Cultura y Libros
Domingo 16 de Julio de 2017

Enamorarse por contrato

El enamoramiento y la novedad tienen algo en común: la sorpresa.

El enamoramiento y la novedad tienen algo en común: la sorpresa. Cuando dos ex enamorados se encuentran o mejor se desencuentran en medio de la abulia uno de los dos de pronto le dice al otro, quiero que me sorprendas. Jack Kerouac, un poeta norteamericano en el camino de la generación beat, escribía que en los comienzos de un amor se arrojan por la ventana todos los mundos anteriores. Los mismos mundos que poco a poco vuelven a entrar por la misma ventana que los vio salir. La novedosa sorpresa inicial coloreando todas las cosas se va desvaneciendo hasta toparse con el tedio de dos. Enamoramiento y novedad se encienden con el teclado de la reciprocidad: los enamorados se renuevan y las novedades enamoran al punto de no poder advertir los malentendidos que sin embargo se van sembrando a cada paso.

El enamorado se siente otro volviendo a destilar vida y encontrando —curiosamente— un alma gemela. ¿Gemela a cuál de los dos? Aquel que era, o sea el anterior. O el nuevo o la nueva. A esa altura es imposible saberlo pues entre los enamorados no hay Otro. Cuando el Otro y lo Otro aparecen hay ruido a platos rotos como canta Sabina. Frente a semejantes ensaladas del amor, sus enamoramientos y sufrimientos, The New York Times aporta una solución supuestamente novedosa. Se trata de un curioso recurso para las parejas en sus primeros pasos o las parejas ya bastante pasadas. Lo relata y lo propone Mandy Len Catron contando la historia de su amor con Marc en un artículo del 26/06/17 bajo el sugerente título "Un contrato para seguir enamorados". Esto en principio se presenta como una novedad, sin embargo es sabido que los matrimonios civiles y religiosos no dejan de ser un contrato. O lo son explícitamente, con sus efectos agrupados en derechos y obligaciones.

Un contrato implica al mismo tiempo tanto confianza como desconfianza en tanto y en cuanto la palabra por sí sola no basta, de lo contrario no haría falta un documento que la respalde. En la lectura del artículo surge una pregunta inmediata, se trata de una de las tantas tonterías propias de los humanos en definitiva de cualquier tiempo y lugar, o acaso estamos frente a algo que va más allá de la primera impresión. Es decir, es una frivolidad más en este caso del gran país del norte o semejante frivolidad no alcanza para ocultar una cuestión más profunda. A saber, la pareja en cualquiera de sus formatos es precisamente una brutal mezcla de confianza y desconfianza. Se dirá, no es mi caso. Seguramente, pero también es cierto que de una u otra manera, de muy variadas formas, o bien en momentos o épocas distintas de la pareja, de un modo visible o tal vez invisible la danza que bailan la confianza con la desconfianza se trenzan en cualquier historia de amor. Es que bien mirado el amor es una especie de síndrome. Por la ventana de Kerouac arrojamos los síntomas hasta que la amarga verdad entrando por la misma ventana nos vuelve a traer aquello de que al final son todos iguales y todas iguales.

El caso es que en el contrato relatado por Mandy se puede ver una notoria contradicción a partir del mismo título, "Un contrato para seguir enamorados", cuando en el texto la motivación y la razón de Mandy es prevenirse de caer nuevamente en el enamoramiento vivido en su caso en una relación anterior. En aquella experiencia cuenta que vivía para su novio producto de la hipnosis del enamoramiento de la que hablaba Freud. Resultado, un mal día, pero un buen día al fin, hizo un clic donde advirtió que en esa década dichosa se había ¡olvidado de ella!

El artículo explica que el contrato anual revisado por Mandy y Marc se basa en un test de 36 preguntas para explorar afinidades cuya autor es Arthur Aron, psicólogo de la Universidad de Nueva York y doctor de la Universidad de Toronto formado en las aulas y consultorios de la neurociencia. Las famosas 36 preguntas se venden como parte de la "ciencia" del amor y se pueden leer por Google con constataciones y sugerencias. Sin comentarios con respecto a las preguntas (obvias, ridículas y no tan ridículas), lo gracioso es el número, ya que pueden ser 36 como 35 o 37 o 72 o el número que sea. Aunque en realidad lo más ridículo es una posible ciencia del amor. En el final de la renovación actual del contrato (cada uno con su laptop y su cerveza) aparece una sorpresa para Mandy. Inesperadamente Marc teclea: "¿Matrimonio? ¿Qué opinas?". "Me quedé mirando fijamente la cerveza —cuenta Mandy— y pensé «hagámoslo». Pero dudé". Marc definió que la cuestión queda en "curso de conversación"... y seguidamente se fue a correr. Mandy se quedó pensando. Admite su fracaso en el intento de amar moderadamente. Un contrato anual con cláusulas del tipo donde se debe dejar la ropa transpirada (Marc) o los días de cada cual para pasear el perro y muchas cláusulas más finalmente no logra aventar del todo el peligro de enamorarse.

Con todo, semejante contrato, tanto sea para enamorarse como para lo contrario, es decir para asegurarse de no caer en la hipnosis, no debiera sorprender si tenemos en cuenta que entre los humanos hay incontables contratos de todo tipo y forma. El problema es que así como la ley nunca puede referirse o cubrir todos los casos a los que la ley se refiere —razón por la cual toda ley tiene que ser interpretada—, del mismo modo ningún contrato puede prever todos los riesgos potenciales que pueden alterar el pacto entre los contractuales. Mucho menos en el resbaladizo campo del amor, lo cual exigiría extenuantes interpretaciones. No deja de ser curioso que cierta ciencia, la izquierda, la derecha, la religión, los oráculos, los horóscopos y demás manuales humanos se esfuercen en borrar la incertidumbre consustancial a la existencia humana. Sin olvidar que los pastores económicos siempre a la moda promoviendo y prometiendo certidumbres son sin duda más ridículos que Mandy y Marc.

Jorge Besso


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