Cultura y Libros
Domingo 16 de Julio de 2017

"Con el tiempo, perdonar a mi padre no me pareció importante"

Mariposa de otoño es el nuevo trabajo del talentoso Gustavo Ng, que en esta oportunidad aborda el reencuentro con su progenitor chino a través de un texto impecable.

Nunca fue la madre. Nunca.
El padre. Siempre es el padre.
Lo dicen los griegos, la vida, el desamor cotidiano, el abandono, las distancias, los demonios personales. Lo dice la literatura. Lo dice Gustavo Ng.
Siempre fue el padre. Siempre.
El suyo en este caso, un chino que se aquerenció en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, pero que emigró con toda la familia a los Estados Unidos en la década de los 70.
Allí se instaló el chino enigmático y silencioso. Allí se separó de la madre de Gustavo y se quedó viviendo en Nueva York, ciudad que también habitó el autor de Mariposa de otoño hasta que la visa lo expelió y él ya no lo vio por más de veinte años.
No pudo volver, el hijo.
Ni le escribió, el padre. Ni logró que el hombre aceptara encontrarse en otro país, como Brasil, Cuba o Perú, donde este periodista, escritor, crítico literario, experto en horóscopo chino, vivió y trabajó en su derrotero por encontrar vaya uno a saber qué caminos o llegadas.
Por eso: siempre fue el padre.

Reencuentro

Gustavo Ng volvió a ver a su papá cuando el gobierno de EEUU se lo permitió, cuando dictaminó que ya no era peligroso, y fue hasta allá para darle la noticia más triste: su novia de la infancia, primera mujer, madre de sus dos hijos, Celia Lorenzo, la que lo siguió en su aventura americana, aquella vasca de la que el chino se enamoró cuando vino a la Argentina, había muerto.
Curioso el relato del autor: no parece tener problemas con la muerte de su madre. Ninguno.
Hubo duelo y perdón. Con ella.
Porque el problema es el padre y siempre lo fue. Insistimos.
Ese hombre extraño, lleno de farolitos chinos, que formó otra familia en Nueva York y que debe afrontar "el horror de vivir en lo sucesivo", como decía Borges, es el centro de esta obra diferente.
Mariposa de otoño no es el primer libro (y ojalá que tampoco sea el último) de Ng, pero definitivamente es el más logrado.
Es una crónica perfecta. Género difícil y solapado, de esos que traicionan sin avisar.
Crónica, esta, de un viaje, de un reencuentro entre Gustavo y Ng Pong Yip o Pinki —el padre—; de la falta de abrazos, la distancia corporal, la Nochebuena neoyorquina que el inmigrante ya no festeja, cuando en San Nicolás él mismo las organizaba para juntar a la familia interminable de su mujer, que lo había adoptado como a un integrante más, a pesar de las diferencias.
Es una crónica justa, ácida, dura, breve sobre el estupor de Gustavo parado en una ciudad donde encontró a un hermano menor, a Alice, la nueva mujer de su padre, y el monumento a John Lennnon.
Es una crónica sobre los que compran diarios en el estanco de NG grande, los dialectos que el hombre habla, la desazón de los jugadores y la ausencia de porvenir.
Pero es también una crónica de los enormes silencios. Mariposa de otoño es un libro de pesares.
Pero también es el nombre que ese chino que ahora vende loterías que se rifan cada seis minutos en el corazón de Manhattan le dio a la hermana de Gustavo, Anita, cuando nació.
Aunque el autor duda de que realmente sean de otoño, las mariposas; pueden ser de primavera, dice.
Pero no importa, porque su hermana se las arregló, tal como cuenta en uno de los capítulos, para tener una planta donde las mariposas monarca juegan al amor y cuando son capullos ella, Anita, se los lleva a la cocina para verlas aparecer y luego les abre la ventana.
Ng recibe a esta cronista en el bar El Rosarino, un espacio que remonta a los años 60 y que el autor ama: "Mirá lo que es este lugar... ¿No te encanta? Vengo siempre a escribir acá", jura.
Rosario es una ciudad a la que Gustavo Ng viene seguido y acá presentó su libro, entre amigos, tímido como es él y sin darle importancia, como si Mariposas... fuera una obra más.
Y no lo es.
Nadie es el mismo (aunque sea por un rato) después de leerlo.
—¿Nunca culpaste a tu madre por tener que volverte de Nueva York? ¿Ella te hablaba mal de tu papá?
—Qué fuerte es la palabra culpar. En el momento en que volví de EEUU a la Argentina no culpé a mi madre porque había tomado partido por ella y contra mi padre. Yo era su abogadito. Lo acusábamos de haber disuelto el lazo primordial del matrimonio para priorizar la lealtad a su familia china. Decíamos que mientras vivimos en Argentina, las decisiones las tomaban entre los dos, pero al entrar en contacto con la familia Ng, mi padre comenzó a obedecer a su padre y a no tener en cuenta lo que mi madre dijera. Con los años tomé distancia de esa posición, y aunque entendí que mi padre hizo un camino llevado por sus deseos, también comprendí que mi madre quería regresar para estar con su propia familia original. La escuché decir que diferentes personas le habían vaticinado que se casaría con alguien que la llevaría lejos, una gitana, su padre... Los dos tenían vínculos muy fuertes con las familias de las que salieron. Se quisieron mucho, y posiblemente el amor entre ellos nunca se enfrió ni un poco. Y tuvieron una vida, estuvieron muy juntos más de veinte años, tuvieron hijos, amigos, se respetaron, se apoyaron. No estuvo tan mal. Fuera de esa historia entre ellos dos, he lamentado que mi madre me capturara y me pusiera en contra de mi padre. Las madres deberían cuidarse de hacer eso, y resistirlo con convicción y ética, porque es muy fuerte en muchas o todas las madres.
—¿Lo perdonaste alguna vez?
—Novalis (N. de la R.: seudónimo. Friedrich Leopold von Hardenberg, poeta y filósofo alemán, 1772-1801) se lamentaba de que no tuviéramos una fantástica como tenemos una lógica. Con todos los cachos que se le han caído a la razón, aún nos tiraniza. Aún no entendemos que la vida procede por capas, porque creemos que si algo es A, entonces no es B. Como adulto, perdoné a mi papá, pero el adolescente que lo culpó defendiendo a su mamá aún sigue en alguna de las muchas habitaciones de la casa que soy. Pero soy ante todo un adulto. Fui comprendiendo a mi padre, cada vez más desde que yo fui padre. Con el tiempo, perdonarlo o no perdonarlo no me pareció algo importante. ¿Qué era importante? Quererlo, hacer cosas juntos, inventar una historia que viviéramos juntos y le diera sentido a la vida de cada uno. No se me presenta eso de amar y perdonar. Lo quiero, quiero darle vivencias que le hagan feliz el día, ¿qué importa perdonar?
—¿Era un ser tan despojado de sentimientos como lo describís o eras vos el que no se atrevía a acercarse?
—Mi padre guarda un sentimentalismo caliente y amable, como todos los cantoneses que conozco. Quizás conviniera a la historia un padre un poco totemizado. Era importante que contuviera los sentimientos para que yo fuera hacia ellos, para que viajara hacia la cima de la montaña de mi Padre. Entonces, como bien suponés, yo no me atrevía a acercarme.
—¿Cómo fue ir a la tierra de tu padre y contárselo?
—Inventé la historia del extraviado, del nacido ectópico en la tierra más lejana y exótica que, llegado el momento, de la misma manera que les sucede a los animales que migran, emprende el viaje al hogar. Un hogar fantasma, que no conoció él, pero sí conoce su sangre. Esa era la gesta que me unía definitivamente a mi padre. Tener la misma sangre era lo que me había sido dado: con el viaje yo hice que nuestra sangre fuera la misma. Inventé esa historia, y al materializarla fui descubriendo que era real.
—¿Cómo reaccionó tu padre?
—Cuando le conté no me expresó el entusiasmo que yo esperaba. Pensé que había cometido el error de comunicárselo, en lugar de preguntarle si le parecía bien que fuera y pedirle consejo. En realidad, temí abrirle el tema porque intuí que me indicaría no viajar, y como soy muy porfiado e iría lo mismo, lo haría contra su voluntad. ¿Por qué no querría que yo fuera? No lo sé muy bien. Quizás era porque para él China era lo que quedaba atrás, algo muy doloroso, donde su familia y él la habían pasado mal, donde había muerto su mamá y donde estaban los japoneses y los comunistas. Sin embargo, cuando me mantuve firme, él me siguió. Me siguió a su estilo, claro, poniéndose por arriba de la situación. Movió cielo y tierra para que me recibieran como a un rey. Hizo un despliegue enorme. Eso me hizo muy feliz, comprenderás.
—¿Me podés describir la mirada de tu padre? ¿Es verdad que no se tocaban entre ustedes? ¿Te reprochó algo alguna vez?
—Siempre me reprochó que fuera un porfiado, y también que buscara los caminos estrambóticos, disparatados, prohibidos. Quería que yo fuera un médico, que tuviera una familia establecida, una fortuna moderada y que gozara de prestigio en la sociedad. Me fui muy lejos de ese anhelo. Tiene una mirada severa sobre mí, la del hombre endurecido. Pero también es fuerte, y ha conservado una sensibilidad muy grande. Sé que me mira cuando estoy metido en mis cosas todo entero y pienso que toda la vida es lo que tengo entre mis manos.
Mariposas de otoño tiene ocho capítulos, a cual más lindo y doloroso. Tiene dibujos e ilustraciones de Silvana Perl y la edición es de Camilo Sánchez.
Y tiene una enorme desesperación.

Alejandra Rey

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