Cultura y Libros
Domingo 21 de Mayo de 2017

La tristeza se va como la luz

El no caminó, la esperó en Windows, la esperó en Facebook, la esperó en Twitter, le llamó por Skype, pero no la encontró.

Caminó por las calles, buscándolo a él. El no caminó, la esperó en Windows, la esperó en Facebook, la esperó en Twitter, le llamó por Skype, pero no la encontró. Ella lo buscó en la calle, en los bares, fue a un teléfono público, marcó su celular, pero desde ese teléfono no permiten llamadas a aparatos móviles. Ella era una chica analógica y él lo sabía. Entonces, ¿qué hacía esperándola en el lado digital de su vida? Tal vez lo mejor sería no encontrarla, se dijo. Si no hay conexión no hay amor, pensó. Ella tiene sueño, es tarde, cuando pasaron las cuatro y media de la mañana es más tarde que temprano, pero quince minutos después puede ser más temprano que tarde. Sintió pasos a sus espaldas e instantáneamente se dio vuelta. Llovía, pero había comenzado a llover a sus espaldas, la lluvia avanzaba hacia ella en dirección norte-sur-oeste. La lluvia la encontró sin paraguas. Él se asomó a la ventana. Todos estos años de gente, pensar en canciones mientras se espera a una chica, como escribir el poema que nunca pudo escribir. Eso piensa y otra frase, pero no de una canción, tal vez de una hoja tirada por allí, tal vez de su propia cosecha: el silencio aturde. ¿Metáfora escolar? Puede ser, pero a mí me gusta. La noche será larga, pensó él mientras caminaba nuevamente hacia la computadora. Pero, ¿qué es una noche larga? Una noche larga es una noche sin drogas, le dijo un amigo que conocía de noches y de extensión de las noches. Pero él también conocía la dimensión que iba del ocaso al amanecer y también sabía del efecto que psicofármacos y drogas varias hacían sobre el cuerpo cansado a la hora de animarlo. La lluvia la encontró sin paraguas, esto ya lo dijimos, la lluvia la encontró sin lágrimas, ya había llorado, pero nunca supo por qué. Se colocó los walkman. Ya no son walkman, le dijo una persona que pasaba a su lado, se dice dispositivo móvil. Pero ella prefiere seguir diciéndoles walkman.

Él miró por la ventana por enésima vez, lo único que había cambiado era el tiempo: la lluvia había parado o había cesado, pensó. Los dos sabían que el encuentro era inevitable, parecían caminar hacia la misma dirección pero en líneas paralelas, nos encontraremos en el infinito pensó él. ¿O pensó ella? ¿O fueron los dos?

Él esperó que la chica de los walkman asomara su figura por la esquina. Esa esquina, ese hotel, esa habitación le hacían recordar a una película: Mikey and Nicky, John Cassavetes y Peter Falk: un tour de force actoral era la frase que le venía con el recuerdo de ese filme y no estaba equivocado. La escena de la habitación del hotel en donde Cassavetes espera a Falk mientras se revuelve del dolor por la acidez o por una terrible borrachera o por la cirrosis del personaje, tal vez la misma que mató a Cassavetes, esa escena es sencillamente brillante.

Ella no estaba segura del encuentro y se metió en un bar, pidió una cerveza y sacó el libro, miró su reflejo en el vidrio y vio su ropa mojada, recordemos que ella estaba sin paraguas, aunque ya no llovía. Sintió un chucho de frío y cambió la cerveza por un café con leche, estuvo a punto de llamarlo pero no lo hizo, estuvo a punto de llamarlo y sonó el teléfono, miró el número: era él pero no lo atendió. Él bajó las escaleras del hotel hacia la calle y volvió a insistir con la llamada y escuchó la voz de ella del otro lado del teléfono: disculpá, no te atendí antes porque tenía puestos los walkman, el ipod le dijo él, son cassettes dijo ella y los cassettes se escuchan en los walkman. A ella le atraía la conversación y le atraía él, pero no sabía muy bien por qué, si era su aspecto, su intelecto o el hecho de saber que ese hombre estuvo presente más de treinta años atrás en el primer recital de GIT, grupo que ella acababa de descubrir. Él recorrió en el taxi la zona más oscura de la ciudad, pero de noche todo parecía oscuro, ella también había salido del bar en otro taxi. ¿Otro rumbo? ¿O el mismo? Él pensó en ella. Ella pensó en él pero de una manera distinta, nadie piensa en el otro de la misma manera, pero ella se encontró pensando en él más de lo que hubiera creído. Ella miró al taxista y le pidió que cambiara de radio, el hombre le hizo caso de mala gana y quitó la cumbia y pasó a otra radio con el buscador automático y se detuvo con la voz de Fito Páez. A ella le gusta Páez: La despedida.

"Tengo que correr, tienes que correr a toda velocidad. A toda velocidad...". Ella no quiere huir, ella no se quiere despedir, sólo le gusta la canción. Él le pide al taxista que se detenga, no quiere llegar... sí quiere llegar, pero al lugar hermoso como le dice ella o al hermoso lugar como dice la canción, se baja y corre aunque sabe que sigue en el mismo sitio, aunque corra como Ben Johnson nunca sus pies se moverán de esa silla ni sus ojos de esa pantalla, pero lo intenta, tal vez si lo intenta pueda hacerlo. Por suerte la noche seguía siendo noche y eso lo protegía, se sentía Cenicienta a la espera de que den las doce y y su maravilloso mundo se desvaneciera entre sus manos. Ella creyó que ella existía porque existía él, ella pensó que la razón de la eternidad estaba directamente relacionada con él. El taxi de ella llegó a destino y bajó. La calle mojada pero sin lluvia, una brisa fresca la despeinó. El bar, el boliche o como lo quieran llamar estaba atestado de gente. Ella entró y el volumen de la música le hacía vibrar el cuerpo. Ella atravesó el salón. La gente bailaba, logró divisar a sus amigas cerca de la barra. Él le escribía el recorrido o sabía su recorrido, pero las líneas paralelas nuevamente impedían el encuentro. Ya no hay taxis, pero él se había bajado del taxi para ir a ningún lado, para seguir estando con ella aunque la distancia los separe. ¿Ella? La mujer, las mujeres. Pensó en La ciudad de las mujeres, y en Fellini. Una ciudad de mujeres, un mundo sólo de mujeres. Sabía que ese era el quid de la cuestión: su obra estaba plagada de mujeres, siempre quiso comprenderlas y quizás lo había logrado pero cada vez que quería explicarlo enmudecía.

Cuando no sabía qué hacer se sentaba frente a la computadora y abría muchas pantallas, ponía música y dejaba que la situación lo llevara, pero ahora no, ahora había llegado ahí justamente porque no había podido salir de su pequeño estudio, porque no había podido abandonar su silla.

Se maldijo, se maldijo por no haber terminado de leer tantos libros, se maldijo por ser un comprador compulsivo de libros pero no un lector compulsivo, los libros a veces te dicen qué hacer, para dónde arrancar.

La música se había transformado en ruido para ella, un sonido que se mezclaba con las voces de sus amigas que ya ni podía escuchar. La puerta, la vereda le iban a dar un poco de aire. Salió con el vaso de cerveza en la mano y se sentó en el umbral de ese bar de escaleras largas. Trató de poner un espejo imaginario frente a ella y se detestó, parecía esas pendejas que cuando salen se emborrachan y que después no se pueden sostener en pie y terminan esperando un taxi semidormidas sentadas en la vereda con el último trago en la mano. Prejuiciosa pensó, a mí me pasó más de una vez y la pasé bien, más allá de la resaca. Él no era de tener resacas, necesitaba tomar mucho para tenerla, pero esa noche no había tomado, así que ¿por qué no ir a un bar?

Ella sintió el sol a las tres de la mañana, sabía que era de noche y que el frío no era buena compañía si permanecía mucho tiempo más ahí.

Ella recordó y le tembló el cuerpo, ella comenzó a correr mientras recordaba, era de noche pero había sol, hacía frío pero su cuerpo no lo sentía, corría en la noche mientras la asaltaba una felicidad repentina, como si hubiera encontrado de repente una respuesta que desde hace tiempo estaba buscando.

Gustavo Postiglione


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