Cultura y Libros
Domingo 28 de Mayo de 2017

En la librería

Porque el hombre sabe. Y a uno que sabe no sólo se lo reconoce por los autores que elige sino también por la manera en que sostiene el libro.

Hace ya más de un año que viene a la librería. Es un hombre mayor, tendrá unos setenta años. No sé nada de él, ni su nombre ni a qué se dedica; y aunque el saco sport, los anteojos de marco negro, y la agenda y el libro bajo el brazo me hacen suponer que es psicoanalista, bien podría ser cualquier otra cosa: profesor, economista o abogado.

La escena se repite sin variaciones: el hombre se detiene, mira unos segundos la vidriera y entra.

—Buenas —dice con una seriedad de piedra. Jamás una sonrisa en sus labios, ni una sola vez. Y además, hace un tiempo noté que tampoco me mira a los ojos, nunca.

Cuando le contesto y le pregunto cómo le va, me sentencia con un:

—Bien.

Entonces se inclina sobre la vidriera desde el lado de adentro y agarra el libro que le interesa. Lo examina y pregunta:

—¿Cuánto cuesta?

A veces se queja del precio, aunque por lo general se lo termina llevando. Porque el hombre sabe. Y a uno que sabe no sólo se lo reconoce por los autores que elige —Bernhard, Wittgenstein, Kordon, Nabokov, Céline— sino también por la manera en que sostiene el libro. Hay algo en la forma de tomarlo con las dos manos —la derecha abajo, dejando que el libro descanse sobre la palma, y la izquierda arriba, abriendo las hojas con el pulgar y sosteniendo las páginas abiertas entre el índice y el mayor—, algo en la precisión y en la seguridad pero también en la sutileza y hasta en un cierto y certero amor, que lo delata de inmediato.

Así es.

El hombre, siempre con la misma seriedad y sin mirarme a los ojos, repite el mismo proceder. A veces resopla, algo fastidiado, como si lo indignara que yo haya puesto ese libro en la vidriera y él, por alguna razón, al verlo, no pudiera hacer otra cosa más que comprarlo. Me divierte la exageración de imaginarlo desviar el camino para evitar la cuadra, o caminando rápido con la mirada al frente; y las veces en que se deja vencer por la tentación, lo veo llegar a su casa de mal humor para contarle a la mujer:

—Otra vez el pibe de la librería con esa vidriera. Parece mentira. ¡La puta madre!

Durante mucho tiempo me pregunté qué será, qué le pasará por la cabeza, por qué tanta seriedad, tanto fastidio.

Hasta que el otro día pasó algo.

Justo levanté la vista de la computadora y lo vi pasar. Iba con un muchacho que debía tener unos treinta años y que de inmediato supuse que era su hijo. Tenía el pelo algo largo, con rulos, y una remera azul, gastada, con la imagen de una persona que no llegué a reconocer.

El muchacho giró la cabeza hacia la vidriera y se detuvo, el hombre reaccionó dos pasos después. De pronto estaban los dos parados uno al lado del otro con la mirada fija en los libros. En un momento el hijo le señaló Eisejuaz, de Sara Gallardo, y el hombre asintió, satisfecho.

Se comentaron algo que no pude oír y el muchacho entró. Ahí es cuando lo pude ver bien. Tenía una gran dificultad para moverse. Llevaba los brazos encogidos contra el pecho, las muñecas quebradas y las manos como muertas, y arrastraba con dificultad la pierna derecha. La piel pálida y los ojos negros, diminutos, me hicieron pensar en esas fotos de asesinos seriales que aparecen en los noticieros, pero su aspecto no inspiraba terror, sino tristeza.

Se acercó al escritorio y me preguntó con voz gutural cuánto costaba el libro.

El hombre entró justo detrás. Tomó el libro entre los dedos pulgar, índice y mayor y se lo alcanzó a su hijo. Durante todo ese tiempo seguía sin mirarme pero yo sentía que de alguna manera la distancia entre él y yo se atenuaba. Ahora yo sabía algo de su vida, que tal vez él no habría querido que yo supiera. El hombre no parecía incómodo pero tampoco enojado como de costumbre. Llevaba más bien el momento con esa dignidad que admiro profundamente y que considero una de las virtudes del ser humano: aceptar lo inevitable, resistir al remolino de la desesperación.

Avergonzado de mis lamentos cotidianos, traté de ponerme en su lugar. Pensé en su vida, en su destino, en la bronca, en la decepción, en la impotencia, en las veces que debe haber encarado a Dios o a la vida por haber sido tan ingrata. Me acordé de Job, de ese libro hermoso de Joseph Roth. Pero todo esto son palabras, el hombre estaba ahí y yo acá.

Le dije el precio y el muchacho dijo:

—Sí, lo quiero —y miró a su padre.

El hombre metió la mano en su pantalón y sacó los billetes. En ese momento fue cuando me miró por primera vez desde que viene a la librería.

Entonces le di el vuelto y se fueron.

Patricio Rago

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