Cultura y Libros
Domingo 07 de Mayo de 2017

Huérfanos

Abelardo Castillo, que murió el martes pasado, fue un prosista de carácter que brilló en el género breve. En este texto, el narrador rosarino despide conmovido al autor de Israfel.

También nosotros, los que estábamos lejos, somos un poco más huérfanos hoy. Aunque no hayamos tenido la posibilidad de ir a sus famosos talleres ni de conocerlo personalmente ni de pasar interminables veladas debatiendo mano a mano con él. El fallecimiento de Abelardo Castillo nos deja un poco más huérfanos porque se trata de una de las voces ineludibles de la literatura argentina. Y porque también nosotros, los que estábamos lejos, nos formamos y nos forjamos de algún modo a la luz de sus palabras.

¿Cómo hablar del cuento argentino sin hablar de La madre de Ernesto, La fornicación es un pájaro lúgubre, Patrón, Conejo? ¿Cómo pensar el oficio literario sin sus definiciones implacables sobre el estilo o la corrección? ¿Cómo pensar un taller literario sin volver, una y otra vez, a la anécdota de Bosio Arnáez —el único taller al que Castillo asistió en su vida—, que narra en Ser escritor y en tantas entrevistas? ("«Por el sendero venía avanzando el viejecillo». Fue lo único que le leí y resultó ser mi único taller literario, que duró el tiempo que tardé en decir esa primera frase. Me paró en seco y me preguntó: «¿Por qué sendero y no camino? ¿Por qué viejecillo y no viejo? ¿Por qué venía avanzando y no caminando? Y ¿por qué por el sendero venía avanzando el viejecillo en vez de el viejecillo venía avanzando por el sendero, que era el orden lógico? Y además, ¿por qué el viejecillo, si no conocíamos al personaje, y no un viejecillo?». O sea que en una sola frase yo tenía todos los errores posibles. Entonces yo le dije: «Porque ese es mi estilo, señor». Y él me respondió: «Antes de tener estilo hay que aprender a escribir»").

Abelardo Castillo nació en 1935 y fue uno de los más importantes autores nacionales de la segunda mitad del siglo XX. Aunque soñaba con morirse a los 22 dejando una obra poética destacable, afirmaba que se descubrió un mal poeta y no tuvo más alternativa que vivir muchos años. El cuento lo acogió entre sus elegidos, transformándolo en heredero de los más grandes exponentes del género. Pero también abordó la poesía, la novela, el ensayo, la dramaturgia. De esa generación en la que el compromiso político y el literario iban de la mano, fue un hombre de ideas claras y convicciones firmes. Fundó, en el camino, revistas míticas que marcaron el pulso de la literatura argentina y reunieron algunas de las letras más notables de la época: El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. Dejó obras emblemáticas, imborrables. Libros de cuentos como Las otras puertas y Las panteras y el templo —o directamente sus Cuentos completos, material de referencia imprescindible—, novelas como El que tiene sed y Crónica de un iniciado, obras de teatro como El otro Judas e Israfel, que le dan forma a una obra hermosa y perdurable. Alguna vez afirmó que "nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso". El martes pasado, como posteó la escritora Fernanda García Lao en su Facebook, se fue dejando un montón de borradores hermosos.

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