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Domingo 30 de Agosto de 2015

Cuba en bicicleta

A Patricio Carugatti y Cristian Zampierin los une la pasión por la música, las letras y la vida rural. Hace tres meses hicieron un recorrido de 1.500 kilómetros por el interior profundo de la isla y La Habana. Fueron con un equipaje mínimo y volvieron encantados por la experiencia.

Subieron y bajaron cuestas empinadas. Durmieron bajo un puente en hamacas paraguayas. Se bañaron en el mar, y también en ríos y arroyos de monte. Escucharon tocar la guitarra durante horas a un personaje que se hace llamar "El sinsón de la Loma" y con el que se encariñaron para siempre. Recorrieron rutas solitarias y se metieron en pueblos que parecen detenidos en un tiempo lejano, casi de otra era. Los picaron los mosquitos: enormes, salvajes, insaciables mosquitos caribeños. Se mojaron con la lluvia y transpiraron bajo un sol implacable, con temperaturas casi siempre sofocantes y una humedad que los aplastaba. Algunas veces se quedaron en hoteles, y algunas veces se sentaron a comer en una mesa, en casas de familia, en pueblitos ínfimos y entrañables que iban encontrando por el camino. Fueron veinte días de un periplo de aventuras por la isla de Cuba, desde Santiago de Cuba hasta La Habana. Y lo hicieron en bicicleta.
Los protagonistas de este viaje de aventuras son Patricio Carugatti y Cristian Zampierin. Ambos tiene n 36 años. Patricio vive en Andino y trabaja en San Lorenzo, en un portal de noticias y en la imprenta de su padre. Cristian vive en Serodino y trabaja en el campo con maquinaria agrícola.
Lo primero que los unió fue la música. Patricio es periodista, trabajó en la cadena MTV en Buenos Aires, conduce un programa de rock en una radio de San Lorenzo (Ovnivolados Volados, en FM Vale 97.5), es realizador de videoclips musicales y toca el bajo. Cristian es músico y participa en dos bandas, una de punk rock que se llama Kiensosdios, y otra de "punk fogón" cuyo nombre es MúsicaLiquidA. Juntos, además, están en pleno armado de un proyecto musical alternativo: la banda se llamará Los Almendrones, como denominan los cubanos a los autos antiguos, y allí Patricio tocará el bajo.
También los une la literatura y la poesía. Patricio lanzará en diciembre Palabrazadas, su primer libro de poemas y relatos. Lo editará a través de La Papelera, su propia editorial, llamada así en homenaje a la histórica papelera de Andino. Cristian ya tiene uno publicado (La paz del autoencierro, del mismo género), y pronto verá la luz el segundo, que se titulará Cuentos sobre la asfixia.
Por último, los une el apego a la vida rural. Y la bicicleta. Cristian es el más veterano en eso de rodar sobre dos ruedas impulsadas por sus propias piernas y ya hizo una travesía por Bolivia, donde tomó imágenes que ahora plasma en los videoclips de MúsicaLiquidA. Patricio, en cambio, es apenas un novato sobre el sillín y el manubrio: cerca del fin de una larga carrera como jugador de básquet (es un base histórico de Red Star, de San Lorenzo, aunque ahora juega en Alba de Maciel), quiso planear una actividad física para cuando colgara las zapatillas y casi sin darse cuenta eligió la bicicleta. Fue un día que visitó a un primo en Serodino y vio una vieja mountain bike arrumbada en un garaje. Se la pidió prestada y así inauguró su flamante pasión por el pedal.
Un día, mientras urdían alguno de los tantos proyectos culturales que tienen en común, o proyectaban un video para MúsicaLíquida, la otra banda de Cristian, éste comentó con Patricio que quería hacer otro viaje en bicicleta. No tardaron en acordar que Cuba sería un lugar ideal para emprender esa aventura juntos. “Quería conocerla antes de que los yanquis llenen la isla de McDonald's”, confiesa Patricio.
No necesitaron muchos preparativos. Compraron los pasajes aéreos y armaron una mochila ínfima: hamacas paraguayas, linterna, un par de herramientas para reparar las bicicletas en caso de necesidad, un “equipo” de buceo (patas de rana y snorkel), termo y mate, yerba y poco más. Llevaban una sola muda de ropa, que incluía una camisa, unas calzas, un par de zapatillas (Cristian optó por unas alpargatas) y telas para cubrir sus cabezas por debajo de los cascos. Así, con ese equipaje mínimo y las bicicletas desarmadas y embaladas en cajas, volaron desde el aeropuerto Islas Malvinas a La Habana. Era el 30 de mayo y tenían pasaje de regreso para el 20 de junio.
El día del desembarco un taxista les guardó las bicicletas por unas horas ("no teníamos dónde dejarlas y todavía nos faltaba un vuelo interno") y ellos se fueron a gastar sus primeras horas en Cuba caminando por la capital de la isla. Iban con lo puesto y lo único que sabían era que una vez que llegaran a Santiago, un día más tarde, tendrían 20 días para volver a La Habana. Ya no sería en avión, como el viaje de ida, sino en sus bicis. La mañana siguiente tomaron un vuelo de Cubana Aviación a Santiago. Y entonces comenzó la aventura.
“Ni siquiera teníamos un mapa”, cuenta Patricio. En una plaza de Santiago alguien les vendió una guía de Cuba. “Estaba escrita en italiano, pero fue lo único que conseguimos”, recuerda. Arrancaron hacia el este y los primeros días fueron los más agotadores: atravesaron una zona de sierras y las trepadas se hacían interminables. En esos primeros tramos pasaron por Guantánamo, uno de los pocos lugares donde durmieron en un hotel (“Por 100 pesos la noche”) y Baracoa. La tercera noche de la travesía fue cuando tuvieron que dormir bajo un puente, a orillas de un río torrentoso. Colgaron las hamacas paraguayas y antes, como cada noche, lavaron la única muda de ropa que llevaban y la pusieron a secar. No pudieron quedarse más que un par de horas, por los mosquitos: a las dos de la mañana decidieron partir porque ya no soportaban las picaduras. Al retomar la marcha, no imaginaban que recién dejarían de pedalear al atardecer del día siguiente.
“Fueron como 18 horas en las que casi no paramos. Muchas subidas las tuvimos que hacer caminando porque eran muy pesadas”, cuenta Patricio. Así llegaron hasta Nicaro ("La Chernobyl de Cuba"), donde los alojaron “en negro” en un hotel del que tuvieron que marcharse de apuro a la madrugada antes de que llegaran sus clientes fijos, los trabajadores de las fábricas de níquel y cobalto.
Pizza y cerveza
En Jibara, sede del Festival Internacional del Cine Pobre, se internaron en cines tan viejos como el resto de la ciudad y en barcitos llenos de bohemia. Comían pizza y tomaban cerveza. “Era lo más barato”, dice Patricio. Hasta ahí el viaje era ideal, salvo por un detalle: se escuchaba mucho reggaetón y poca música cubana. Pero eso pronto cambiaría.
Cierta tarde, en una cuesta pronunciada, mientras caminaban con la bicicleta al hombro, encontraron a un hombre singular. Era un señor grande, que tocaba la guitarra y cantaba apoyado contra el tronco de un gran árbol. Ellos se acercaron y enseguida supieron que al fin se habían topado con alguien que tocaba música isleña. Se quedaron tres horas, escuchando al hombre y cantando con él, tocando su guitarra. Se llama Ismael, pero ellos lo recuerdan como a él gusta que le digan: "Sinsón de La Loma".
La aventura continuó. Siguieron atravesando pueblos y ciudades que parecen congeladas en una postal y se mimetizaron con sus habitantes. Comieron por muy poca plata en casas de familia (“mucho arroz con habichuelas, mucha batata frita, mucho pero mucho pescado”), hablaron con los cubanos, les convidaron mates. “Todos querían probarlo, aunque después no a todos les gustaba”, recuerda Patricio mientras ceba un mate en la imprenta de la familia en el centro de San Lorenzo. En Cuba usaron yerba Taragüí, cuenta. Habían llevado cuatro paquetes de un kilo.
En algún lugar fueron testigos una mañana calurosa de una extraña discusión entre dos cubanos: los enfrentaba un debate sobre quién es mejor, si Lionel Messi o Diego Maradona. “En la isla aman a Messi y son muy hinchas de la selección argentina”. Lo comprobaron en los campitos donde los chicos juegan a la pelota y también frente a un viejo televisor: durante su travesía se disputaba la Copa América y todos los isleños alentaban al equipo de Gerardo Martino.
Mientras regresaban hacia La Habana pasaron por pueblitos de ensueño como Remedios, y ciudades más grandes como Santa Clara. Allí se tomaron fotos frente al Mausoleo del Che Guevara. Habían arrancado con un promedio diario de 60 kilómetros y ya estaban en los 100, porque el terreno era más amable. Sacaban fotos y filmaban, con la idea de convertir ese material en un documental. Una de las cosas que más les llamó la atención fue la cantidad de escuelas que veían en su camino. Y otra fue, una vez más, la pasión de los cubanos por el rosarino más famoso del mundo.
En cada lugar en el que se detenían se metían en la cultura local e interactuaban con los cubanos. “Muchos no podían creer que estuviésemos recorriendo la isla en bicicleta”, recuerda Patricio. Jamás sintieron temor ni les sucedió nada. "En Cuba la inseguridad no existe", afirma. De muchos de esos encuentros surgieron proyectos en común con amigos que fueron haciendo en la ruta. La mayoría tiene que ver con la música.
Hubo un solo sitio en el que se quedaron dos noches (fue en Santa Lucía), y no hubo ninguno donde no regatearan el precio para comer y dormir. Nunca siguieron una hoja de ruta armada previamente y elegían el siguiente tramo de la ruta sólo momentos antes de partir. Una vez que salieron de Santiago de Cuba el único objetivo era disfrutar de la ruta, conocer y hablar con la gente con la que se encontraban a su paso.
Entrando en La Habana
El paisaje había cambiado: ya no había sierras sino un terreno más amable para pedalear. Pasaron por Santo Domingo, Colón, Matanzas y Guanabo. Cuando llegaron a La Habana, 18 días después y dos antes de la partida hacia Argentina, estaban felices. Habían gastado menos de cuatro mil pesos (argentinos) y habían recorrido la Cuba profunda, no la de los cayos o la de la capital Patrimonio Cultural de la Humanidad por la que se desviven los turistas extranjeros. Y todavía les sobraban dos días.
“Paramos en La Habana vieja y estar allí fue glorioso. Caminamos mucho y hasta fuimos a un recital de música electrónica. Dormimos en una casona, en el cuarto piso, y teníamos que subir las escaleras con las bicis al hombro. Pero lo disfrutamos tanto como todo el recorrido previo”, confiesa Patricio.
El último día se convirtieron en impensados cartoneros. Es que debían embalar las bicicletas y en Cuba casi no hay cartón, así que no tuvieron más opción que salir a buscarlo por las calles. Después también les resultó difícil conseguir cintas para atar los bultos. Cuando finalmente tuvieron lo que necesitaban, pedalearon los últimos kilómetros desde el centro de La Habana hasta el aeropuerto internacional José Martí y allí envolvieron las bicis.
Al subir al avión de Aerolíneas Argentinas que los traería de regreso a Rosario llevaban el mismo equipaje mínimo con el que habían salido. Y al desembarcar en el aeropuerto de Fisherton ya tenían decidido el destino para la próxima aventura en bicicleta: dicen que esta vez será en Surinam, a mediados de 2016.

Diario de viaje

Domingo
07/06/2015
Día 8
“Despertamos en Nicaro (especie de Chernobyl cubana) a las siete de la mañana frente al mar. Amanecer hermoso visto desde un hotel perteneciente a una empresa de níquel. Dormimos de contrabando con complicidad de una de las empleadas.

Tras 24 kilómetros llegamos a Mayarí donde, mientras Cristian dormía sentado en  la entrada de una heladería, Patricio hizo calentar el agua para el mate y compró galletas cubanas. Los habitantes del pueblo nos miraban desconcertados. De repente, a las 9, abrió la heladería y la gente se agolpó en una fila respetuosa anhelando el manjar dulce.

Arrancamos viaje tras el descanso de mañana dominical y, tras 43 kilómetros de zona ganadera donde cruzamos muchos bueyes y una víbora, llegamos a una encrucijada de caminos de nombre Los Pasos. Allí comimos seis bocaditos de guayaba con queso y tomamos refrescos en botellas de vidrio recicladas. Pasaban muchas carretas.

Seguimos. Pechando subidas extremas y bajadas deliciosas, en la penúltima cuesta hallamos a un ángel con su arpa (“un tres mallorquí”) bajo un frondoso árbol. Fue una parada de tres horas de pura música cubana. Recordamos la frase de una de las canciones: “Las cuerdas de mi guitarra son armas, armas frente al Tío Sam”. El artista que nos brindó semejante regalo se llama  Ismael, el "Sinsón de la Loma”.


Martes
09/06/2015
Día 10
"Dormimos en una casa colonial frente a la plaza del Cine Pobre en Gibara. Fuimos a la fábrica de tabaco y aprendimos observando el oficio (allí trabaja un fanático de Argentina y de Messi que habíamos cruzado la noche anterior). Nos regaló un habano recién hecho. Compramos un short con bandera de Cuba, marca Isleño (Cristian se había olvidado el suyo en Guardalavaca). Compramos tela árabe para la cabeza (Patricio se la había olvidado en Baracoa). Conocimos a un cineasta local que nos mostró sus producciones y nos convidó vino casero. Fuimos a la barbería".

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