Cultura y Libros
Domingo 21 de Mayo de 2017

La escritura y la vida

Conexión Saer, que se expone en el Museo Provincial de Bellas Artes de la capital santafesina,

Morosa, espesa, meticulosa —a veces, sencillamente obsesiva—, con el ritmo de los anchos y magmáticos ríos de llanura o de la oscura, lúbrica siesta santafesina, la prosa de Juan José Saer (1937-2005) es una marca de fábrica: no importa qué es lo que se cuente, basta ver cómo se lo cuenta para reconocer de inmediato al autor de Cicatrices, Glosa, La grande, El entenado, Palo y hueso. El lenguaje propio, no otra cosa, señala al auténtico escritor. Y de esos, hay pocos. Muy pocos.

En este momento, en el mismo espacio que sirvió de escenario a tantas de sus narraciones, una magnífica muestra permite recorrer el universo saeriano, construido entre la Argentina y el exilio europeo. Los amplios, señoriales espacios del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez, en la capital santafesina, son el ámbito elegido para exponer el recorrido vital y literario de uno de los hijos pródigos de la ciudad, a quien Santa Fe siente como propio pese a que Saer nació en Serodino y vivió una intensa etapa de su vida en Rosario. Pero Santa Fe hace bien en sentir como siente. De allí es Saer, de esa extraña ciudad, a la que tal vez contara y reflejara —a su manera— como nadie.

El paseo a través de la muestra, que se prolongará hasta el 16 de julio próximo, conmueve al lector de Juani o el Turco, como algunos le decían. Con la acertada curaduría de María Teresa Constantin y el poeta rosarino Martín Prieto, Conexión Saer (así eligieron llamarla) brilla en los detalles íntimos y expone materiales de valor infinito.

La presencia de las primeras ediciones de los libros de Saer (adquiridas, según confesión de un integrante del staff de Cultura de la provincia, a través de un popular sitio de internet) coloca de inmediato al lector de sus obras en cálido, familiar terreno. Quien esto escribe se sintió conmovido ante los humildes objetos que cobijan el inconfundible talento del prosista: allí están, bajo la delicada luz del museo, como testimonios frágiles de lo que hizo que este país brillara a pesar de la ignominia. Libros, apenas libros; nada menos que libros. Entre ellos, uno —La vuelta completa— publicado por la entrañable y rosarinísima Vigil.

Sobre una coqueta mesita, entornada por cómodos sillones, pueden verse (y hojearse) dos álbumes familiares artesanales, cargados de imágenes cotidianas de la vida del narrador. Más allá aparece el insólito mapa de Santa Fe donde Saer dibujó el recorrido de sus personajes en cada una de sus novelas. Este precioso documento está expuesto junto a una copia digitalizada donde es posible seguir las rutas de figuras tan imaginarias como imborrables —Tomatis, el Gato, Barco, Pichón Garay— a través de "la ciudad", que para el escritor parece ser la única.

Se camina, feliz, a través de las salas y surgen más sorpresas. Cartas, diarios y fotos se abren en diversos paneles, nos hablan desde los muros: allí está la huella de Saer, el rastro de su vida y sobre todo, de su escritura. Sin embargo, lo que en la muestra funciona como imán y debe calificarse de gran acierto por parte de los curadores es la presencia majestuosa de obras de pintores que acompañaron la trayectoria vital y creativa del narrador: Juan Pablo Renzi y Fernando Espino.

De Renzi (1940-92), que ilustró la tapa de la primera edición de la magistral novela Glosa (1986), puede verse Último combate en Cuernavaca, imponente tríptico de 1983 donado al museo por su viuda, María Teresa Gramuglio. También suyo es un trabajo que funciona como peculiar ilustración de El cónsul, texto de Saer inspirado en Bajo el volcán, la torrencial novela de Malcolm Lowry.

Mientras tanto, la etapa final de la producción de Espino (1931-91) dispone de todo un muro para lucir su seca, parca belleza. De este pintor nacido en Rosario, aunque radicado de chico en Santa Fe, también se expone El gato, tela realizada en la misma época de su ilustración para la tapa del segundo libro de cuentos de Saer, Palo y hueso (1965).

Se sigue caminando y entonces aparece Juani, de pronto, en las pantallas: su voz, su maciza figura, en sendos videos, uno de ellos en París junto a Cortázar.

Se sale, finalmente, emocionado, a "la ciudad", se camina a través de la noche de otoño en busca de un bar y una copa. Y aunque no se los vea, se los presiente. Ellos están allí, más reales que los hombres y mujeres reales: Tomatis, Barco, Pichón Garay, el Gato. Y acaso nos miren, socarrones, cuando levantamos el whisky y brindamos en silencio, solos, por la lozanía de ese mundo edificado para siempre en el lenguaje.

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