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Lunes 25 de Abril de 2011

Cuba, muy lejos del reformismo necesario

Fue el congreso de las expectativas limitadas pero igualmente fallidas.

Fue el congreso de las expectativas limitadas pero igualmente fallidas. El VI Congreso del PC cubano se cerró esta semana con la ratificación de una cúpula octogenaria que exhibe un dogmatismo cerril. El ortodoxo Machado Ventura (80 años) fue designado número dos de Raúl. Estos ancianos inmóviles, responsables directos de los últimos 50 años de todo lo hecho en Cuba y por lo tanto del actual estado social, económico y político del país, serían ahora los encargados de la “renovación” proclamada desde 2006 por el menor de los Castro ante la baja forzada por enfermedad de Fidel. El contrasentido no podría ser mayor.

La historia demuestra que una cúpula gerontocrática y autorreferencial al frente de un sistema unipartidista y de un Estado policial, nunca se pasará a retiro a sí misma. Así, la cúpula castrista se legitima recurriendo a la retórica de la “revolución”, término que en Cuba es sinónimo de régimen, o sea, de lo más opuesto a un cambio revolucionario. Esta autodisolución no ocurrió en ningún país del mundo, aunque los comunismos soviético y chino intentaron con diversa suerte su renovación después de luchas intestinas feroces. A mediados de los 80, la cúpula de la URSS decidió tardíamente la que creía sería una mera renovación generacional, sumada a las ineludibles reformas económicas, pero siempre dentro del socialismo. Más o menos lo mismo que propone ahora Raúl, pero en un sistema mucho menos personalista. Como se sabe, en menos de cinco años de un proceso imparable desapareció el comunismo soviético.

En China, al contrario, la renovación de Deng desde fines de los 70 tuvo éxito, dado que puso al centro de las prioridades estratégicas una verdadera reforma de la economía mediante inyecciones masivas de capitalismo y, por esto mismo, de la aceptación abierta de la “propiedad privada de los medios de producción”. Se salvó así a un sistema político que iba camino del colapso. Hoy se ha olvidado, pero la economía maoísta estaba totalmente paralizada. Deng lo vio y dio un decidido golpe de timón, una decisión que la URSS no pudo o no quiso seguir. Un régimen sobrevivió, el otro implosionó. Parece claro, después de este VI Congreso del PCC, que Cuba por ahora ha elegido el inmovilismo político con dosis mínimas de reformismo económico: se puso así mucho más cerca de la fallida opción soviética que de la decidida reforma china.

Como señaló el disidente moderado y economista Oscar Espinosa Chepe, “permanece intacto el chaleco de fuerza que impide el desarrollo, el tema de la propiedad”. Mientras no se rompa este tabú (y parece imposible con la vieja guardia al mando) Cuba seguirá hundida en la crisis. Deng, antes de imponer su reforma, tuvo que luchar durante años contra la ortodoxia maoísta y expulsarla del poder. Por esto, decir que Raúl sigue el modelo chino como se ha hecho ligeramente desde que reemplazó a su hermano, resulta totalmente desacertado.

En cuanto a la apertura democrática, que la disidencia sigue reclamando con firme coherencia, es algo que la cúpula castrista ni siquiera considera. Significaría el fin de la “revolución”, ese régimen autoritario rígido, cristalizado y fijado obsesivamente en lo hecho durante la revolución propiamente dicha, hace más de medio siglo atrás. 

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