Cultura y Libros
Domingo 04 de Junio de 2017

La democracia que busca ser

En su último libro, La democracia que no es, Hugo Quiroga reflexiona sobre los éxitos y fracasos del sistema representativo, que el país recuperó en 1983. Abajo, un fragmento de la elogiada obra

En su último libro, La democracia que no es, Hugo Quiroga reflexiona sobre los éxitos y fracasos del sistema representativo, que el país recuperó en 1983. Abajo, un fragmento de la elogiada obra

Si contemplamos nuestro universo, la recuperación de la democracia en 1983 abrió la posibilidad de gobernar con legitimidad y de conformar un orden político estable. El orden político que se instaló en esa época transita por un complejo y ambiguo proceso que revela, al mismo tiempo, signos favorables de afianzamiento y rasgos preocupantes de imperfección institucional. Se ha afirmado, por un lado, el principio de legitimidad democrática (el apego mayoritario de los ciudadanos y partidos a las reglas de sucesión pacífica del poder) y, por otro, no se han superado las deficiencias institucionales y las profundas desigualdades sociales que representan serios desafíos para la estabilidad económica de la democracia.

En este tiempo han surgido nuevas demandas de la sociedad y ellas tienen que ver con un Estado eficiente, con la búsqueda de igualdad, con los deseos de seguridad, con la eliminación de la corrupción y con la calidad de las instituciones públicas, especialmente con aquellas que imparten justicia. En estos reclamos fundamentales se hallan los difíciles pero no imposibles avances de la democracia.

Para intentar comprender y explicar con cierta rigurosidad el lugar en el que estamos situados quizá sea necesario recurrir a un nivel de reflexión más amplio que nos ubique —brevemente— en una perspectiva histórica que mire el pasado inmediato de nuestro sistema político.

En 1955 se produce un cambio de régimen político, que arrasa con la estructura institucional dl Estado de derecho y condiciona las salidas políticas civiles hasta 1973. Se instituye, pues, un régimen político pretoriano que con sus diferentes modalidades perdura dieciocho años. Es un régimen que alterna dictaduras directas (1955, 1962, 1966 y 1976) con un sistema tutelar (vigilante, con poder de veto), durante los gobiernos civiles de Arturo Frondizi (1958-1962) y Arturo Illia (1963-1966), cuyo objetivo doble es erradicar al peronismo del sistema político democrático y poner fin a la violencia política de las organizaciones armadas.

El conflicto político que nació en 1955 pareció hallar en 1973 una salida a la desbordante radicalidad de la violencia política, en un tiempo desquiciado por la división y la impugnación a un orden democrático. El fracaso de la experiencia de 1973 abre las puertas al decisionismo político más absoluto, representado por el orden autoritario de 1976, que impuso un sistema que entendía a la política como tecnología del poder y de la muerte. La política como contraposición entre amigo y enemigo (la dicotomía subversión-antisubversión) contempla como solución la eliminación física del adversario.

Desde esta perspectiva se apunta a comprender por qué la democracia se puede destruir a sí misma, ante la falta de convergencia entre actores individuales y colectivos con intereses y cosmovisiones diferentes, que no supieron evitar su propia tragedia, entendida ésta como una construcción humana sobre el destino de los hombres, que concierne a la esencia misma y el porvenir de la política.

Entre 1973 y 1976 no se pudo construir una cultura democrática genuina, que estuviera a la altura de afianzar el proceso de transición de un régimen militar a un gobierno civil basado en la sucesión pacífica del poder, con elecciones limpias, plurales y competitivas. Sn duda, resultaron débiles las condiciones democráticas preexistentes. Sabemos que no puede haber democracia sin demócratas, y mucho menos sin demócratas convencidos. Esto nos deja sin esperanzas. El fracaso de las salidas electorales a medias cooperó a la autodestrucción de la democracia en 1973. El sentir democrático no estaba ya presente en la conciencia de ciudadanos y dirigentes.

En 1983 nacía la época de la "democracia como ilusión", durante el gobierno de Raúl Alfonsín. El discurso ético-político que acompañó a Alfonsín durante la campaña electoral estuvo basado en dos ejes centrales: la Constitución nacional y los derechos humanos. La democracia de 1983 encontró, entonces, dos principios fundantes: el Preámbulo de la Constitución, que recitaba el candidato radical ante miles de ciudadanos (en su mayoría eran jóvenes), y la promesa de juzgar la violación a los derechos humanos.

Mientras el candidato presidencial del peronismo, Ítalo Luder, se pronunciaba en contra de la derogación de la ley de autoamnistía sancionada por la dictadura el 23 de septiembre de 1983 por la que se declaraban extinguidas las acciones penales emrgentes de los delitos cometidos en la lucha antisubversiva, el gobierno de Alfonsín la derogó en la primera sesión del Parlamento, y a renglón seguido sometió a juicio a las Juntas Militares.

La democracia como ilusión, como posibilidad de "buen gobierno", se convertía en un valor de la vida colectiva y convocaba a una convivencia pacífica sujeta a normas previsibles. A pesar de que su partido lo acompañaba en su gestión de gobierno, Alfonsín no había podido homogeneizarlo detrás de los esbozos de un proyecto modernizador y de un discurso cuyo perfil era más cercano a la socialdemocracia que al "populismo progresista". A título ilustrativo, el partido radical ignoró por completo el Discurso de Parque Norte, de diciembre de 1985, de corte socialdemócrata.

¿Cómo construir una nueva democracia con las marcas de nuestro sistema político? Ese fue el desafío histórico del presidente Alfonsín. La fuerza principal de la gestión radical residía, en sus comienzos, en el decidido apoyo de la ciudadanía a la construcción de un sistema democrático. ¿Cuál era el "modelo" o experiencia a imitar o a mejorar si el período democrático más extenso fue de catorce años entre 1916 y 1930, que concluyó arrasado por el poder de las armas? Carecíamos de un registro de experiencia democrática. Lo que vino a continuación, ya fue referido.

Luego de la "ilusión democrática" vendrán las idas y vueltas, las leyes de punto final y obediencia debida, los indultos presidenciales, el neoliberalismo de los años noventa, la pesada deuda externa, el "pacto de Olivos", la pobreza extrema y la marginalización, el fracaso del gobierno de la Alianza y el colapso institucional de 2001, y un estilo presidencial decisionista, concentrado y verticalista, de doce años de duración. En este arco temporal que hemos contemplado, la sociedad ha girado sucesivamente sobre el entusiasmo y la decepción, según las circunstancias históricas.

No se trata, por cierto, de momentos perfectamente cerrados sin comunicación entre sí, sino de momentos superpuestos, de zonas comunes entre ellos, de un movimiento histórico, que proveyó un denominador común, la demanda de construcción de un orden democrático perdurable, generador de expectativas. La conciencia de ese tiempo, y lo que se pudo decir de él, no nos protegió de los errores y la degradación democrática.

El diagnóstico político ahora es evidente, y nos golpea de lleno en el rostro. En 1983 no se podía pensar en una degradación tan flagrante de la democracia. Su deriva, que sin ideales éticos, ha degenerado en una democracia electoral con un Estado faccioso que impulsó un sistema mafioso de corrupción, durante el período kirchnerista, resulta por demás inaudita e inadmisible. Lo que podía ser una democracia compleja, no desprovista de conflictos, pero situada en un futuro abierto, terminó en un estado de depravación, que dio lugar a un sistema mafioso, merced a la doblez y subversión del aparato del Estado y el desenfreno de la dirigencia gubernamental de ese período.

Politólogo. Quiroga hace un balance de gran valor para quienes intentan diseñar un mejor futuro.

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