Cultura y Libros
Domingo 30 de Julio de 2017

Cuando el milagro se muestra entero

Laetitia se llama el libro objeto con textos de Laura Haimovichi y pinturas de Julio Lavallén, que dispara la reflexión sobre los cuerpos y cómo contemplamos la siempre conflictiva desnudez.

El pintor Julio Lavallén y la escritora Laura Haimovichi casi no se conocían en el otoño de 2011 cuando, como ocurre con los niños que se invitan a jugar a sus casas, él la invitó a ella a jugar (¿por qué no?) a su taller de San Cristóbal. Lavallén convocó también a su modelo de entonces, Laetitia Machalski, y Haimovichi hizo lo mismo con el fotógrafo Hugo Battistessa y el cineasta Aníbal Bosco. Los cinco sabían que pasarían juntos largas horas de trabajo. Por eso, además de llevar herramientas de registro —cámaras, luces, anotadores, bolígrafos, pinceles— no se olvidaron de algunas cosas ricas para comer y beber, y buen jazz para que sonara de fondo.
Ese día, en el atelier de Lavallén tres hombres y una mujer pintaron, escribieron, fotografiaron, filmaron la escena desnuda que interpretó la otra mujer. Cada uno de los artistas se sumergió en la experiencia de narrar la crónica de un desnudo desde un lenguaje artístico propio pero poniéndolo en diálogo con el de los demás. Seis años después, parte de esa producción le dio carnadura a Laetitia, un libro objeto que puede ser leído y mirado al mismo tiempo y con igual gusto. El material invita a repensar el simple acto de posar para una obra y a reflexionar acerca de los cuerpos y de cómo miramos la desnudez. Un cuerpo desnudo, el de la modelo, pero otros cuatro orbitando a su alrededor para desgranar y revelar los sentidos posibles.
"Nos entregamos a la tarea desconociendo cuál sería el resultado y el trayecto, pero conscientes de que lo que iba a ocurrir iba a ser más rico que la suma de las partes. Como dijo el poeta César Bandin Ron del trabajo: «Expandimos los límites del instante», cuenta Haimovichi, autora de los textos de Laetitia.
Laetitia Machalski, que además de modelo es bailarina, fue la que puso, literalmente, el cuerpo. En torno a ella y su desprejuiciada desnudez giraría este singular proyecto de creación múltiple. Según cuenta el libro, antes de llegar al taller el día acordado para concretar la obra, Laetitia se sentía un poco nerviosa o más bien movilizada por la tarea. Es que esta vez no sólo iba a ser observada por el pintor, como en otras oportunidades. También lo harían otros artistas con el objetivo de captar, de distintos modos, su cuerpo.
"No sé si era por lo novedoso de la situación, por enfrentarme con otras miradas o por el hecho de modelar para Julio, ya que me pedía a mí misma mayor exigencia", cuenta Laetitia en uno de los textos del libro.
Fueron en total siete horas de grabación, cientos de lienzos pintados, otras tantas fotos y varios cuadernos con el registro minucioso de la sesión. Aunque a los cuatro los guiaba la idea de capturar todo para después elegir con qué iban a quedarse, desde el comienzo no les fue tan sencillo llegar al corazón del vínculo entre pintor y modelo. "Ellos habitaban un templo simbólico, se convirtieron en los protagonistas de la escena y los demás conformamos una especie de periferia. Por momentos parecían alojarse en una trinchera, en otro armaron con telas un refugio que expulsaba a los curiosos pero fuimos respetuosos desde esas márgenes, no forzamos nada, trabajamos con esos límites", cuenta Haimovichi.
La escritura de Haimovichi se nutre de los géneros que componen su rica y variada experiencia de trabajo: el periodismo, la poesía, la novela, el cuento infantil. "Me gusta pensar los textos como collages, reapropiaciones de materiales de varias vertientes que conforman una crónica, la crónica de un desnudo. Son los formatos que conozco y siento a la mano, disponibles para el texto, una especie de bordado que se trama sobre una urdimbre con hebras de distintas tonalidades. No hubo una decisión acerca del tipo de escritura previa, sino que el proceso mismo me fue llevando", explica la escritora.
Es así que el libro no sólo es mestizo en esto de cruzar la escritura con el arte plástico, también lo es al navegar entre distintas texturas y tonos que van de lo periodístico a lo poético pasando por reflexiones acerca de la desnudez, la mirada y el cuerpo que se alimentan de otras lecturas, muchas de ellas citadas a lo largo de las páginas, como John Berger, Roland Barthes, Fernando Noy, Jorge Luis Borges. "Existe el cuerpo o la verdad sin vestido. En el juego de la interioridad y con el ánimo de provocar un estallido practicamos los cinco lenguajes", escribe Haimovichi en las primeras páginas.
Si bien el desnudo es algo que está aceptado en el arte relacionado con los ideales de belleza de cada época o cultura, ¿cómo abarcarlo desde la narrativa y más aún, como contarlo más allá de la mera pose artística? ¿Cómo decir el cuerpo ajeno? Es aquí que Haimovichi confiesa que "necesité incorporar la palabra, el decir de la modelo-bailarina para que no quedara cristalizada como un objeto. Laetitia es un sujeto, una sujeta para ser precisa".
Y aunque más tarde se preguntó si acaso no hubiera sido más justo que también un cuerpo masculino estuviera en el centro o que todos hubieran estado sin ropa, la respuesta a esa incógnita le trajo el recuerdo del arduo trabajo de Laetitia en la propia escena. "En la sesión ella nos regaló diferentes formas coreográficas y movimientos, con cambios de velocidad y pausas eventuales para el descanso. Fue esa dinámica lo atrapante, no tanto el cuerpo en sí, la estructura y su carne", sostiene y agrega: "La belleza y luminosidad del cuerpo desnudo también iluminó y produjo sombras en los demás. La mirada nunca es neutral, tiene la historicidad subjetiva y de su tiempo, con sus deseos, temores y prejuicios".
A contrapelo de la mirada pornógrafa, no es la fragmentación o la repetición mecánica del desnudo lo que se impone en las imágenes de esta crónica. La modelo y bailarina llamada Laetitia —que en latín significa alegría y gozo— reunió un círculo amoroso alrededor de su cuerpo. En igual sentido el libro objeto que lleva su nombre invita a desplegar, leer y mirar a través de ese goce. "Lo que sí se impuso fue el erotismo como pulsión de vida inseparable del deseo", concluye Haimovichi.

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