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Sábado 16 de Julio de 2016

Cuando los niños no saben qué hacer, juegan

Si la capacidad de amar y trabajar es el indicador inapelable de los adultos, el jugar lo es para los chicos.

Tiempo de vacaciones, tiempo libre alejado de las coerciones escolares y laborales. Paraíso de la infancia, las vacaciones interrumpen el tiempo rutinario e inaugura espacios/tiempos de libertad y creación. Aión, el Dios del tiempo preferido por los griegos, detiene a Cronos y desata esa pasión sublime de los niños por el juego, que inventa mundos.

   Si la capacidad de amar y trabajar es el indicador inapelable de salud y bienestar en el adulto, el jugar lo es, sin duda, para la infancia. El juego preserva al niño de las amenazas del mundo exterior como también lo protege de sus propias ansiedades y miedos. El juego abre un espacio de pacificación, creación y libertad donde los terrores innombrados se convierten en monstruos o villanos reconocidos y controlados, mientras la silueta fantástica del héroe da forma a los rostros del niño, modelando su subjetividad.

   El tiempo libre es necesario para el surgimiento del juego, también para toda forma de creación. Incluso el aburrimiento, que suele surgir de esa desprogramación inusual de la vida cotidiana y arroja al niño en una incomodidad banal e intrascendente que lo obliga a inventar.

   El ocio sitúa la urgencia del mundo imaginario. Invención de personajes, historias, escenarios donde sabe brillar el niño y fundamento también de las actividades "serias" del adulto (eso se ha dicho, entre otras, de la invención científica).

   Cuando no tienen qué hacer, los niños comienzan a jugar. Lección sublime, conocida por nuestros abuelos, reconocida por nosotros cuando la crisis energética suspende o interrumpe los ciberjuegos (¿juego?).

   Los deportes, esa forma de juego reglada e institucionalizada, son también espacios centrales del jugar y de la infancia. El mejor testimonio de ello ha sido la trascendencia histórica del potrero: allí, los niños ejercen su libertad inapelable sujetándose a las reglas del suburbio para soñar con un contexto mayor, de héroes y gloria (Maradona ha dicho que el famoso gol a los ingleses fue ensayado en el potrero de Villa Fiorito).

   Existe una leyenda sobre un muchacho pobre, vestido con harapos, descalzo, que tenía el pelo negro y parado hacia arriba como los criollos, que estaba permanentemente en los potreros del barrio de Arroyito, en las inmediaciones del club Rosario Central. Ese niño llegó a ser un ídolo popular por su habilidad para jugar al fútbol y fue incorporado a la primera división de Central para competir en los torneos de la liga local. La leyenda se transformó en el paradigma de la criollización del fútbol en la Argentina. La foto del muchacho apareció en la tapa de la revista Billiken en 1917, mientras la revista el Gráfico escribirá algunos años después sobre su historia.

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   El juego permitía construir un capital simbólico de clase, mientras ofrecía el reconocimiento de aquellos rasgos que modelaban los fundamentos de una virtuosa y genuina identidad. Sin controles o disciplinamiento extremos y sin estigmatizaciones humillantes el niño pobre encontraba en el potrero, en la asociación o en el club una alternativa a su posible desventura marginal.

   El jugar entonces no es sólo un privilegio de los niños, en ocasiones suele ser también un privilegio de clase, que asigna futuros a niños sin futuro, olvidados y sin historia.

   Finalmente, los juegos han tenido ?y tienen? su lugar en la cultura. Es posible localizar su presencia en los pueblos de la antigüedad, en la literatura de los tiempos originarios, en sus rituales más sagrados. Cuenta Homero, cómo Aquiles, luego de lavar el cuerpo sin vida de Patroclo, ordenó a sus guerreros que colocaran el cadáver en su lecho mortuorio y dieran tres vueltas a su alrededor, montados en sus hermosos caballos. Más tarde, oró a los vientos Bóreas y Céfiro para que hicieran arder la pira funeraria. Durante toda la noche, los dos vientos soplaron mientras Aquiles, gimiendo y sollozando, regaba con vino la tierra e invocaba el alma del difunto.

   Al amanecer, Aquiles ordenó apagar con vino lo que quedaba de la hoguera y recoger los huesos de Patroclo para guardarlos en la urna de oro, que debía ser custodiada hasta su muerte. Enseguida, preparó los premios para los juegos. Las carreras (de carros, de hombres), las peleas (el pugilato, la lucha, el enfrentamiento con espadas y escudos), los arqueros, las bolas acompañaban el ritual funerario junto a la invocación a los dioses y las genealogías divinas.

   Borges, más cerca de nosotros, sitúa el momento preciso en que los juegos ingresan en la cultura urbana, junto al tango e historias de malevos y suburbios porteños. En "Evaristo Carriego", Borges describe el barrio de Palermo y lo contrasta con el arrabal, su geografía limítrofe y su fama cuchillera: "Mil novecientos doce. Hacia los muchos corralones de la calle Cerviño o hacia los cañaverales y huecos del Maldonado —zona dejada con galpones de zinc, llamados diversamente salones, donde flameaba el tango, a diez centavos la pieza y la compañera— se trenzaba todavía el orilleraje y alguna cara de varón quedaba historiada, o amanecía con desdén un compadrito muerto con una puñalada humana en el vientre; pero en general, Palermo se conducía como Dios manda, y era una cosa decentita, infeliz, como cualquier otra comunidad gringo-criolla. (...) Ya la gimnasia interesaba más que la muerte: los chicos ignoraban el visteo por atender al football, rebautizado por desidia vernácula el foba".

   De un espacio al otro, el fútbol había ganado el centro (algunas años después llegará también al suburbio) y de ser una cosa de ingleses pasó a impregnar la vida cotidiana de principios del siglo veinte. En forma sucinta pero maravillosa, Borges cuenta cómo el baile (el tango) y los juegos (el fútbol especialmente, aunque no el único) tuvieron efectos pacificadores, que transformaron la cultura, sus valores, personajes y escenarios.

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