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Sábado 20 de Junio de 2015

Cuestión de piel

En foco. En los llamativamente apasionados cuestionamientos que reciben la intendenta de la ciudad y la presidenta de la Nación, ¿cuánto hay de rechazo por sus políticas de gobierno y cuánto por sus condiciones de mujeres? ¿Hay envidia, recelos, machismo internalizado?

Tal vez por la masiva inmigración latina o por la particular historia del país, en la Argentina se advierte mayor pasión que en otros lugares del mundo a la hora de manifestar los sentimientos. El fútbol es una pasión nacional y la causa por la recuperación de las islas Malvinas es otra, por nombrar algunas de las más importantes. También lo es la forma de involucrarse en los fenómenos políticos a través de juzgamientos maniqueos donde no existen los matices y todo se resume en blanco o negro. Nobleza obliga, esa tendencia ha sido abonada durante los últimos años por los medios de comunicación, especialmente los nacionales, que han aplicado una intencional lógica binaria superficial al momento de las calificaciones políticas. Para algunos todo está mal en el país y para otros todo está bien. ¿Cómo es posible tamaña dicotomía?

Los fenómenos políticos en la Argentina navegan a través de tormentosas aguas movidas por la emoción y por la imposibilidad de desapasionarse para intentar analizarlos con agudeza. 

Uno de ellos, aprovechando el auge que ha concitado en el país la lucha por el respeto físico y ético de la mujer y su inclusión en los lugares de conducción política y empresarial, es la distancia que siempre ha persistido entre el dicho y el hecho. Para ser más precisos aún, el interrogante sobre si a pesar del discurso políticamente correcto en contrario las pasiones adversas que despiertan las mujeres en puestos clave de la ciudad o el país están vinculadas a sus gestiones o al género. 

En un rápido viaje hacia el pasado, la figura de Eva Perón fue una de las que encendió el amor pero también el odio de millones de argentinos. Una joven de provincia que llegó a la gran ciudad y que iluminó a una de las figuras políticas más importantes del siglo pasado, Juan Domingo Perón, no podía generar otras cosa que despertar fuertes emociones. Emociones que eran muy claras entres los hombres y mujeres alcanzados por su acción ideológica y concreta. Quienes recibían los beneficios de esas políticas, aunque hayan sido meramente asistencialistas en muchos casos, le profesaron amor eterno, vitalicio. Y los que permanecieron al margen y repudiaron su conducta la detestaban. ¿Por qué? ¿Por sus intentos de distribuir mejor entre quienes nunca tuvieron nada o por su vestuario lujoso, señorial y su impronta autoritaria? ¿Intervinieron factores ideológicos o simplemente el rechazo visceral, la rivalidad, la mezquindad y otras bajezas hacia una mujer a quien le "pintaron" en la calle "viva el cáncer", la enfermedad que la llevó a la muerte? Pero esto es historia, ya muy analizada aunque nunca del todo saldada.

En este tiempo. Tal vez algo de aquel controvertido tramo de la historia nacional pueda tener algún parangón con situaciones actuales de mujeres que ocupan los más altos lugares de prestigio en la sociedad.

En el plano local, la intendenta Mónica Fein, y en el nacional la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No se trata aquí de juzgar sus políticas de gobierno (eso queda en exclusiva opinión del lector) sino de analizar si sus condiciones de mujeres en lo más alto de la política han tenido que ver con el rechazo que generan en parte de la sociedad. En el caso de la intendenta local quedó demostrado en la elección del domingo último (bajó notablemente su caudal electoral respecto a 2011) cuando apenas superó por algo más de diez mil votos a una joven con poca formación política que si hubiese llegado a la Intendencia probablemente, con el tiempo, hubiera despertado los mismos o mayores enconos que Fein. 

En Rosario, ¿quién podría asegurar con fundamento que la gestión de Fein ha sido de menor calidad que la de sus antecesores del mismo y de otros partidos? Su gobierno enfrentó con altura la peor catástrofe de la ciudad con la explosión del edificio de calle Salta y la acción social municipal, en parte, impidió que el último diciembre se haya convertido en un habitual torbellino de desmanes y saqueos. Y la inseguridad, que afecta y preocupa a todos, no es responsabilidad municipal. ¿Entonces? 

Sería interesante poder determinar por medio de un estudio sociológico si el rechazo a la figura de la intendenta que se ha observado a través de la pérdida de votos se hubiera dado con un jefe comunal de otro género. Y si en ese rechazo intervienen factores ideológicos, de gestión o si a los cuestionamientos habituales sobre cualquier gobierno a través de los años se suman la rivalidad y la transferencia negativa que reciben en este país las mujeres que llegan al poder, que dan órdenes y "manejan" a los hombres.

A nivel nacional, la figura de la presidenta Cristina Kirchner (una vez más, sin juicio de valor sobre su gobierno) da la sensación de que sigue el mismo patrón de conducta de los que denuestan a Fein. 

La presidenta es una mujer que ha enviudado durante su mandato, que se ha repuesto de esa situación y de serias enfermedades, que mantiene un férreo control sobre su gobierno, al que sacó airoso de pronósticos apocalípticos del final de su gestión. Habla horas improvisando su discurso, "reta" a sus colaboradores masculinos con un dejo de soberbia y autoritarismo que seguramente "inflama" la piel de propios y opositores. ¿Cuánto rechazo generan sus políticas y cuánto su personalidad arrolladora y condición femenina?         

¿El sector medio-alto de la sociedad que repudia su acción de gobierno, sus discursos y su ética fue tan vehemente en el castigo a las administraciones de Menem y De la Rúa? Mientras Menem fundía y vendía el país, se paseaba en una Ferrari a velocidades prohibidas, echó escandalosamente a su mujer de Olivos y mantenía amoríos casi públicos con vedetes de la farándula. Eso era festejado como una travesura, seguramente por la condición de varón del ex presidente. Sería inimaginable que a una mujer en lugares de poder la sociedad le perdonaría esos deslices de una vida licenciosa. Tal vez, y como excepción, sólo si encarnara un gobierno débil, maleable y sin decisión política. 

Para ilustrar la imposibilidad de al menos admitir algún punto a favor en los gobiernos de Mónica Fein y Cristina Kirchner es interesante mencionar dos situaciones que no sirven para proyectar una generalización pero permiten una reflexión.

Son los casos de dos mujeres rosarinas comunes que ya pasaron las cinco décadas y que manifiestan un odio casi visceral hacia la intendenta y la presidenta. Sin embargo, el hijo de la primera es hoy un trabajador especializado, con un sueldo digno e inscripto en la seguridad social gracias a los cursos municipales gratuitos donde aprendió un oficio que le cambió la vida. La segunda, tiene tres nietos que cobran asignación universal por hijo, sin ningún intermediario ni pago de favores a ningún puntero político del barrio. Esa suma que recibe significa cerca del 30 por ciento de los ingresos totales del grupo familiar.

¿Cómo se explica que las dos mujeres no reconozcan ningún aspecto positivo de la gestión municipal o nacional, ni siquiera los que las involucran personalmente? ¿Qué subyace en ese repudio y negación?

Hipótesis. Es imposible poder medir el grado de influencia de la condición femenina y su liderazgo político en el rechazo que generan en buena parte de la sociedad. Pero en la Argentina no es un dato menor que las mujeres, al menos las nombradas, paguen un precio adicional por su condición femenina a la hora de despertar pasiones encontradas del público. Parecería que este es un fenómeno bien criollo, porque ni Michelle Bachelet en Chile ni Dilma Rousseff en Brasil han sido tan vilipendiadas pese a, por ejemplo, haber estado envueltas ambas en recientes sonados casos de corrupción. Tampoco se cuestiona por su género a la canciller alemana Angela Merkel, de bajo perfil y modesta vestimenta, que conduce los destinos de Europa y se planta con firmeza ante los más poderosos del mundo, como el presidente ruso Vladimir Putin.

La argentina Mabel Burin, doctora en psicología, aborda estos temas en un artículo que forma parte de una compilación de trabajos reunidos en "La crisis del patriarcado" (Editorial Topia, 2012). Explica allí cómo en las últimas décadas los estudios feministas "han contribuido al análisis de la construcción de la masculinidad, revelando cómo la cultura patriarcal ha posicionado a los hombres en lugares sociales privilegiados" jerarquizándolos como "más fuertes, más inteligentes, más valientes, más responsables socialmente, más creativos en la cultura y más racionales". Burin cita al sociólogo francés Pierre Bourdieu, para quien "ser hombres es, de entrada, hallarse en una posición que implica poder". 

Cuando esta ecuación "lógica" de poder que señala Burin desaparece, es decir, cuando mujeres argentinas asumen el rol de conducción destinado siempre al hombre, ¿encienden las peores pasiones de ambos géneros, uno por haber sido despojado de "su" lugar y el otro por recelos? Además, ¿algunas mujeres tienen internalizado culturalmente el machismo?

Otro dato tampoco casual es que esas emociones furibundas que despiertan en parte de la sociedad las mujeres en posiciones de liderazgo estén mayormente radicadas en los sectores con mejores condiciones económicas. Habría que pensar si la rivalidad por la posibilidad de ascenso social de los menos beneficiados ante políticas más distributivas y de acción social no se suma a esa sensación invasiva de repulsa a la mujer cuando llega a lugares de poder real.

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