Cultura y Libros
Domingo 14 de Mayo de 2017

Es por el pibe

—Dale, Zacarías… dejate de joder… el pibe no tiene madera de crack.

Fue contundente, Fabián, y eso que apenas le habíamos entrado al primer porrón. Pero no tiene que ver con eso, él no lo entendía. La magia también se inventa o aparece de golpe cuando nadie lo espera, como un infarto. O acaso el rubí no es primero carbón, como dicen. Yo no quiero, nunca quise, un Messi, un Ronaldo, un Di María. Con que me lo saque como Scaloni o Ruffini me alcanza. Se lo dije, casi pegándole a la mesa de chapa del buffet, pero Fabián meneaba la cabeza, resistiéndose a admitir la legitimidad de mi punto de vista. ¿Cuántos Riquelmes o Maradonas hay en proporción a los que son un poco de huevo o un culo bárbaro para recoger los rebotes? ¿Qué? ¿Me iba a decir que todos nacen con el fuego sagrado?

Boludeces. Me lo podía decir, pero yo le estaba pidiendo que me educara un obrero, un peón del fútbol, un jugador disciplinado que pudiera correr noventa minutos, que rechazara y colaborara con el ataque, que tomara la marca como una sanguijuela, que hiciera llover un lateral en el área. Nada de eso es virtud o talento innato. Es escuela, palo y palo, exigencia.

Yo sabía que estaba en deuda. A él le debía que Lauti hubiera pasado la prueba en marzo. Había sido una gauchada dejarlo entrar en la categoría 2004 habiendo tantos pibes que lo superaban en velocidad, potencia, gambeta y lo que quieras. Había un par de talentosos también. Capaz que alguno se había quedado afuera para que lo ficharan a Lauti. Mala leche: lo dice el Quijote, eso del que no tiene padrino no va a misa ni lo confirman. Mi Lauti había estado nervioso, desconcentrado, perdido. Eso se corrige. Los diez primeros minutos se los pasó caminando su banda con cara de susto. Aunque nos habían prohibido intervenir, tuve que gritarle desde atrás del alambrado: ¡Lautaro! ¡Corré pelotudo, poné huevo la puta que te parió! Recién entonces, se percató de la importancia que tenía eso que parecía un partidito más. O de los peores, porque la competencia y el egoísmo de cada jugador lo volvían trabado e insoportable, un patético espectáculo de morfones queriendo lucirse pasando a los 11 contrarios y a los 10 propios que también buscaban sacarle la pelota. No, no hizo mucho Lauti en la prueba, pero Fabián lo tomó. Dijo que era un marcador de punta promisorio. Verso: ya lo habíamos arreglado antes, por eso somos amigos, nos criamos juntos, y él podía echarme una mano para ver si Lauti respondía y se convertía en futbolista. A los 4 nadie les presta atención. Yo lo pongo por la derecha y le meto un gordito de 11 para que la tenga fácil. Un genio, Fabián, pero después de aguantarme al pibe una temporada quería sacárselo de encima y todo bien, sin rencores…

Yo le venía haciendo la cabeza a Lautaro. Es la prueba, como una final: si no te lucís, pasó el tren, perdés la oportunidad y vas a ser un fracasado siempre. A los chicos hay que hablarles claro. Pero él no entendía que el fútbol es el camino, la verdad y la vida. Después de que te retirás, hasta podés seguir de DT de inferiores, o de algún cuadrito del Ascenso o regenteando contratos. Si estás bien con los dirigentes, algo te tiran.

—No insistas, Zacarías. El pibe no sirve para esto. Lo tuve ocho meses, le di oportunidades, lo puse en partidos fáciles y también, para que agarrara rodaje, en otros que meten en serio.

—No, no me digas: lo ponías porque te rendía. ¿O vas a decir que no te rindió?

—Un poco.

—Mentiras… pasa que vos preferís al hijo de Tadeo porque te pone plata. Tadeo te hace comer gratis en la parrilla del viejo de él. Yo te vi, vas con tus nenas y con tu novia. Yo te vi… no me la cuentes.

—Eso es otra cosa.

—Por eso lo ponés al pibe de él, que es tan tronco o tan bueno como el mío.

—Es mucho más jugador que Lauti. Tiene pase, levanta la cabeza, anticipa la jugada…

Lauti es algo tosco, rústico, primitivo. Pero es porque le falta altura y está un poco gordito. Un poco porque le hice bajar 7 kilos en 6 meses. Adelgazar a un chico de 10 años, que se la pasa comiendo doritos con Coca Cola, es más jodido que aguantar cualquier tratamiento del Cormillot. Pero yo me planté y le dije a Laura: "Si querés que nuestros hijos sean triunfadores, empezá a cocinarles sano. Basta de hamburguesas y salchichas. Verduras y fideos, carajo".

No, no fue idea mía. Lo leí en una revista, un artículo que trataba sobre la dieta de los deportistas. De lo que comía Beckam y el tenista ese negro que es francés. Apenas volví a casa, la encaré a Laura y le expliqué que el secreto no estaba en matarlos de hambre si no en darles alimentos que les hicieran bien y les dieran energías. A los chicos, a los dos, porque a la nena también hay que tenerla flaquita. Laura se enculó porque significaba más laburo para ella, claro, ocuparse de cocinar cosas raras como legumbres y coliflor, aparte de nuestras milanesas o costeletas. Decía que se iba a volver loca, porque con la boutique y la casa ya tenía demasiado. "Y bueno, qué querés, ¡tener hijos mediocres, fracasados y encima gordos…!".

Laura había entendido desde el vamos mi proyecto. Es bicha: las cosas las caza al vuelo. Puede que fuera una revelación o una casualidad: estábamos de sobremesa, una noche, y los chicos jugaban cerca de la tele, mientras ella y yo protestábamos por lo caros que resultan los hijos. De ahí derivamos en lo vivos que son algunos padres que, desde bebés, empiezan a cultivar los talentos lucrativos de sus crías. Entonces, decidimos fomentarle a Lauti la pasión por la redonda. A Emma, lo que Laura llama las dotes artísticas: el desfile, el baile, el maquillaje, esas cosas. Cada uno se encargaría de consolidar las habilidades de uno de nuestros hijos. La división de tareas lógica quiso que a ella le tocara la nena y a mí el nene. Recorrimos plazas, canchitas de fútbol 5, potreros de los suburbios y hasta en las playas de Mardel lo obligué a jugar contra unos adolescentes que le llevaban dos o tres cabezas. De las patadas se aprende.

Medio año de entrenamiento me costó ponerlo a punto. Enseñarle a hacer jueguitos, cabecitas, a bajarla de pecho, a conseguir que barriera al rival. No logré que corriera con la cabeza levantada ni que la cruzara con tres dedos. Lo incorporará con la práctica y el esfuerzo. Porque no hay otro modo que el rigor y la disciplina para forjar el carácter de un deportista. Lauti siempre fue medio blandito. También algo cagón porque hasta algunos compañeros de la escuela le pegaban en los recreos. Además, lo único que importa es insistir, persistir, enfocarse en lo que importa y lo que importa es que Lauti sea futbolista.

Se lo tenía que hacer entender a Fabián. Así que fui y busqué otro porrón dejándole tiempo para que reflexione. Pagué, y volví a la mesa dispuesto a resolver sin demoras el asunto. Pero habló él, mientras yo llenaba los vasos.

—Bueno, Zacarías… no va más. Quiero que saques a Lautaro de club porque no voy a tenerlo en cuenta.

Frente a semejante ultimátum, no me quedaba opción. Yo sospechaba que me iba a salir con un martes 13. Como soy precavido, llevaba preparada mi respuesta.

—¿Estás seguro?

—Sí, Zacarías, Lauti no me sirve. No es personal, pero…

Fue ahí, mientras se anudaba en las excusas, que saqué el celular y le mostré la foto que media hora antes me había mandado Laura. Las hijas de Fabián, en mi casa, con Laura en el centro tomándolas maternalmente de los hombritos. Una tiene 6 y la otra 8, lindas chiquitas. También hacen modelaje, canto y comedia musical con mi nena y gracias a esa coincidencia Laura pudo llevarlas. Así que sería una lástima que les pasara algo que las dejara sin carrera, sin futuro, justo cuando están con mi esposa, tan divertidas, jugando a maquillarse y desfilar ropas.

—Pero, Zacarías… ¿qué hacen mis hijas con…?

—¡Quieto! le ordené escondiendo el celular y abortando el intento de Fabián de salir corriendo. No te hagas el loco, ¿eh? Si a las nueve no le aviso a Laura que Lauti sigue en el equipo, te voy a devolver la cagada que me estás haciendo. Duplicada.
Fabián se pasó la mano por el pelo. Le queda poco, y el estrés de ser DT no ayuda. Aunque se trabaje en las ligas infantiles. Porque son bravos los chicos, desobedientes, les falta rigor. Además, están los padres y los padres son capaces de cualquier cosa para darles lo mejor a sus hijos. No por ellos, por uno mismo: como padre todo lo que uno hace es por el pibe.

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