Cultura y Libros
Domingo 06 de Agosto de 2017

"La literatura es un deporte olímpico, pero de perdedores"

Mano a mano con Cultura y Libros Juan José Becerra se refirió a los enigmas de su última novela, El artista más grande del mundo, sátira feroz donde el arte plástico y la literatura parecen jugar una pulseada. Diálogo a fondo con un narrador que no se especializa en hacer concesiones.

Alejandro Del Valle es escritor. Tiene que hablar sobre algo —está bien dicho hablar, porque en vez de escribir habla ante una máquina— y decide hacerlo sobre alguien que conoce y que además es un artista consagrado: Esteban Krause. Resuelto el tema de la inspiración sustituido por el de la cercanía —como ocurre muchas veces en la literatura—, Del Valle comienza a contar la historia de su amigo Krause, un artista global, multipremiado y millonario pero a su vez consciente de que su consagración es un verdadero malentendido.

Los personajes de esta sátira que resulta ser El artista más grande del mundo (Seix Barral), la última novela de Juan José Becerra —autor de El espectáculo del tiempo—, se muestran más como un contrapunto que como una doble faz. ¿O acaso el éxito muchas veces no es más que la otra cara del fracaso?, parece interrogarse el autor. De un lado, el artista imparable y triunfante que vive en las montañas de Penedés, Cataluña. Del otro, el escritor un tanto loser que hereda un terreno en Barrio del Parque y está paralizado frente a una máquina que convierte en voz su escritura.

Mientras uno ocupa la primera plana de los noticieros internacionales, tiene a la crítica, los curadores, los marchands, el público y las mujeres rendidos a sus pies, el otro sufre un dolor crónico de espalda que le impide sentarse a teclear. Así que a partir de esa máquina que obedece al dictado y traduce los sentidos según el tono de voz, los acentos y las pausas da inicio a esta narración tan irónica como desopilante que problematiza sobre la reproducción de la obra artística, los museos, las galerías, los curadores y también la industria editorial. Y la crítica a ese universo va más allá. Es que en medio de la hegemonía del mercado la novela parece poner en crisis la idea del control de calidad. Todo lo que el narrador dice está condenado a conservarse tal cual. La máquina no admite corrección ni edición. Y entonces, el error como un elemento constitutivo del lenguaje es un hecho.

¿Está inspirado Krause en algún artista contemporáneo? Posiblemente haya en esa megalomanía algún rastro del inglés Damien Hirst, cuyas enormes obras —muchas de ellas animales sumergidos en formol— cotizan en millones de libras. ¿Habrá acaso algún vínculo entre Del Valle y el mismo Becerra, autor de esta novela? Tal vez. Lo cierto es que la obligación de hablar en vez de escribir de este narrador es un poco la excusa para que por momentos Becerra pueda reflexionar sobre la escritura y hasta ponga en duda el futuro de la ficción. "Lo que tiene de mí posiblemente sea la idea de que la literatura es el arte que envuelve a todos los demás, que es el arte superior. Pero eso lo podría sostener cualquier escritor. La novela es el género de la absorción total. Puede metabolizar cualquier cosa. En eso coincido con él. No coincido tanto con muchas de las otras cosas que dice", explica el autor.

—¿Qué buscaste problematizar acerca de la escritura cuando justamente lo que no puede Del Valle es dejar escrita la palabra y debe soltarla al aire para ni siquiera editarla?

—El flujo de la narración cuando uno escribe un libro no tiene por qué tener purezas, todo lo contrario. Cuánta más suciedad, mejor. Me parecía que si ese escritor en vez de escribir hablaba, la suciedad iba a ser más notoria y al mismo tiempo más genuina. En lo escrito se supone que hay algo de documental. A los expedientes documentales se los reporta como documentos, aunque también pueden ser tomados como ficción porque digamos que están escritos. Pienso que hay una distancia de la lengua que es el instante anterior al que uno escribe y que es ahí donde se forma el lenguaje. Y se forma con una cantidad de mecanismos cerebrales, pero también se forma en el aire. Me gustaba pensar en ese momento previo a la materialidad. Porque estamos acostumbrados a naturalizar el lenguaje como un hecho que se da por escrito y en la literatura funciona de otra manera. Es un fluido y su conversión a un hecho material lo da la industria del libro.

—¿En el personaje de Del Valle hay algo de desacralización de la figura del escritor?

—Los escritores creemos en la figura del escritor como los policías creen en la figura de la policía. Hay algo de composición ideal o abstracta de la figura que nos resulta atractiva. A mí quizás me interesa la figura del escritor porque conocí a un escritor llamado Proust. Entonces me parece que tiene toda la onda relacionarse con esas figuras. Pero si uno lo ve en términos de vida cotidiana un escritor es una persona de civil, un sujeto un poco idiota que lo que hace es armar sus propios juguetes con sus propias reglas en una actitud solitaria y egoísta, que sólo tiene que ver con el peor momento de la niñez, que es el momento en que uno no comparte nada con nadie. Si uno la piensa desde la megalomanía, es atractiva. Pero si se lo piensa desde lo personal, de qué tipo de sujeto soy yo como escritor, no hay cosas muy bellas para decir. La sacralización de la cultura genera cierto consenso que parece decir que el escritor tiene que existir. Y quizás hasta habría que revisarla.

—Hablabas de Proust, ¿qué te gusta de los escritores?

—Me gustan los escritores con escritura, si un escritor no tiene escritura no entiendo el sentido de ser escritor. Tiene que haber una voluntad ética y un esfuerzo formal por imponer algún tipo de diferencia, una decisión soberana de decir: "No sé muy bien quién soy, pero el escritor que propongo es esto". Y cuanto más profunda sea la conexión entre el deseo de escribir y la materia literaria, mejor. Que tenga un pie en la biología, en la sangre, y otro en lo artístico: cuanto más haya de la napa más profunda, hay una mayor tasa de verdad personal en lo que uno escribe.

—¿Cuánto de Del Valle hay en vos y cuánto de vos en Del Valle?

—Hay mucho de lo que está en silencio en mí. Eso es algo que sucede cuando escribís. Hay un pensamiento y una sensibilidad que no aparecen en la vida civil y aparecen en el acto de escribir. Hay bastante de mí en algunas de sus reflexiones, como hay otras que el narrador emite y con las que no estoy de acuerdo en absoluto.

—En la novela está latente cierta tensión entre arte y literatura, como también entre la reproducción de la obra artística y lo que es la industria del libro.

—Creo que la literatura añora un poco o tiene cierta melancolía, desde que empezó a tener cierta disciplina material a través del vehículo libro, del arte con halo, es decir, del arte no industrial. Como se plantea en un momento de la novela: llegará el tiempo en que habrá libros para los cuales sólo existirá un lector por cada ejemplar. No va a haber industria del libro, proliferación del objeto libro en términos industriales, sino marchands vendiendo un original destinado a un solo lector. Imaginemos lo que sería ese mercado. Sería una revolución. Hoy un escritor para vender un libro de 300 pesos gana 30 pesos por cada uno. ¿Cómo haría uno para juntar la plata que junta Damien Hirst por vender una sola obra? Sólo te queda enganchar a algún millonario esnob que no entienda nada de literatura para venderle un ejemplar de medio millón. Si total para comprar las cosas con mucha guita lo único que hay que hacer es no entender nada. Pero a la persona que hace literatura no le importa nada. Ni el dinero, ni la fama, ni el poder. Salvo casos excepcionales de personas que lo obtienen a través de la infraliteratura o la pseudoliteratura, que no son las que a mí me interesa leer. La literatura es un deporte olímpico, pero de perdedores. Siempre salimos segundos.

—¿Y qué hay de esa mirada apocalíptica que un poco pone en crisis el concepto de ficción? Decís que no se puede creer en la ficción...

—Me parece que creer en la ficción es una especie de milagro. Es verdad que en algo hay que creer, pero al creer en ese milagro que es la ficción creemos en la capacidad más antigua que tiene la literatura, que es la de la fascinación. No ponemos en cuestión que lo que sucede en un libro de ficción tiene en parte algo que ver con algo de la verdad. Esa relación entre el lector y las ficciones sigue siendo la misma que hace siglos. Eso me llama mucho la atención. Creemos en eso, porque el encantamiento persiste y porque cuando leemos somos de alguna manera niños. La ficción recupera la relación de un niño con su juego. La literatura realista juega un poco con eso. Es un material que da lugar a un origen de los hechos.

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Bio

Juan José Becerra nació en Junín en 1965. Es autor de los ensayos Grasa (2007), La vaca. Viaje a la pampa carnívora (2007) y Patriotas (2009), de los relatos de Dos cuentos vulgares (2012) y las novelas Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004), Toda la verdad (2010), La interpretación de un libro (2012) y El espectáculo del tiempo (2015). Habitualmente escribe guiones y artículos de diversos géneros en medios de la Argentina y el extranjero. De quienes le producen placer al leerlos enumera a Godard, Proust y Bergson. Entre los que le generan devoción, la lista la encabeza Roland Barthes, casi su San Cayetano. Borges, Saer, Aira, Pauls, Guebel y Kohan son algunos con quienes lo une una "amistad" y que forman parte de esa especie de universo íntimo, de pequeño poblado que le ayuda a pensar la literatura.

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