Cultura y Libros
Domingo 28 de Mayo de 2017

"La naturaleza es la que te dice cuándo podés excavar"

A Juan David Ávila su abuelo, que construía panteones en el cementerio La Piedad, lo inició en la pasión por el pasado. Con el paso del tiempo, se convirtió en arqueólogo. Lleno de entusiasmo por su trabajo, en diálogo con Cultura y Libros contó anécdotas y reveló secretos

A Juan David Ávila su abuelo, que construía panteones en el cementerio La Piedad, lo inició en la pasión por el pasado. Con el paso del tiempo, se convirtió en arqueólogo. Lleno de entusiasmo por su trabajo, en diálogo con Cultura y Libros contó anécdotas y reveló secretos

A Juan David Ávila eso de desenterrar le viene de sus tardes en el cementerio La Piedad.

Y de su abuelo.

Y de las conversaciones.

Sentado en alguna lápida.

Viendo pasar la vida.

O las ánimas.

No, no, esperen lectores, el hombre no es un perverso; tampoco un amante de la necrofilia, no desentierra cadáveres (en general), pero tampoco niega que aquellos días acompañando a su abuelo, inmigrante y sugestivo albañil, por los caminitos del camposanto rosarino, le encendieron las ganas de estudiar lo que no se ve, lo que permanece tapado.

No, lector, tampoco hablamos de esoterismo (puede que algunos piensen que sí, usted sabe, hay gente para todo): estamos refiriéndonos a la arqueología —antes bien, a la antropología— y a lo que llevó a David a interesarse por la historia que está —y, en general permanece— bajo nuestros pies.

Entre risas, Ávila dice que debe su nombre a que a su madre le encantaba Gregory Peck y que su amor llegó al paroxismo cuando lo vio actuar en El rey David y ya ella no dejó de soñar con tener un hijo que así se llamara, a falta de poder acariciar en vivo la piel del bueno de Gregory.

Y no, no se parece, pero ¿importa? Para él es una anécdota graciosa, aunque mantiene su sonrisa durante toda la charla, que va de la filosofía al animismo, de la Marcha de San Lorenzo a sus dos bellísimas hijas y de los aborígenes al amor incondicional por su mujer, también antropóloga y arqueóloga.

Es que Juan David Ávila —rosarino, de 45 años— abrazó la disciplina cuando siendo un niño su abuelo, que construía panteones en La Piedad, lo llevaba entre las tumbas y le contaba historias que vaya uno a saber si eran del todo ciertas, pero que el nene creía sin dudar: para eso están los abuelos.

Y los nietos.

"Era hijo de españoles, un hombre muy leído —cuenta— y me decía que el cementerio tenía dos partes: en un lado, el más antiguo, estaba la tumba de un poeta irlandés cuyo nombre no recuerdo; y en el otro descansaba Cayetano Silva, autor de la Marcha de San Lorenzo. Y me señalaba dónde estaban".

Y agregaba (el abuelo): "Estas personas tendrían que estar en otro lugar, con más reconocimiento".

Años más tarde, el padre le compró el libro Érase una vez el hombre, después, a los 10 años, La historia de la humanidad, y ya cuando a los 14 fue a ver una muestra en el Museo Julio Marc, directamente flasheó. "Es que era arte barroco latinoamericano", casi se disculpa.

La antropología con orientación en arqueología —como se enseña en la Universidad Nacional de Rosario— vino por decantación y, una vez recibido ganó becas para conocer Nazca y Cuzco, en Perú, lugares que le fascinaron, aunque siempre volvió a su ciudad.

Todo comenzó en la catedral

Por eso, cuando pintó trabajar en la catedral de Rosario, para David fue una oportunidad única y casi sagrada porque, tal como él mismo dice, "yo soñaba con excavar, porque la arqueología tiene que ver con eso, buscar, encontrar, datar" .

EM_DASH¿Y ahora?

—Estamos excavando cerca de Venado Tuerto, entre Villa Cañás, Maggiolo… En 2003 apareció un sitio, laguna El 12, que tenía restos humanos, líticos, cerámicas, fauna vinculada al consumo de estas poblaciones, que eran recolectores nómades, y ya me quedé buscando ahí, porque hay mucho material.

EM_DASH¿Las lagunas son lo tuyo?

—(Se ríe) Y… un poco sí.

David Ávila atiende a Cultura y Libros en el Espacio Cultural Universitario (ECU), un tesoro rosarino donde se pueden apreciar varias puestas y exposiciones.

Y su orgullo no tiene fin.

Muestra, recorre, cuenta, como si la docencia fuera un lugar natural entre sus capas profesionales.

Su oficina no tiene huesos a la vista, pero el entusiasmo de este arqueólogo hace magia y todo ahí parece animado.

EM_DASHVolvamos a las lagunasELLIPSIS_CHARACTER

—Cuando era chico, en un barrio de la zona oeste había una laguna y ahí jugábamos con las piedras y siempre me gustó.

EM_DASHSupongo que sabés nadar...

—No.

(Pregunta tonta: ¡qué tendrá que ver!).

EM_DASH¿Entonces? EM_DASHsiguen los interrogantes rayanos en la idiotez.

—Durante la carrera ves cuánto de realidad tienen los sueños. Yo sabía que quería ser arqueólogo y estudiar lo lítico, la tecnología lítica (piedras). Una especie de Indiana Jones de la laguna (carcajada), aunque él era un huaquero, un ladrón de tumbas, como los llaman en Perú.

Y eso no se hace.

Es lo antiarqueológico.

Seguro que eso pensaba David cuando estudiaba y manejaba un colectivo o ayudaba a su padre en el taller mecánico o lavando autos, o estacionando autos para pagarse la carrera.

Hasta que se recibió de antropólogo con orientación en arqueología.

—¿Y ahí?

—Me puse a colaborar con las excavaciones en la catedral: se buscaba la ubicación de los primeros pobladores. Ahí había un cementerio y durante el trabajo encontré material.

—Uf, eso debe de ser fascinante.

—Sí, los hallazgos tienen una cosa mágica, de antepasados. Yo siempre digo que cuando uno escarba, se escarba a uno mismo. Estábamos con pinceles, cucharines, con todos los compañeros de estudios y con arqueólogos eruditos… Trabajábamos en un sector acordonado, en cuclillas y de pronto aparece… Uno no determina qué es, pero está seguro de que se trata de un hueso.

—¿Cómo eran los primeros habitantes de Rosario?

—Acá había población indígena en zona de islas y se ha encontrado cerámica de más de mil años. Lo que pasa es que la dinámica de los sitios es compleja y tiene que ver con el avance y el retroceso de las aguas del río. Ahora, en el lateral derecho del Paraná, yendo a Victoria, están excavando y sacando piezas de dos mil años de antigüedad. Es impresionante.

—¿Por qué hay tanta variación?

—Por el río. Había túmulos, esto es, elevaciones que se dan en muchos lugares del Litoral y donde se asentaban las poblaciones.

—¿Eran poblaciones estables?

—Una parte de la biblioteca dice que todos eran nómadas, con alguna cosa de cultivo incipiente de vegetales de la zona, o de intercambio. Esos lugares se pueden estudiar bien cuando tienen enterratorios para rendirles homenaje a sus muertos.

—¿Tenían escritura?

—No, eran sociedades ágrafas. Ni arte rupestre había y las manifestaciones en las cerámicas están vinculadas a una iconografía bastante compleja. Igual, lo que se encuentra está manifestando algo, como forma de algunas animales, loros, yacarés… Tendían a perfeccionarse y compartían vínculos con otras sociedades, de eso estamos seguros.

Estos antiguos rosarinos —explica el rey David— podrían haber tenido alguna vinculación con el centro-oeste del país y carecían de nombre propio conocido. A algunos nómadas la designación se las daban los españoles colonizadores o los guaraníes, que tenían cero onda, los despreciaban porque se consideraban más avanzados —probablemente lo fueran— y les ponían nombres despectivos porque no los querían ni ver.

—¿Por qué?

—No se sabe muy bien, pero los querandíes fueron bautizados por los guaraníes y en su idioma ese vocablo quiere decir comedores de grasa. Estos querandíes habitaron, hasta la primera llegada de los europeos, parte de Buenos Aires y sur de Santa Fe. Lo que hay que averiguar ahora es cómo se llamaban ellos en realidad. Porque sigue siendo un misterio.

—¿Qué fue del destino de los querandíes?

—Empiezan a desaparecer en 1715, pero aparecen otros nombres, como mapuches, ranqueles… si eran lo mismo o no, nadie lo sabe aún.

—¿Querandíes y ranqueles eran lo mismo?

—Podría ser. Ahora se estudia si en la cerámica se sigue una misma línea y para eso hay que ver de dónde sacaban la materia prima para lo que dejaron como vestigios. Por ejemplo, en laguna El 12 hicimos fechado de ocho mil años. Piedras, cerámicas, óseos faunísticos, guanacos, todo eso en la zona de Venado Tuerto de hace tantos años. Estamos hablando del final del Holoceno temprano.

Sí, ahora más que Indiana Jones, este hombre se convirtió en un personaje de Jurassic Park y, al igual que aquellos actores, habla de pajarracos enormes y carnívoros, como nosotros de la Gallina Turuleca.

Dice, por ejemplo, que en la zona lacustre —sus amadas lagunas— el agua permite visibilizar lo que hay enterrado en el fondo o el redepósito, es decir, cuando el agua trae lo que viene de otro lado, hasta caracoles.

Como sea, Juan David Ávila dice que por acá y allá hubo megafauna, mamíferos del pleistoceno como los gliptodontes, toxodontes y megaterios —por nombrar sólo algunas de las criaturas— muy cerca del agua, de sus lagunas (usted, lector, tendría que ver la felicidad de este hombre cuando habla de los animalitos).

—¿Y la flora? ¿Era la que estamos viendo?

—¡No! Aunque la flora es otro tema interesantísimo. Se están ampliando las investigaciones sobre el tema acá en la zona, pero te diría que había otra vegetación, más del tipo pastizal, absolutamente diferente de la que hay ahora.

Mientras el heredero de Gregory Peck —según su madre— habla con tanto entusiasmo, la cronista imagina que el respeto de este hombre por la tierra y los lugares donde excava es tremendo.

Sublime.

Religioso.

Sospecha —siempre la cronista— que de alguna manera Juan David Ávila le pide permiso a la tierra para robarle la virginidad y a las aguas, para que lo dejen entrar y sean amables con su humanidad.

—¿Hay algo de religioso en las excavaciones?

—Totalmente. En la laguna El 12 hay algo de mística y eso lo creen todos los científicos. Cuando voy yo, siempre pido permiso, porque me siento con un enorme vínculo con esa tierra. Ahí entrás con preguntas y salís con más cuestionamientos que certezas.

—¿Y qué hacés?

—Una especie de ceremonia: tiro algo al viento, yerba por ejemplo; o pido un permiso personal cuando estoy llegando. Hemos hecho muchas ceremonias. No sólo yo, te repito, los arqueólogos y antropólogos tenemos un respeto muy profundo por los lugares que vamos a profanar, aunque sepamos que eso nos va a deparar mayor conocimiento.

—En este país no se respetó a los ancestros, ¿no?

—No, claramente. Primero los españoles, después la Conquista del Desierto... Hay una construcción de un país imaginado por algunos y no por otros. En ese país imaginado estuvo negado el originario. Y su presencia está marcada por la resistencia a lo largo de los siglos. Esta zona fue de un exterminio muy fuerte y ayudó mucho la cuestión de lo negado por todos.

—Hay en estas tierras de muerte algo espiritual. ¿Sos animista?

—Sí, claro. En la naturaleza está todo. Hay cosas que tienen vida propia, como la laguna; y hay momentos en los que no hay que molestar. Mirá, es la naturaleza la que te dice cuándo excavar. Ahora, por ejemplo, no podés ir a la laguna.

—¿Por qué?

—Porque no (risas). Es algo espiritual. Una vez tuve un sueño donde había dos indígenas que me decían dónde tenía que excavar. Fue una cosa muy vívida, muy personal, mística. Un tiempo después fui al lugar y encontré restos. Y lo asombroso es que en ese mismo sitio habían estado buscando y no se había encontrado nada.

David no es esotérico.

Ni un poquito.

Pero cree que la tierra lo eligió a él y no al revés. Por eso la respeta tanto.

Y aclara: “Más allá del sueño que te comenté, se trata de la dinámica propia de una laguna, que en determinado momento no haya nada cuando excavás y en otro sí”.

—¿Y qué encontraste?

—Fue en 2008 y encontré restos óseos de guanacos. Esto es importante porque hasta ese momento se suponía que habían aparecido dos mil años atrás, pero cuando lo enviamos a datar a Arizona, dio que eran de hasta ocho mil años.

Juan David Ávila despide a Cultura y Libros, que se va con más preguntas que cuando llegó y con unas ganas tremendas de ir a las lagunas a preguntarles a los espíritus de la naturaleza si cualquiera, con buena intención y cuidado infinito, puede horadarla.

Alejandra Rey


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