Cultura y Libros
Domingo 07 de Mayo de 2017

Alexander von Humboldt, la audacia y el genio

Fue uno de los mayores científicos de la historia, aunque hoy está completamente olvidado. Un reciente libro rescata una vida signada por el talento, pero también por una voluntad y valentía sin límites.

El mundo en el que vivimos es, ante todo, el modo en el cual lo contemplamos y entendemos. Aunque no lo sepamos, la imagen que de él tenemos es consecuencia del arduo trabajo de numerosos científicos, investigadores y pensadores, que con sus aportes lograron modificar ideas establecidas, destruir preconceptos e imponer una cosmovisión que en su momento fue revolucionaria y hoy, para nosotros, es inconsciente puro. A tal punto que, la mayoría de las veces, ni siquiera percibimos que somos sus portadores.

La naturaleza, esa madre que nos cobija y por la cual la civilización occidental tiene consideración tan escasa, no era interpretada hace dos centurias del mismo modo que en el presente. A principios del siglo XIX, dos hombres emprendieron un viaje a través de regiones tan salvajes como desconocidas que cambiaría para siempre nuestro pensamiento. Esos aventureros que subieron a un barco llamado Pizarro, en el puerto español de La Coruña, una noche de 1799, para dirigirse a las regiones más remotas y salvajes de América del Sur, se llamaban Alexander von Humboldt (1769-1859) y Aimé Bonpland (1773-1858). A su valentía y genio les debemos muchas cosas. Entre ellas, nuestra imagen del mundo natural como un cosmos donde cada uno de los componentes depende íntimamente de los otros

Un libro iluminador

El mercado contemporáneo del libro suele estar gobernado por el afán de hacer dinero de manera rápida. La consecuencia de tan penosa ambición es la superpoblación de bestsellers en las mesas de novedades de las librerías: material diseñado y producido para el consumo veloz y acrítico, que termina sumergido en un olvido tan piadoso como incuestionable.

Por esa razón, cuando en la bolsa que habitualmente llega al diario apareció, resplandeciente, la bella edición de La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, de Andrea Wulf, publicado por Taurus e impreso (lo cual no resulta usual en el caso de este prestigioso sello español) en Buenos Aires, no pude evitar una sonrisa de placer. Es que la vida y obra de Humboldt son desde mucho tiempo atrás, para mí, una pequeña y cultivada obsesión: aún recuerdo cuando, en 1990, cayó en mis manos la maravillosa edición venezolana (Monte Ávila) de la obra cumbre del científico germano, Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, en una primorosa caja que contenía los cinco tomos y que ahora se luce en un lugar preferencial de mi biblioteca. Más tarde, distintas biografías completarían mi recorrido a lo largo de la multifacética existencia del gran científico y viajero: entre ellas, la exquisita Humboldt y el cosmos. Vida. Obra y viajes de un hombre universal, de Douglas Botting, publicada por el recordado sello español Libros del Serbal en su colección Libros del Buen Andar. A mi constante interés por Humboldt se sumaría luego la creciente comprensión de la importancia que tuvo en el inolvidable periplo americano su compañero de peripecias, el botánico francés Aimé Bonpland, quien tras una vida digna de una novela de Julio Verne murió en la provincia argentina de Corrientes, donde está enterrado y una ciudad lo homenajea llevando su nombre.

El libro de Wulf es una biografía amena y rigurosa. Lejos de permanecer en la comodidad de su gabinete, la autora —nacida en la India, formada en Berlín y residente en Gran Bretaña— se trasladó hasta los lugares que la audaz dupla germano-francesa recorrió hace más de doscientos años. El fruto de tan rigurosa investigación tuvo su recompensa: La invención de la naturaleza fue galardonado con el premio a la mejor obra de ciencia de la Royal Society de Londres.

El momento culminante de la expedición humboldtiana al cono sur de América se produjo el 23 de junio de 1802. En ese momento nuestro hombre, junto con dos compañeros (Bonpland, por supuesto, era uno de ellos), avanzaba a cuatro patas —casi congelado— por un risco empinado y estrechísimo al cual los nativos llamaban El Cuchillo, con un precipicio a cada lado, cinco mil metros por encima del nivel del mar.

Después de haber escalado cuanto volcán halló a su paso en el extenso periplo previo, incluyendo el Teide en la isla de Tenerife y el célebre Cotopaxi en Ecuador, el Chimborazo constituía el desafío máximo para el ambicioso Humboldt: por aquellos años, era considerado el pico más elevado del planeta. Repasemos lo que se dice acerca de él en Wikipedia: "El Chimborazo es el volcán y montaña más alta de Ecuador y el punto más alejado del centro de la Tierra, es decir, el punto más cercano al espacio exterior, razón por la cual es llamado como «el punto más cercano al Sol», debido a que el diámetro terrestre en la latitud ecuatorial es mayor que en la latitud del Everest (aproximadamente 28 grados al norte). Su última erupción conocida se cree que se produjo alrededor del 550 dC. Está situado en los Andes centrales, 150 kilómetros al suroeste de Quito, en la ciudad de Riobamba. Medido desde el centro de la tierra, su cima es el punto más alejado de éste en todo el planeta, superando en dos kilómetros la altura del Everest".

Con un equipamiento que hoy provocaría la franca carcajada de cualquier andinista, Humboldt y Bonpland iniciaron la riesgosa escalada. Sin embargo, no pudieron alcanzar la cima: El Cuchillo terminaba en una infranqueable grieta que les cerraba el camino. No quedaba más remedio que volver. Sin embargo, aun con los dedos congelados, el obsesivo Humboldt se dedicó a tomar medidas, lo mismo que había hecho durante el transcurso de todo el viaje: así comprobó que se encontraban a 5.875 metros, la mayor altura alcanzada por hombre alguno en la historia.

Pero Humboldt era mucho más que un científico audaz, que amaba comprobar sus teorías sobre el terreno. Era también un pensador integral, un intelectual completo cuya amistad con Goethe lo había llevado a dar forma a un nuevo paradigma a la hora de observar y explicar la naturaleza. El gran escritor alemán, autor entre otras obras maestras del Fausto y Las afinidades electivas, escribió en un poema: "Misteriosa a pleno día, la naturaleza no se deja despojar de su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu no se lo arrancarás a fuerza de palancas y tornillos". Este duro alegato literario contra el mecanicismo impregnaría la conciencia de Humboldt, cuya mentalidad combinaba el rigor del científico con la sensibilidad del artista.

Y así, cuando desde los 5.875 metros que había ascendido del Chimborazo echó una larga mirada sobre el paisaje que lo rodeaba, tuvo una iluminación: "Todo lo que había observado en su vida encontró su lugar en el rompecabezas. La naturaleza, comprendió, era un entramado de vida y una fuerza global. Fue, como dijo después un colega, el primero que entendió que todo estaba entrelazado con «mil hilos»", describe Wundt.

Antes de volver a Europa para siempre, von Humboldt le había dado forma a nuestra mirada.

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