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Domingo 04 de Enero de 2015

Cuba: ¿del acuerdo a la apertura?

Si se supera la etapa del restablecimiento de relaciones y se deroga el embargo, la dinámica del cambio podría resultar imparable para el régimen.

Pasada la primera ola de reacciones sobre el cambio de status en las relaciones entre Cuba y EEUU anunciado el 17 de diciembre por Barack Obama y Raúl Castro, puede decirse sin dudas que se trata de un éxito político para el régimen cubano. Lo pudo “vender” muy bien como un triunfo de la “revolución” sobre el “imperio”. La primera, la revolución, ocurrió en verdad en 1959, hace 55 años: lo que hay en Cuba desde entonces es un régimen dictatorial totalitario, y el “imperio”, Estados Unidos, es una democracia que desde aquella lejana fecha ha tenido 12 presidentes salidos de elecciones libres, mientras en la isla gobiernan, hoy como entonces, los hermanos Castro. Asimetrías de sistemas políticos aparte, el anuncio de que se buscará terminar con la ruptura de relaciones decidida por EEUU en 1961 anota más puntos en el tablero de La Habana que en el de Washington. Al menos de momento. Aunque algunos periodistas y analistas trataron de magnificar los presuntos aspectos negativos del acuerdo para el régimen —como la caída en segundo plano de su proveedora Venezuela y el futuro fin del leit motiv del “bloqueo” para justificar el fracaso del comunismo en Cuba—, es claro que prevalece un balance político y propagandístico favorable a los Castro.

   Pero es imperativo preguntarse cómo irán las cosas a futuro, más allá del impacto inmediato del acuerdo (que el papismo más papista que el Papa que ha brotado en Argentina anotó casi en un 100% a nombre de Francisco, algo simplemente insólito). Raúl aprovechó los dos discursos que dio sobre el asunto (el del día del anuncio y el del cierre de la Asamblea Nacional, poco después) para recordar que el “bloqueo” sigue siendo el gran problema. El más joven de los Castro hace así una doble jugada: oficialmente presiona por el levantamiento del embargo y a la vez se anticipa a aplacar las expectativas enormes que el acuerdo anunciado creó en la población cubana.

   Ese entusiasmo lleva al asunto de fondo: que los posibles cambios políticos que genere el restablecimiento de relaciones plenas dependen en gran medida de los cambios económicos y de quién capitalice políticamente esos cambios, si finalmente se dan. Esto es: si el embargo comercial se levanta completamente y los Castro no ponen condicionamientos a las inversiones extranjeras —más allá de los normales en una nación normal—, el fin del “bloqueo” podría ser la llave que abra las puertas de la democracia en Cuba. Si en cambio continúa, como todo parece indicar, las medidas que tomó o aún pueda tomar Obama con sus decretos serán muy limitadas y no alcanzarán para provocar ese efecto. Si Obama o quien lo suceda lograra negociar un levantamiento total de embargo a cambio de que La Habana no ponga condiciones gravosas a las inversiones, como formar joint ventures obligatorias con sus empresas en manos militares o límites muy restrictivos a la libertad de movimientos de la empresa inversora, el levantamiento del embargo —anacrónico al menos desde la caída de la Urss hace 23 años— podría traer una verdadera ola de inversiones y de turistas “americanos” que en pocos años cambiarían para siempre el demacrado rostro de Cuba. Y el dato político sería que la población asignaría ese cambio radical y positivo a los “gringos” y no a la “revolución”, por el abierto protagonismo de los inversores del otro lado del estrecho de Florida. Sería solo cuestión de tiempo que el cambio político llegase, luego de la salida de escena de los hermanos Castro por razones biológicas. Pero el problema es que los republicanos estadounidenses no hacen este análisis, mientras Raúl y la cúpula comunista sí lo hacen y le temen (aunque no lo digan públicamente, claro). La queja preventiva de Raúl sobre el “bloqueo” es así también un anticipo de que lo que vendrá estará muy lejos de una liberalización general de la relación económica con EEUU. El castrismo prefiere una apertura homeopática, que traiga algún alivio y esté muy mediada por la burocracia, para controlar esas inversiones y repartir el mérito de la eventual mejora. Como pasó en los 90, con una apertura rígidamente vigilada por Fidel (quien en los primeros 2000 volvió a cerrar todo lo que pudo esa limitada apertura: en eso estaba cuando se enfermó en 2006). A este esquema de apertura por etapas y muy controlada apunta tácitamente Raúl, quien después de gobernar por casi nueve años ve cómo sus propaladas reformas resultan tan famélicas como la vida de los cubanos de a pie. El reformismo de Raúl falla por una sencilla razón: en Cuba faltan capital y consumidores y sobran cuentapropistas y necesidades básicas. Falta capital porque Fidel lo combatió tan bien que su extinción dejó en la pobreza crónica a casi todos los cubanos salvo a la élite comunista. Años de contactos con chinos y rusos habrán hecho comprender a Raúl que sin capital es imposible cualquier avance económico, y que el asunto es más bien regular y controlar capilarmente tanto a los inversores extranjeros como a los emprendedores locales, manteniendo con mano de hierro el régimen de partido único. A eso parece apuntar ahora Raúl, a partir de la evidente falta de éxito de sus reformas.

   Se dice con razón que la reforma económica no asegura para nada la llegada de la apertura política, y se señala a China y Vietnam. No parece sin embargo equiparable el caso cubano al chino o al vietnamita. Culturas abismalmente diferentes implican reacciones sociales diferentes a los cambios económicos. Ya algo se ha visto con la “movida” que Yoani Sánchez y otros héroes de la web protagonizan, a un costo personal altísimo y con medios increíblemente pobres. El reciente episodio de Tania Bruguera parece también una prueba de que el acuerdo del 17 de diciembre trajo algún avance: el régimen hizo lo de siempre, detener y reprimir, pero se produjo una fuerte reacción internacional no gubernamental que lo obligó a liberar a la artista. Parece que los focos externos están más alertas que antes del 17.

    Pero, como se dijo, el régimen cubano se anotó una victoria con la decisión de Washington de levantar la ruptura de relaciones de 1961. Y esta victoria, por pasajera que resulte, es posible únicamente por el apoyo en bloque de América latina al régimen. Ni un reclamo de democratización y apertura política dirigido a los Castro ha salido de los gobiernos regionales en todos estos años. El silencio se volvió a repetir a propósito de la represión de Tania Bruguera. El doble juego de los gobiernos regionales se puede sintetizar en una anécdota. Poco antes de asumir como presidente el 1º de diciembre de 2012, el mexicano Enrique Peña Nieto viajó a la isla y logró la ansiada foto con Fidel. El mexicano volvió a su país, asumió y puso en acción la reforma más ambiciosa de su gobierno: el ingreso de capital privado en la industria del petróleo, la ruptura de un tabú creado en los años 30 por su propio partido, el PRI, histórico aliado del régimen cubano.

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