Cultura y Libros
Domingo 06 de Agosto de 2017

El héroe, de proletario a emprendedor

Paula Sibilia estudia las relaciones entre cuerpos, subjetividades y tecnologías. Esboza un perfil del sujeto contemporáneo moldeado tras la ilusión del sueño de libertad que ofrecen las redes sociales

"Yo escribí en una máquina mecánica, investigué en bibliotecas", dice Paula Sibilia casi asombrada de sí misma. Ensayista e investigadora, se dedica a estudiar temas culturales contemporáneos, en particular las relaciones entre cuerpos, subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Dice que las redes sociales hoy ofrecen un sueño de libertad que es paradojal porque en el mismo momento que se siente que se puede todo también se sufre porque no hay tiempo para disfrutar de ese todo. "La insatisfacción es permanente", agrega.

Invitada por la Facultad Libre para dictar el seminario "Megusteame. Cuerpo, tecnologías digitales y subjetividades" compartió un diálogo con periodistas sobre los temas que investiga. Aquí algunos fragmentos.
Qué sabe usted de mí
La información sobre los usuarios de las redes no se usa sólo para programar publicidad, sino también para crear hábitos, eso es lo más temible. Son perfiles performativos. Lo curioso es que "ellos", entre comillas porque no son una persona, son algoritmos que manejan enormes cantidades de datos, saben sobre mí más de lo que yo sé. El inconsciente no es nada al lado de esto, porque el inconsciente por lo menos estaba adentro de uno. El algoritmo sabe lo que me puede gustar más que yo misma. Pero en realidad está mal dicho así. El algoritmo no sabe más que yo, el algoritmo está inventando, el algoritmo me está inventando. Está inventando mi gusto. O sea, cómo es aquello que podría llegar a gustarme pero perfectamente yo podría vivir toda mi vida sin saber que eso existe, y sin embargo me crea el gusto.

De proletario a emprendedor
En el mundo moderno se habla de la figura del trabajador, del proletario o el empleado. Un trabajador es alguien que antes que nada cumple un horario y obedece al patrón o el jefe, como al profesor o al padre. En ese paradigma moderno la figura del empleado, del proletario, es un héroe moderno. Desplazándolo en lo contemporáneo, el emprendedor aparece como el héroe de la época. El emprendedor como empresario. Son los que inventan Whatsapp o Facebook, figuras del éxito. También está el emprendedor como empresario de sí mismo, el jugador de fútbol, la modelo, la cantante o las chicas o chicos que saben venderse o que saben vender cualquier cosa, tampoco importa mucho qué se vende, lo importante es que venden, no que hicieron algo interesante o bueno para el mundo. Y otra categoría del emprendedor puede ser el que logra seducir a un auditorio, los influencer. Los emprendedores son figuras que surgen como un desplazamiento del héroe moderno.

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De la Bastilla a la selfie
Hay una hipótesis que sostiene que estarían transformándose ciertas creencias, valores y modos de vida del siglo XIX y XX, hacia otras forma de vivir que llamaríamos contemporánea para nombrarlo lo más neutro posible. Sería algo que está sucediendo ahora que tiene una lógica, una dinámica distinta a la lógica moderna, es una transformación muy compleja. Los lineamientos serían un desplazamiento de un tipo de figura, de un tipo de cuerpo, subjetividad que se producía en la escuela, en la fábrica, en la familia, todas instituciones modernas, burguesas. Ahora el desplazamiento es hacia una dinámica que está articulada más en función del mercado que del Estado. Y esa dinámica del mercado supone una horizontalidad, un control de todos por todos, como se ve en las redes sociales.
La horizontalidad es típica del consumidor que reclama derechos porque está pagando y tiene el poder de decisión en la dinámica del mercado, supuestamente, así como en la dinámica estatal la cuestión pasa por la centralidad, los deberes, donde el valor está en el ciudadano y en la capacidad de respetar las reglas, la ley, el uso del tiempo y el espacio, lo que está escrito. En la contemporaneidad este modelo de la centralidad, de la autoridad va perdiendo fuerza, está siendo cuestionado. El ídolo es el emprendedor, el que por propia cuenta y riesgo logra ganarle al otro, en vez del sueño de la fraternidad, la libertad y la igualdad. Todo ese edificio de la centralidad se está desmantelando, hay una crisis en todas esa instituciones, mientras se superpone la lógica de las redes. La centralidad supone paredes, paredes que separan el espacio del adentro y el afuera.
Esta lógica sigue presente pero en crisis, y la lógica de las redes, ligada al mercado, va como empujando a la otra y ayudando a desmantelarla, se desprestigia. Pero la lógica empresarial no está solamente en la empresa. Está también en las formas de administrarse uno mismo, costo-beneficio, o riesgo, lo que me conviene hacer, cómo administrar mi tiempo y mis contactos. En las redes sociales esto aparece con una forma bastante caricaturesca, a través de la cantidad de likes, visualizaciones, o la cuantificación de las veces que se compartió un posteo. La lógica de las redes cuantifica el valor de cada uno.


Matrix vs desarrollo histórico
La aparición de internet no es "la causa" de este cambio. Es una tecnología que como todas las tecnologías es fruto de la historia y se inventó o fue posible de ser pensada porque ya había cambiado la lógica de funcionamiento del mundo y habilitaba esas posibilidades, había demanda por eso. Pero es muy complejo describir este proceso, porque tampoco es que la causa fue la demanda. Es toda una serie de transformaciones socioculturales, políticas y del orden de los valores. Tampoco elegiría un hecho histórico, como hito del cambio de época. Es posible identificar líneas de transformaciones y algunas se ven como sintomáticas porque nos muestran valores radicalmente distintos de los que estaban en vigencia. Poniendo el foco en esos valores salta a la vista cómo se ha transformado nuestra cotidianeidad. Un ejemplo es el diario íntimo, las cartas o las novelas decimonónicas y el whatsapp, las redes sociales y ver ahora cómo dan cuenta de un sujeto, de una forma de vivir muy diferente de la que era propiciada por aquellas herramientas.


Todos jugamos al yo-yo
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Hoy hay un énfasis en el individuo, no es que no tuviera vigencia en la era moderna, pero había una serie de valores que cohibían la expresión de la individualidad, como por ejemplo valores transcendentes que se suponía estaban por arriba de lo que uno podía querer en su vida: la patria, la familia, el trabajo; incluso, Dios. Después del 70 fue abriéndose un espacio donde se fue privilegiando el Yo, un yo en el centro de la escena, yo puedo, yo quiero. Y si yo puedo y quiero, el mundo debería dejarme. El narcisismo es una categoría psicoanalítica aunque también se vulgarizó su uso. Yo no soy psicoanalista, pero si tendemos a pensar en esta vulgarización vemos que el narcisista es alguien que está muy orgulloso de sí mismo y que le encanta mostrarse y que lo aplaudan. Pero esa subjetividad narcisista es muy frágil, necesita que el otro lo aplauda, depende de la mirada del otro.
En lo contemporáneo hay un desplazamiento del eje en torno al cual se construye lo que somos, no es más en la interioridad secreta, oculta, en cuya genealogía se incluye el psiquismo, sino que es la mirada del otro la que define quiénes somos. Nos hemos vuelto una sociedad narcisista porque necesita la mirada del otro. La subjetividad moderna, que es monstruosa, porque está hiperinflada, tenía ese eje adentro, la esencia es invisible a los ojos. En cambio, esta subjetividad más de red, creada en la dinámica del mercado, horizontalizada y que requiere de la aprobación del otro, es a la inversa y supone una fragilidad enorme.
De ahí que las redes aparecen como vitrinas, donde elegimos qué mostrar. Hay como una curaduría de uno mismo. Y a veces algo se nos escapa, porque no es solamente uno el que muestra; otros muestran y nos involucran o se muestran las entrelíneas. El otro puede ver lo que uno no quiere mostrar y aparece el riesgo del bullying, cuando alguien valioso pasa a ser nadie, deja de existir. Ahora bien, ese desplazamiento del adentro hacia afuera no es necesariamente una decadencia, porque esa interioridad moderna era también muy despótica, habitada por la culpa y otros mecanismos complicados. Entonces, el hecho de que nos construyamos en contacto con los otros no es algo despreciable, es incluso una conquista. El problema es que eso es capturado por el mercado y la lógica del espectáculo.
Sueños de libertad
Esta bueno aclarar que la red no es un espacio de libertad, hay un sueño de libertad, en contraposición a la opresión de las paredes porque la red te permite salir de la pared sin romper el cerrojo. Desactiva la pared. Te da una especie de proyección sin límites; las 24 horas del día tenés acceso al wifi con todo lo que eso implica. En ese sentido hay una promesa de horizontes sin límites, de tener acceso a todo, a todas las películas, las canciones, a todas las personas. Potencialmente está todo. La sensación es que uno podría hacer todo, lo que pasa es que no tenemos tiempo. Por eso también la tecnología nos vende esa ilusión, para administrar mejor nuestro tiempo.
Yo creo que Deleuze explica esto muy bien en Posdata sobre las sociedades de control, el sujeto de la sociedad industrial, de las paredes, de la sociedad disciplinaria, de la escuela, de la fábrica, es un sujeto confinado, y eso es lo que motiva la opresión, uno se siente enjaulado porque esa jaula es eficaz, no te dejan salir. Entonces aparece el sueño de salir, ir al bar, a la calle, a las comunidades hippies. Ahora las paredes nuestras están desactivadas, no tienen la eficacia que tenían antes, hay permisos legales, el divorcio, por ejemplo. Entonces esa cuestión de escapar no es tanto nuestro problema hoy, no digo que esté resuelto.
Sin embargo, la red con todo su horizonte abierto se transformó paradójicamente en un tipo de opresión. Deleuze habló del sujeto de la sociedad de control como el hombre endeudado y creo que lo decía en forma casi literal. En la sociedad moderna era pobre el que tenía deudas. Ahora es pobre el que no tiene acceso al crédito, las tarjetas de crédito son deuda, nos amarran. En eso se ve el sueño de libertad publicitario. Tenerlo todo y perderlo todo al mismo tiempo, todo lo que no vemos, no leemos. Estamos siempre como en falta, la insatisfacción permanente. Escaparse de la pared es más fácil que escaparse de la red. Ahora estamos amarrados a la lógica de la red, y es la lógica de la red la que nos provoca sufrimiento más que la lógica de la pared.


Bio
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Paula Sibilia es ensayista e investigadora. Es argentina pero vive en Rio de Janeiro y se dedica al estudio de temas culturales contemporáneos bajo la perspectiva genealógica, contemplando particularmente las relaciones entre cuerpos, subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Cursó las licenciaturas en Comunicación y en Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En Brasil, hizo una maestría en Comunicación (UFF), un doctorado en Salud Colectiva (IMS-UERJ) y otro en Comunicación y Cultura (ECO-UFRJ). Desde 2006 es profesora del Departamento de Estudios Culturales y Medios, así como del Programa de Posgrado en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense (UFF). Su trabajo cuenta con el apoyo de las agencias CNPq (Bolsa de Produtividade em Pesquisa) y Faperj (Programa Jovem Cientista do Nosso Estado). En 2012 realizó un posdoctorado en la Université Paris VIII, de Francia.
Publicó, entre otros libros, ¿Redes o paredes? La escuela en tiempos de dispersión, La intimidad como espectáculo y El hombre postorgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales.

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