Cultura y Libros
Domingo 21 de Mayo de 2017

El motel de las miradas indiscretas

Cuando Gay Talese abrió una carta anónima ignoraba que ese iba a ser el principio de su libro más riesgoso, el relato de un encuentro con un hotelero que se convirtió —espionaje de por medio— en un auténtico experto en la vida sexual norteamericana

El dueño del Manor House, un hotel de veintiún habitaciones en las afueras de la ciudad de Denver, era un hombre amable y de aspecto común. Se encargaba personalmente de registrar los datos de los pasajeros y hasta de llevar el equipaje. A veces se tomaba el tiempo para interiorizarse de las circunstancias que los llevaban al lugar, ofrecer información turística, hablar un poco de todo. Pero su curiosidad no se agotaba con la charla en la recepción. Los cuartos nunca estaban cerrados para él, porque había construido un mirador en el entrepiso, para observar la intimidad de los huéspedes. Gerald Foos fue un "voyeur épico", dice Gay Talese, que pasó quince años espiando a los demás y registró sus observaciones en un diario.

La historia de Foos es el tema de El motel del voyeur, el último libro del gran cronista norteamericano, uno de los fundadores del nuevo periodismo. Y también lo que a primera vista parece un paso en falso, por los detalles desconocidos que surgieron a la luz recién después de la primera edición del libro, en EEUU, y por algunas situaciones escabrosas que pusieron en entredicho la ética del periodista.

Foos se dirigió a Talese a través de una carta anónima el 7 de enero de 1980. "Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio", contaba. Por entonces el periodista promocionaba un nuevo libro, La mujer de tu prójimo, escrito a partir de un trabajo de campo en salones de masajes de Nueva York y una comunidad nudista de California.

Quince días después, Talese viajó a Denver y pasó unos días en el hotel. Foos le contó su vida, le mostró el mirador y lo hizo participar en algunas de sus observaciones. "Como periodista —dice— no recuerdo a nadie que me exigiera menos esfuerzo a la hora de arrancarle sus secretos". Pero el voyeur lo esperaba con el texto de un acuerdo de confidencialidad, porque no quería que su identidad se hiciera pública. La condición era inaceptable para un escritor de no ficción "que insiste en utilizar nombres auténticos", y la historia quedó entonces en suspenso.

Sin embargo, ambos mantuvieron la correspondencia. Foos reavivaba periódicamente el interés de Talese con envíos del diario donde había redactado minuciosas observaciones sobre la sexualidad de sus huéspedes. El anzuelo era siempre tentador, pero se planteaban algunos interrogantes: ¿qué papel jugaba el periodista al compartir el secreto de alguien que violaba la confianza de sus clientes e invadía su intimidad? ¿Podía ser una fuente creíble quien había engañado sistemáticamente a los demás? A principios de 2013, finalmente, el mirón le avisó que estaba decidido a darse a conocer.

Un cronista clandestino

En el relato de su historia, Foos asocia el voyeurismo con su descubrimiento de la sexualidad. Era todavía un niño cuando empezó a mirar a una tía mientras se desnudaba antes de dormir. A la vez coleccionaba figuritas deportivas como sustitución de las muñecas que atesoraba su tía, lo que también mantuvo a lo largo de su vida. En la juventud fue un mirón al acecho de parejas desprevenidas hasta que en 1966 compró el hotel y pudo realizar sus sueños: con la ayuda de su esposa, hizo agujeros rectangulares en los techos de una docena de habitaciones y los disimuló como rejillas de ventilación. "Dispondré del mejor laboratorio del mundo para observar a los demás en su estado natural", anotó en una de las primeras entradas de su diario.

Como voyeur, Foos estaba motivado por la expectativa y por el secreto. Ver a los otros lo excitaba (se masturbaba o bien tenía relaciones con su esposa mientras espiaban a dúo a otra pareja) y le daba una sensación de poder. "Mi manera de encontrar la felicidad absoluta era ser capaz de invadir la intimidad de los demás sin que ellos lo supieran", confiesa. Por cada episodio debía enterarse de infinidad de detalles aburridos y rutinarios. A veces la espera resultaba infructuosa o decepcionante, ya que deploraba la "ignorancia sexual" y las inhibiciones. Era el precio del placer.

Lo morboso del asunto podía ocultar otra faceta más interesante. Talese cita el ensayo The Other Victorians, de Steven Marcus, sobre un caballero inglés del siglo XIX que al relatar sus experiencias amorosas en un libro póstumo documentaba costumbres y valores de su época. Esperaba que los diarios de Foos fueran una secuela de ese libro y de hecho los lee también en esa clave: el voyeur como cronista en la clandestinidad e historiador social.

Foos se atribuía méritos como un estudioso del comportamiento humano secreto. No se contemplaba como un mirón sino como un investigador pionero cuyos esfuerzos eran comparables a los de los sexólogos del Instituto Kinsey o del Instituto Masters & Johnson y cuyos descubrimientos los superaban en realismo, ya que los sujetos nunca supieron que eran observados. Fue su carta de presentación con Talese: "Sexualmente hablando, durante estos últimos quince años he presenciado, observado y estudiado de primera mano el mejor sexo entre parejas, espontáneo, no de laboratorio, y casi todas las demás desviaciones concebibles".

En sus registros anotaba con el tono de un terapeuta o de un consejero matrimonial los datos de las parejas y relataba sus actos, para luego redactar una conclusión donde analizaba el comportamiento sexual y hacía conjeturas sobre el posible desarrollo de la relación. Analizó cuestiones como la masturbación femenina y el tratamiento de la impotencia masculina y clasificó a los hombres según cómo se sentaban en el inodoro o decidieran tener las luces del cuarto. También llevó estadísticas sobre las posiciones y técnicas preferidas, contabilizó los orgasmos que presenciaba cada año y registró tendencias, como el aumento del sexo oral en las parejas heterosexuales en correspondencia con el estreno de la película Garganta profunda (1972) y la progresiva desinhibición de las parejas interraciales, "cosa que el Voyeur consideró uno de los muchos ejemplos en que su pequeño hotel reflejaba las cambiantes tendencias sociales", dice Talese.

Tolerante de todas las prácticas sexuales y partidario de los métodos anticonceptivos (aunque era católico romano practicante), Foos consideraba que "las únicas parejas que parecen disfrutar de darse placer en la cama, y que poseen la paciencia y el deseo de provocarse orgasmos unas a otras, son las lesbianas". Debido a la proximidad de un hospital militar, tuvo entre sus clientes a veteranos de Vietnam y desarrolló una conciencia crítica de la guerra y destacó lo doloroso que les resultaba a los soldados tullidos tener relaciones sexuales.

Pero las pretensiones científicas eran más bien síntomas graves de narcisismo, y una sublimación del voyeurismo. El secreto era la coartada de Foos: "Si nadie se queja, no hay invasión de intimidad", argumentaba. También decía que el voyeurismo era "el estado natural del ser", una propensión reprimida en los hombres, y que la sociedad podía mejorar si se observaba a sí misma. El diario registra también la escisión de su personalidad entre Gerald, el simpático propietario del motel, y el Voyeur, un personaje que solo existía para él y para su esposa, y que se solazaba en el anonimato.

Con los ojos abiertos

En una ocasión, dice Talese, el mirón "vio más de lo que deseaba". Fue según sus anotaciones el 10 de noviembre de 1977, cuando un traficante estranguló a su novia. Cada vez que detectaba que un pasajero guardaba droga, Foos ingresaba subrepticiamente en las habitaciones y la tiraba por el inodoro. En general no pasaba nada, pero aquella vez el traficante culpó a la mujer de haberle robado y la golpeó hasta causarle la muerte.

Foos asegura que vio moverse a la mujer. Lo único que hizo fue volver a la recepción del hotel como si nada hubiera pasado, hasta que a la mañana siguiente la mucama le avisó que había un cadáver en la habitación. Si hubiera intervenido a tiempo la policía habría descubierto el desván. Es decir que prefirió mantener el secreto de su "laboratorio" antes que ayudar a la mujer. También fue testigo de violaciones, robos, incesto, abuso de menores y agresiones. Ante las preguntas de Talese, respondió que él era un simple observador y no un reportero y que no existía para la pareja, y de paso le recordó el acuerdo de confidencialidad.

Foos pareció encubrir además la verdadera fecha en que ocurrió el suceso, ya que las investigaciones de Talese en los archivos policiales no hallaron ningún registro al respecto. Cuando el libro estaba en prensa, el Washington Post reveló que había ocultado otro dato importante: poco después del primer encuentro con el periodista vendió el hotel, y durante cinco años no tuvo acceso a las habitaciones.

Talese, escribe Enric González en una crítica del diario El Mundo representativa de cierto consenso, se limita a narrar el crimen con las palabras del diario del mirón, y si la veracidad del crimen no puede ser acreditada la sospecha impregna al conjunto de la historia; se dejó seducir por el personaje y cometió una falta grave al guardar silencio sobre el asesinato.

No es la primera vez que Talese se convierte en motivo de polémica. Para La mujer de tu prójimo, una indagación "acerca de la percepción que se tiene en la sociedad de lo que es obsceno, pornográfico o pecaminoso", se empleó como encargado en salones de masajes y después pasó una temporada en una colonia nudista donde se practicaba el sexo libre. "Cuando por fin publiqué el libro, no solo había puesto en peligro mi matrimonio, sino que mi reputación cayó por los suelos", recordó. Los métodos de investigación y las motivaciones de Foos le hicieron acordar a los propios en aquel libro, y a su definición de los periodistas como "incansables voyeurs que ven los defectos del mundo, las imperfecciones de la gente y los lugares", aunque con el consentimiento de esas personas, a diferencia de los mirones.

Talese dice que le hubiera sido difícil creer en la historia de no haber visto el mirador. También detectó incoherencias y contradicciones en el diario. "No me cabe la menor duda de que Foos fue un voyeur épico, pero a veces era un narrador inexacto y poco creíble. No puedo responder de todos los detalles que incluye en su manuscrito". Fue un amigo por correspondencia, un confesor a quien Foos le contaba los problemas que tenía con sus hijos, alguien que supo guardar un secreto, y un cronista que se queda pensando si su comportamiento fue legal.

Foos quiso darse a conocer porque quería ser reconocido. En sus anotaciones es frecuente la mención a la carga que supone llevar a solas los "descubrimientos" que ha realizado. Por momentos pontifica: "La única manera que tiene nuestra sociedad de alcanzar una estabilidad sexual y una salud mental adecuada consiste en saber la verdad de lo que hace la gente en la intimidad de sus dormitorios", afirma. Pero la ficción que alcanza al relato de Talese no proviene de las inexactitudes o la falta de pruebas de determinados hechos sino del mundo privado de Foos, ese lugar donde se convierte en el Voyeur y donde puede ver todo. Algo que permaneció oculto y al revelarse no desmerece la crónica sino que, por el contrario, le agrega su componente más perturbador.


Investigaciones bizarras

El diario de Gerald Foos da cuenta de que no era un mirón pasivo y de que intervenía sobre sus huéspedes con ocurrencias bizarras. A veces creía que podía comunicarse telepáticamente con las personas que espiaba e inducirlas a ciertos actos. En una ocasión insultó desde su escondite a un pasajero que consumía comida chatarra y se limpiaba con las sábanas, por lo que estuvo a punto de ser descubierto. En otra, cuando la pareja a la que miraba se tapó con las frazadas y apagó las luces salió del hotel y estacionó su auto con los faros encendidos frente a la habitación para volver al desván y observarlos. Si los huéspedes que le interesaban vivían en Denver los seguía hasta sus casas y hacía averiguaciones en el vecindario. También colocó consoladores y revistas pornos en las mesas de luz e implementó lo que llamaba prueba de honestidad, que consistía en dejar mil dólares en una maleta cerrada con candado. Pese a todo pudo verse como una especie de conciencia moral: "La sociedad nos ha enseñado a robar, mentir y engañar, y la artimaña es el ingrediente primordial que constituye al hombre (...) La gente es básicamente deshonesta y sucia", escribió.


Un aire de ficción

"Me gustan las frases largas, melodiosas, complejas, como las que escribían Scott Fitzgerald o John Fowles. Mi modelo son los maestros de la frase larga. Creo que es legítimo escribir reportajes con las armas del contador de historias. Yo aspiro a ser un buen contador de historias, pero no me aparto de los hechos y sólo utilizo nombres reales. Hay grandes novelistas que han sido magníficos reporteros, como Graham Greene, John O'Hara o Hemingway. Yo escribo reportajes, y un reportaje no es ficción. Hay que poner cuidado en no imaginar nada. Que imagine el novelista. El escritor de no ficción tiene que trabajar el interior del personaje, su entorno. Todo eso le da a la crónica un aire de ficción, pero hay matices. En un buen reportaje los hechos se han de subordinar al personaje, no al revés" (Talese en charla con El País, de Madrid).

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