Cultura y Libros
Domingo 30 de Abril de 2017

El eterno fulgor del discurso amoroso

Paralelo entre un genial relato breve del autor ruso y un clásico contemporáneo escrito por Roland Barthes. Una confesión de amor que se confunde con el viento.

El relato —menos de siete páginas, aunque no por eso cometería el sacrilegio de llamarlo "cuentito"—, es de una belleza arrebatadora, de una tierna crueldad, que se me antoja leve como una veladura de Leonardo, y de una amargura infinita.

No conozco su título en ruso, pero se lo ha traducido casi siempre como Una bromita, y el diminutivo me despierta un sentimiento ambiguo: si por un lado siento que ese "pequeño título" desacredita la densidad del tema, por el otro creo percibir en él como un guiño, y un sabio recurso tendiente a desdramatizar "juguetonamente" la cuestión (después de todo, la ruleta rusa también es un juego, y ruso).

Una bromita transcurre en invierno. Comienza cuando el joven protagonista se halla junto a Nadeñka Petrovna —menuda, con bucles, y ataviada con manguito y capucha—, en la cumbre de una colina. El pasatiempo invernal consiste en precipitarse en trineo desde esa altura hasta alcanzar el llano, pero a Nadeñka Petrovna afrontar la pequeña aventura de esa vertiginosa caída la aterroriza.

El joven logra vencer su resistencia ("advierto por su cara que lo hace arriesgando su vida"), y cuando la velocidad del trineo alcanza su mayor intensidad ("la presión del viento torna difícil la respiración. Parece que el mismo diablo nos estrecha entre sus garras y, aullando, nos arrastra al infierno"), musita, entre dientes, "—¡La amo, Nadia!".

Nadeñka no tiene certeza de que la frase haya sido pronunciada —¿no será todo producto de su imaginación?—, pero esa misma perplejidad y el desafío de aclarar el misterio la llevan a repetir la experiencia muchas veces más, y siempre con el mismo resultado incierto: ¿quién le declara su amor, cuando el trineo vuela por la ladera, empinada y cubierta de nieve, su acompañante o el viento?

(La situación que vive el personaje ha sido brillantemente resumida por Antón Chéjov, en un comentario cruel: "En poco tiempo, Nadeñka se habitúa a esta frase, como uno se habitúa al vino o a la morfina").

El invierno llega a su término; con el retorno de la primavera la nieve se extingue, lo que determina que la posibilidad de continuar el juego se extinga también.

Por fin el protagonista —vecino de Nadeñka— cierto día la observa a través de una empalizada, y al contemplar "su pálido y sombrío rostro", aprovecha una ráfaga de viento rezagada para murmurar por última vez "—¡La amo, Nadia!", con lo cual la joven se transfigura nuevamente, "alegre, feliz, tan bella". A renglón seguido, él hará sus maletas para marcharse a San Petersburgo, "quizá para siempre".

Transcurrido bastante tiempo, el mismo relator nos informa que Nadeñka, pese a haberse casado con un funcionario al que ya le ha dado tres hijos, conserva su vaga declaración de amor como el recuerdo más bello de su vida, en tanto que él, ahora con más edad, no comprende "por qué hacía aquella broma...".

Todo hecho de amor "nace, crece, hace sufrir, pasa", "exactamente como una enfermedad hipocrática", dice Roland Barthes en la nota introductoria de su libro Fragmentos de un discurso amoroso.

Pero como dicho libro —que, se especifica, no fue dedicado al amor sino a sus palabras—, está planteado en la forma de un vocabulario ordenado alfabéticamente, no pude resistirme a la tentación de jugar (¿acaso el protagonista del cuento, no juega como un niño con los sentimientos de la pobre Nadeñka Petrovna?) a conectar algunos aspectos de la narración de Chéjov, con los ítems en que se presenta fraccionado el texto del semiólogo Barthes.

Me alentó el hecho de que el autor se muestre en extremo hospitalario, al apuntar que su tratado "idealmente, sería una cooperativa", y al aclarar, también, que a sus "figuras" (así se llaman los diversos apartados que lo constituyen: Abismarse, Abrazo, Adorable, Afirmación, Alteración, Angustia, etcétera), cada uno puede llenarlas "según convenga a su propia historia".

Si elijo la figura de La espera, por ejemplo, (en relación con la anhelante espera de Nadeñka, para tratar de dilucidar el enigma), Barthes proclama, sagazmente, que "la identidad fatal del enamorado no es otra más que esta: yo soy el que espera", a lo que agrega más adelante: "(Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, «pasatiempo milenario de la humanidad»)".

En Abrazo ("la acomodo en el trineo, pálida y temblorosa; la rodeo con un brazo y nos precipitamos al abismo"), la reflexión es que "fuera del acoplamiento... hay ese otro abrazo que es un enlazamiento inmóvil... es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito, es el retorno de la madre («en la calma tierna de tus brazos», dice una poesía musicalizada por Duparc)".

Sin embargo, donde el ejercicio semiológico pareciera constituirse en un aporte asombrosamente revelador es en la figura "Fading", palabra inglesa que proviene del psicoanálisis y que podría traducirse como desvanecimiento, decoloración, flojedad o evanescencia.

"¡La amo, Nadia!", esa turbia pero decisiva declaración de amor, cuyo origen en el cuento es imposible de rastrear ¡porque se mimetiza con el viento!, se aparta de toda verbalización usual de un sentimiento amoroso, por estar impregnada de lo que yo llamaría "un espíritu lúdico inexorable", en el sentido literal de que no se deja doblegar por súplicas (¿la enajenada firmeza de la ruleta rusa, tal vez?).

Y a pesar de esta singularidad, las palabras de Barthes parecen calzarle como anillo al dedo: "El fading del otro está contenido en su voz... a la voz del ser amado no la conozco nunca sino muerta, rememorada, recortada en el interior de mi cabeza, mucho más allá del oído; voz tenue y sin embargo monumental, puesto que es de esos objetos que no tienen existencia más que una vez desaparecidos. (Voz adormilada, voz deshabitada, voz de la constatación, del hecho lejano, de la fatalidad blanca)... voz extenuada, rarificada, exangüe, podría decirse, voz del fin del mundo, que va a sumergirse muy lejos en aguas frías...".

Fascinante entrecruzamiento de dos textos separados en el tiempo, ya que el cuento de Chéjov dataría de 1886 y el libro de Barthes fue publicado recién en 1977, pero que tienen en común el querer apresar las luces y las sombras que tejen el tapiz (cursi, muy cursi, pero eternamente vigente) de todo discurso amoroso.

Comentarios