Cartas de lectores
Viernes 02 de Diciembre de 2016

Cuando los políticos juegan a ser dioses

Según versiones, la delegación del club Chapecoense debió llegar a Medellín desde Sao Paulo en un Airbus 320, que tiene una autonomía de vuelo de siete horas, pero la autoridad aeronáutica brasileña (Anac) no autorizó el vuelo. Entonces viajaron hasta Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y allí abordaron un avión de LaMia que ya utilizaron varias selecciones, incluso la Argentina con Messi, que viajó en el mismo avión siniestrado, un RJ85 cuya fabricación británica data de los años 90. Sin embargo, la Anac dijo que LaMia solicitó partir desde Sao Paulo, lo que no fue autorizado, en tanto que la compañía culpa a un rayo y las autoridades bolivianas dicen que la empresa cumplía con las regulaciones. Según las últimas crónicas, el avión —cuya autonomía de 2,926 kilómetros no alcanzaría para cubrir los 2.986 kilómetros de distancia— tenía problemas de combustible y pidió autorización urgente para aterrizar, la que se demoró mientras el avión caía. Sin combustible se apagaron los generadores eléctricos y se precipitó sin explotar con el impacto. Resulta sorprendente y poco creíble que el problema fuera la poca autonomía, la falta de combustible, porque eso significaría que los pilotos eran suicidas ya que no podían desconocer este hecho. En cualquier caso, se instaló la discusión acerca de si fueron los burócratas estatales los que tomaron decisiones que llevaron a la tragedia o si, por el contrario, fue la falta de control estatal lo que faltó. Siempre recuerdo que, básicamente, el desastre que produjo el huracán Katrina en Nueva Orleans se debió a la pésima labor de los burócratas del Ejército de Estados Unidos, que construyeron diques incapaces de contener esta tormenta, cosa que sí pudieron haber hecho las aseguradoras privadas si se lo hubieran permitido. Pero en este accidente es prematuro asignar responsabilidades, decir que fue culpa de los burócratas o de personas en particular. Lo que sí está claro es el fondo de la cuestión. Un burócrata, un político, al fin de cuentas es una persona que coactivamente se arroga el derecho —o la "responsabilidad"— de tomar decisiones por muchas otras. Es de suponer que estas personas son incapaces de tomar decisiones tan "sabias" como los políticos. Es difícil creer que un político cómodamente sentado detrás de un escritorio y cuyo interés primario es acrecentar su poder, pueda estar más urgido a tomar una decisión correcta que los pilotos que se jugaban la vida y los usuarios que, en consecuencia, deberían asegurarse de que utilizan servicios confiables. Sólo Dios puede saber mejor que cada persona en particular qué le conviene en cada momento. Y este "endiosamiento" de los políticos llega al punto de que, cuando dejan de ser dioses, se deprimen mostrando que su vida no iba por carriles normales, sanos. Al profesor de psicoterapia, Eduardo Keegan le tocó atender a muchos que tenían fuertes depresiones tras dejar su cargo. "Mucha gente mezcla un cargo con el estatus personal. El teléfono sonando, la secretaria y un auto con chofer son manifestaciones del estatus. Cuando se pierde el poder, se da el fenómeno opuesto: nadie te hace ni un café". Mientras que son políticos, olvidan y hasta sacrifican a sus familias y, por cierto, siempre se van sabiendo que no han logrado sus propósitos, es que es imposible lograrlos: es que su "autoridad" se basa en la coacción, en el monopolio de la violencia, y con violencia no se construye nada.

Alejandro Tagliavini

Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

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