Cultura y Libros
Domingo 09 de Julio de 2017

Cuentos que se abren como un precipicio

Con Par de seis, Federico Ferroggiaro despliega una vez más su capacidad de cuentista con historias que se deslizan al territorio donde todo puede llegar a suceder

¿Qué vemos si miramos más allá de lo que se ve? Ese, muchas veces, pareciera ser el primer recurso —nunca el único— que despliega con imaginación Federico Ferroggiaro (Rosario, 1976) para abordar los diferentes universos ficcionales, a veces convergentes, que conforman su obra. Par de seis, su cuarto libro de cuentos y su regreso al género después de la nouvelle Tetris (UNR, 2016), no se aleja de esa premisa. Con solvencia y gran pulso narrativo, y apoyado en la potencia hipnótica de su prosa puesta al servicio de las historias, Ferroggiaro juega sus cartas en la construcción de argumentos sólidos, con personajes bien delineados y tramas que avanzan sin pausa, en doce cuentos anclados en la tradición del género.

Dividido con afán matemático en dos partes iguales que buscan cierta unidad temática o de estilo, el libro sin embargo resulta coherente y armonioso aun en la heterogeneidad propia del agrupamiento de relatos y el azar que proponen estos recorridos con múltiples registros. El conflicto de consecuencias impredecibles, los clímax potentes y una voz propia claramente definida —no exenta de cinismo y una dosis de humor bien dosificado— son marcas de identidad que emparentan a los textos más allá de sus diferencias. Tanto desde el realismo como desde lo fantástico, los cuentos de Ferroggiaro indagan ese momento en que lo reconocible, lo cotidiano, se desliza hacia un territorio incierto en el que todo puede suceder.

En Lo sólido desvanecido, la primera serie de seis cuentos que conforman el par que sirve de título al libro, se dan cita relatos que se adentran en los terrenos inestables de los vínculos sociales y sus precarios equilibrios, con personajes que se confrontan desde el encuentro con otro y caen en la vertiginosa espiral dramática de un cuento que los llevará, a ellos y al lector, a un desenlace implacable. Una inesperada y sensual desconocida que baja a abrir la puerta en un reencuentro de viejos amigos; una persecución interminable que se dispara después de una mala maniobra vial; una invitación a las arenas brutales que sirven de entretenimiento en casa del señor feudal en una distopía cruel —de inevitable, y necesaria, lectura política y social—; una travesura adolescente que aparenta un crimen y un jurado de un concurso literario que descubre un cuento idéntico a uno que él mismo escribió alguna vez son algunas de las situaciones disparadoras de estos seis primeros relatos. De esta serie se destacan especialmente Oswald y El cuento duplicado. Las muestras más cabales, acaso, de la potencia y versatilidad de Ferroggiaro: si el primero consigue atrapar al lector como en una telaraña con la minuciosidad de una ambientación precisa y una tensión que se sostiene hasta el último aliento en el registro denso de un realismo sin fisuras, el segundo es un artefacto borgeano de perfecta estructura y resolución, donde no faltan la metaficción, la mise en abyme y los guiños autorreferenciales.

La segunda parte del libro lleva por título Fragmentos de un discurso amoroso; sentido que no se agota en las relaciones amorosas convencionales. Lo que sobrevuela cada texto puede asumir diferentes formas y consecuencias o ser, apenas, la capa y la superficie de una historia que no es la que se cuenta, como si detrás de todo no hubiera más que distintas y múltiples aproximaciones al amor y sus restos. La obsesión amorosa que toma forma en Te llevo adentro; las consecuencias que tiene un ménage à trois onírico; las huellas que persisten de otras vidas son algunos de los recorridos hacia los que se avanza, de lectura en lectura, arrastrados por el pulso certero de Ferroggiaro. En Atardece en el campo y Bebelplatz —una ácida mirada sobre las relaciones entre escritores y críticos "guardianes del canon" en ciudades de provincia que se nos parecen— se encuentran, acaso, los momentos más destacados de esta segunda serie.

Como en El cuento duplicado, Bebelplatz cierra la sección con un texto en el que la mirada se posa sobre el que escribe y su quehacer y se intuyen algunos rasgos o huellas autobiográficas distantes, algo que reluce de pronto en mitad de un texto. Una especie de falso pacto autobiográfico que ya estaba presente también en libros anteriores como La niña de mis ojos. Pero si entonces se hacía personaje para contarse, ahora el yo es un otro contundente. Y cuando se lo espera, cuando parece atrapado, lo que aparece es su literatura.

Ferroggiaro consiguió un libro de múltiples registros que sin embargo funciona y se sostiene como un todo desde una concepción medular: siempre hay una cornisa después de la cual un cuento se abre como un precipicio. Y nos tienta a asomarnos, con inquietud pero sin remedio, a los abismos donde todo puede pasar.

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