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Miércoles 17 de Diciembre de 2008

Cuarentones

Largamos bien. Primero quinceañeros, después veinteañeros, treintañeros. Y de pronto… ¡paf! Se traspasa el umbral de los treinta y nueve y la cosa cambia. También cambia la palabra: ya no suena linda. Pasamos a ser “cuarentones”. Epa. ¿Por qué semejante desvalorización fónica?

Largamos bien.

Primero quinceañeros, después veinteañeros, treintañeros. Y de pronto… ¡paf! Se traspasa el umbral de los treinta y nueve y la cosa cambia. También cambia la palabra: ya no suena linda.

Pasamos a ser “cuarentones”.

Epa. ¿Por qué semejante desvalorización fónica?

¿Tendrá correlato en la realidad?

¿Será verdad que a partir de esa edad se entra en el declive, se desliza uno ya sin freno y hasta el fondo por el tobogán enjabonado de la vida?

Hay una palabra que me gusta y merece ser utilizada como réplica.

Minga.

Pero admitámoslo, ciertas cosas son ciertas.

A ver, digamos: tipos que se han vuelto cínicos. Que dejaron de lado viejas luchas y se entregaron al dinero o el status. Y que, encima, se las dan de “bon vivants”. Antes se conformaban con un porrón en la pizzería y ahora te hablan de variedades de uva con nombre francés que sólo pagan si alguien los está viendo.

Sigamos: otros y otras que después de un par de tumbos en la autopista del amor ya no le juegan un boleto a nadie. Y que, para colmo, te tiran un barril de cal por la cabeza si vos pensás, sentís o actuás distinto. Que no se pueden bajar del caballo del resentimiento.

En contrapartida: a esta edad ya muchos aprendieron algo. A cambiar pañales, por ejemplo. A sostener con más calma el peso de la responsabilidad. A navegar con baquía el tempestuoso mar que suele ser la Argentina. A hacer mejor el amor, con menos cuerpo pero con más alma.

En contrapartida, sigo: a esta edad, como el tiempo ya no sobra, se vive con más inteligencia. Se administra el viento, aunque parezca raro. Y cuando se abren las ventanas se agradece que allí, frente a nosotros, brille el sol, caiga la lluvia, sigan los pájaros trinando entre los árboles (si son jacarandás, mejor).

La vida viene y se va cuando quiere.

Pero si la estamos esperando, atentos, tendremos más chances de tomarla entre los brazos y decirle “quedate”.

A los cuarenta, los que todavía están es porque valen.

Los que aún siguen es porque no se cansaron de pelear, de amar, de dar.

Y porque creen que la vida va a venir.

Entonces, con voz clara pero un poco temblorosa, le van a decir de nuevo: “Quedate”.

Quién sabe. Es posible que sean escuchados.

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