Cultura y Libros
Domingo 30 de Julio de 2017

Alta marea

Cuando un hombre y una mujer que se han amado

Cuando un hombre y una mujer que se han amado

se separan

se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo

la errónea maravilla de sus noches de amor

las constelaciones pasionales

los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través

de las piedras sus plegarias y cóleras

sus dramas de secretas injurias enterradas

sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas

el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el

furor de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas

los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños

la mirada de pulpo de la memoria

los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto

con la palidez de la tristeza y todos los gestos del

abandono

dos o tres libros y una camisa en una maleta

llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles

de la tormenta

el hotel da al mar

tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca

tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles

o enfundadas en ropas polvorientas

pasan cementerios de pájaros

cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes

cada noche cuando te desvestías

la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros

hasta el techo

los enormes roperos crujían en las habitaciones

inundadas

puertas desconocidas rostros vírgenes

los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura

siempre a punto de partir

siempre esperando el desenlace

la cabeza sobre el tajo

el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre

un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma

de los días indefensos bajo el soplo del sol

el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas

insaciables

esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta

en otro cielo en otro infierno

regresaba en un barco

una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal

como un enorme galápago

todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del

trabajo marítimo con el desplomado trono de las olas y

el árbol de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta

éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo

el mundo desesperado como una fiesta en su huracán

de estrellas

pero no hay piedad para mí

ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos

ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca

de las aguas y de los campos con las violencias de este

planeta que nos pertenece y se nos escapa

entonces tú estabas al final

esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos

como un pájaro

en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta

y el cabo de Manila fue recogido

todo termina

los viajes y el amor

nada termina

ni viajes ni amor ni olvido ni avidez

todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia

que acecha en el sol de su instinto

todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su

dicha y a sus muertos

todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa

unos labios lavados por el diluvio

y queda atrás

el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia

del verano y el remolino de las hojas sobre las

sábanas vacías

y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón

de su presa

en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas

direcciones

donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso

y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta

y sin raíces

cuando un hombre y una mujer que se han amado

se separan


Enrique Molina

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