Cultura y Libros
Domingo 01 de Octubre de 2017

La gira de los cuatro mosqueteros

Era una época oscura: en 1977, la dictadura golpeaba sin piedad. Pero cuatro prestigiosos escritores de la ciudad no se arredraron y salieron a difundir sus textos por los pueblos de la provincia. Alma Maritano, Angélica Gorodischer, Francisco Gandolfo y Jorge Isaías formaron un singular grupo. Recuerdos de una aventura.

En el oscuro año de 1977, apogeo de la dictadura cívico-militar, varios escritores rosarinos recibieron sorpresivamente en sus domicilios la invitación para un encuentro en el hotel Presidente con el recordado Antonio Carrizo.

El famoso locutor y animador de radio y televisión venía con la misión de promocionar el premio Strega, el más importante concurso italiano de narrativa (lo habían ganado, entre otros, Cesare Pavese y Dino Buzzati), que ese año tendría un equivalente en lengua española. Con su proverbial desenvoltura, alternando citas literarias, Carrizo trataba de convencer a su auditorio de la importancia de enviar obras al concurso y lo instaba a ponerse a escribir con ese fin; consciente de que estaba en una ciudad del interior, se le escapó en un momento una frase tan bienintencionada como controvertida: "No se olviden de que, por ejemplo, Ricardo Güiraldes escribió Don Segundo Sombra en San Antonio de Areco".

Un grupo de los presentes sonrió ante la obviedad: Güiraldes era, por cierto, un gran escritor, pero su condición de bonaerense se debía, antes que a su voluntad de anonimato provinciano, a la estancia y las otras muchas hectáreas de tierras que poseía en el pago de Areco y sus inmediatos alrededores.

Cuidando de no alterar la ceremonia, cuatro de los escritores presentes, amigos entre sí, emprendieron una silenciosa retirada: las narradoras Angélica Gorodischer y Alma Maritano y los poetas Francisco Gandolfo y Jorge Isaías. Aliviados, caminaron un tramo por Corrientes, cruzaron Rioja, rumbo al bar Michelángelo, que estaba en la vereda oeste, cerca de Córdoba; pidieron cafés y se dispusieron a hablar de bueyes perdidos.

Jorge Isaías es quien reconstruye aquellos pasos olvidados de esa noche rosarina en años oscuros del país y la ciudad. La dictadura estaba lejos de ser un detalle: el autor de Crónica gringa recuerda la zozobra que sintieron él y otros invitados cuando se dieron cuenta de que las direcciones de sus domicilios estaban en el listado de la institución —no recuerda cuál— que organizó la charla de Carrizo y que tenía que ver con la convocatoria al premio.

Pero la charla en Michelángelo pronto derivó a otras cuestiones hasta que Maritano —fallecida en 2015— tuvo la primera idea: armar un grupo con los cuatro amigos y salir a leer sus textos por pueblos y ciudades de la zona. "Alma había recorrido algunos lugares dando charlas de literatura y sugirió empezar por su pueblo, San Genaro, en la escuela secundaria que dirigía un escritor local, su amigo Oscar Grandov", recuerda el Turco Isaías.

Tras el debut en San Genaro, el grupo ("el Cuarteto Leo", solía ironizar Gandolfo, que murió en 2008) emprendió una gira por diversas localidades santafesinas. En El Trébol, el contacto fue con un director teatral rosarino que viajaba semanalmente para coordinar un grupo independiente. También visitaron localidades como Totoras, Arequito, San José de la Esquina, Los Quirquinchos, Chañar Ladeado; en Rosario se presentaron en Amigos del Arte y en el Centro de Arquitectos. Del viaje a Las Parejas, muchos años después Isaías se enteró de que uno de los integrantes del grupo de teatro que asistió y que se acercó a hablar con los escritores era Antonio Bonfatti; lo supo porque el propio ex gobernador de Santa Fe se lo confesó no hace mucho, aunque aclaró que seguramente el poeta no lo recordaba porque en aquella época el dirigente socialista "tenía pelo" en la cabeza.

Viajaban en un Dodge conducido por Miguel Ángel Sánchez, esposo de Maritano, que no era escritor pero se divertía mucho charlando con gente de los pueblos y recogiendo historias y anécdotas. Por razones que Isaías atribuye al hecho de que a los anfitriones "no les quedaba más remedio", dada la hora de la noche en que terminaba el encuentro siempre los invitaban a cenar: podían ser sándwiches, empanadas o, en el mejor de los casos, un asado. En el regreso, ya de madrugada, por las solitarias rutas provinciales de hace cuarenta años, Gandolfo y Maritano solían cantar tangos a dúo.

Fuera en una escuela, una biblioteca o un club, el esquema era el mismo: los cuatro se sentaban a una mesa larga, frente al público; Gorodischer se encargaba de presentarlos (para ella, el poeta de Los Quirquinchos era "el benjamín del grupo"); concluidas las lecturas, los asistentes hacían preguntas y comentarios sobre lo que habían escuchado o se iban por las ramas a otros temas más o menos literarios.

Un pequeño hueco

Angélica Gorodischer, por su parte, no tiene claro el origen de la aventura:

"Debe haber sido en alguna reunión de café, con el Tigre Isaías y Francisco Gandolfo, aunque no descarto que haya habido otros amigos, y quedó así un poco en el aire hasta que en otra ocasión que no puedo precisar, dijimos ¿y por qué no? Y decidimos que lo mejor era ampliar lo que hacíamos. Sí, porque habíamos leído algunos de nuestros cuentos en ámbitos de la ciudad y entonces, pues vamos a los pueblos y ciudades de por acá. Fue una excelente idea y nos llenó de satisfacción, no sólo la idea sino lo que hicimos".

EM_DASH¿Cómo era la reacción del público, antes y después de las lecturas?

—Fantásticamente satisfactoria. Sonreían, se animaban y empezaban a preguntar. Con lo cual nos dábamos cuenta de que era algo que llenaba un pequeño hueco, tal vez no muy notable pero un vacío que podíamos llenar de palabras. Palabras nuestras pero que también estaban ahí, en los otros, a veces muy escondidas, en el ánimo de quienes nos escuchaban. Era, creo, otra manera de que los demás nos leyeran.

EM_DASHEn esos años, cuando la actividad política estaba prohibida, las diversas manifestaciones de la cultura solían ser sucedáneas de las ideas de participación. ¿Algo de eso pasó con la gente que iba escuchar las lecturas o era simple curiosidad?

—Me parece que era una combinación de las dos situaciones. Como las prohibiciones cubrían tantas actividades, y sobre todo las que ayudaban a reflexionar, que se les presentara algo que sonaba inocente, como un divertimento, atraía a muchos: jóvenes, estudiantes, personas que venían de diversos lugares pero que tenían la misma sed de palabras que le dijeran algo a alguien.

EM_DASH¿Se acercaban a conversar con ustedes los aspirantes a escritores?

—Si, por supuesto. Se acercaba mucha gente: gente a la que le atraía la lectura, estudiantes, curiosos que preguntaban por qué lo hacíamos y cómo se nos había ocurrido, lectores que querían saber si habíamos publicado libros y en dónde podían ellos encontrarlos, de todo, y esa diversidad nos daba la seguridad de que habíamos acertado, de que había púbico, un público interesante e interesado que sabiéndolo o sin saberlo, había estado esperando una actividad como la que nosotros les ofrecíamos. ¿Qué más se puede pedir?

EM_DASHNinguno de los cuatro escritores nació en Rosario, aunque es cierto que todos crearon sus obras aquí. ¿Esa característica EM_DASHque podría ampliarse a la música, al teatro, a la danzaEM_DASH se ha modificado en las nuevas generaciones?

—Ah, lo siento pero no tengo la menor idea. No es que no me interesen las nuevas generaciones, al contrario, pero más bien dirijo mi atención a lo que están haciendo, al resultado de lo que se han propuesto.

EM_DASHIsaías recuerda que usted leyó un cuento que causó cierto escozor en unas monjas espectadoras. ¿Qué cuento era y cómo recuerda ese momento?

—Ay, otra vez no tengo la menor idea. Recuerdo perfectamente las caras impasibles de las monjas y también que tuve algo como una ola de arrepentimiento: ¿por qué causarles un dolor o una inquietud? Pero ellas no parecían sorprendidas ni asustadas ni nada. Escuchaban con atención, cosa que me sorprendió y me gustó; sí, me gustó mucho, de modo que seguí con lo mío y las monjas con lo suyo, cosa que significa que nada se movió en nuestros universos tan distantes y tan distintos, aleluya.

Los libros ante todo

Las imágenes de cuatro décadas exactas atrás siguen compareciendo en el relato de Isaías: "En Totoras, había un par de monjas entre el público. Angélica leyó un relato de su personaje Trafalgar Medrano, en el que había algunas referencias a lo que se entendía como moral, que hoy no asustarían a nadie pero que entonces podían ser hasta peligrosas. Todos tuvimos una sensación rara, pero no pasó nada… También recuerdo las lecturas de Gandolfo. Leía sus poemas con total seriedad pero con frecuencia el público se reía porque advertía un humor latente. Entonces él les aclaraba que no los había escrito para que se rían sino que era algo serio… Alma estaba en esos momentos escribiendo un libro y leía partes de ese texto. También se dedicaba a lo que se llamaba literatura infantojuvenil, donde tuvo mucha repercusión. Y más tarde comenzó con sus talleres literarios, que cumplieron una función muy importante para las nuevas generaciones de escritores".

"Para nosotros —prosigue el poeta— era también una forma de hacer circular los textos. Las lecturas públicas no eran comunes. Cuando sacábamos la revista La Cachimba no la presentábamos ni tampoco los libros que publicábamos. No estábamos de acuerdo con esa exposición y creíamos que lo que tenía que circular eran los libros, no nosotros. Pero cuando con otros escritores nos acercamos a Amigos del Arte, ahí sí hubo espacio para la presentación de nuestras publicaciones. Incluso actores de Teatrika, teatro que estaba funcionando en la sala de calle 3 de Febrero, participaban leyendo fragmentos de las obras, me acuerdo por ejemplo de Alfredo Anémola y Carlos Caruso. El presidente de Amigos del Arte era Ernesto Devoto, una gran persona dedicada a la cultura".

Efectivamente, Devoto fue un hombre que sabía disfrutar de la literatura, la música, la pintura, el cine y el teatro, aunque no ejercía ninguna de esas artes. Trabajaba en el Correo Central y el recordado director teatral Eugenio Filippelli lo definía como "el espectador número uno", ya que no se perdía ningún espectáculo de la escena independiente ni de los elencos profesionales provenientes de Buenos Aires. Lamentablemente no quedan registros escritos, tal vez sí orales, de él y de otros anónimos habitantes que también formaron parte —del otro lado del escenario, del cuadro y del libro— de la vida cultural de una ciudad y de un tiempo.

José Moset

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