todo puede revertirse, y lo más importante es debatir lo que vendrá. Sobre todo, quiero ser optimista porque pienso que los hombres y las mujeres tienen infinita capacidad de cooperación y de creación, sin importar cuán escasas sean las ocasiones en que crean para sí buenas instituciones. Los hombres y las mujeres son buenos; las malas son las instituciones, y son mejorables. La esperanza sigue en pie, porque nada hay de natural o inmanente en la solidaridad o en su ausencia: todo depende de los compromisos institucionales que uno asuma. Ninguna ley natural hace que los habitantes de Île-de-France o los bávaros sean más solidarios con los nacidos en la zona de Berry o con los sajones que con los griegos o los catalanes. Las instituciones colectivas que uno crea para sí —instituciones políticas, reglas electorales, sistemas sociales y fiscales, infraestructuras públicas y educativas— permiten que la solidaridad exista o desaparezca.

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