Cultura y Libros
Domingo 01 de Octubre de 2017

La irrupción de la madurez poética: cuando el símbolo se frota con la lengua

Todo llegó por sí solo, de la corondina-rosarina María Paula Alzugaray, abre un universo poético que va desde el lirismo refinado al cotidianismo. El equilibrio es el que manda

Flannery O'Connor decía que la escritura es un descubrimiento constante y que todo llega por sí solo, como el título del nuevo libro de poemas de María Paula Alzugaray, que parece explicar su salto de madurez poética con estos cuarenta y dos poemas. Si uno trabaja sin desesperación en la escritura, todo llega por sí solo.

Ya conocíamos los lectores de Alzugaray a la poeta de la metáfora, del símbolo, de la perfección formal del tropo y la gramática, de la elegía de su infancia corondina y de todo lo que alberga un aforismo delicado, la elusión del objetivismo y una reticencia justa para refinar el lirismo.

Pero ahora ha sumado a los versos la otra mitad de la biblioteca y al soporte clásico que siempre manejó con destreza, ha incorporado el imaginismo (poemas donde las ideas parecen salir de las cosas y no solo de las musas), un coloquio o soliloquio constante, pero no como el de la prosa, sino como el preguntar de Juanele, el neptuneo balbuceante del poeta que a la vez pregunta y piensa y sospecha; y el cotidianismo (al decir de Eduardo D'Anna), con la rotura del enjambement (el encabalgado escolástico), dando cuenta de una yuxtaposición diferida que hasta llega a la disrupción en algún momento y al inventario o el montaje de imágenes, y hasta a algún relato, aunque todo dentro del poema, de su ritmo, del vals, del tronche, del aforismo y de la máxima carga de sentido de una palabra o de un sintagma.

El primer grupo de poemas ("No es mentira"), como dice en el prólogo el poeta Patricio Emilio Torné (un plus del libro), es la lírica del desencanto y del desamor, registro que mejora el vigor expresivo de Alzugaray, como si ahora viera su paraíso corondino desde el spleen de Rosario.

La segunda parte del libro ("Conversatoria con eso"), parece un arte de hablar con los grandes afectos, pero como si lo hiciera desde la ambigüedad y la completud que sólo alcanza la conciencia del poeta, que en este caso, el de Alzugaray, parece extenderse en una cinta de Moebius sentimental donde todo fue vivido, sabido, perdido y recordado o amado. El libro también podría llamarse "Las flores del mal de Coronda", para leer, releer y volver a leer como un libro de horas.

Hace dos años conocí el poema "Las corpulentas", cuando este libro era un work in progress. Alzugaray, entonces, quiso mi opinión porque alguien se había espantado de que ella estuviera saliéndose por la claraboya del Olimpo de Quevedo. Recuerdo ahora mi aliento y mi alegría, porque ya se veía claro el rumbo de esta madurez poética, el equilibrio de una voz donde el símbolo se frota con la lengua.

Marcelo Scalona

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