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Domingo 10 de Mayo de 2015

Cuando los libros abrazan a la gente

Ofrecen múltiples talleres y son el espacio ideal para que los vecinos se encuentren. Atraen a grandes y chicos en un micromundo que los invita a leer. Cómo se convirtieron en centros culturales barriales.

Hace 143 años, en el lejano 1872, nació la primera biblioteca popular de Rosario: la Escuela Consejo de Mujeres. Hoy hay más de veinticuatro de ellas repartidas por la geografía de la ciudad, con cientos de socios y miles de libros. Pero las épocas cambiaron mucho y estas instituciones también. Empujadas por las demandas de los barrios y ansiosas por contagiar el amor a la lectura fueron incorporando distintas modalidades, sobre todo talleres, que sirven como puerta de entrada al fascinante mundo de la literatura.

Están los que vaticinan la muerte del libro y la desaparición de la lectura en papel, pero basta un recorrido por estos auténticos oasis barriales para descubrir cómo el poder de la ficción sigue atrapando a grandes y chicos. El ansia por saber lleva a que sean muchas las personas, incluyendo a numerosos jóvenes, que buscan los libros con fervor. Claro que Google y Wikipedia consiguen la información a un clic, pero no lograron enterrar las páginas de papel, al menos no en las bibliotecas populares. Y la sorpresa más grande es que los niños son los primeros fascinados cuando abren los libros.

Cada una, un mundo. Cada barrio se podría describir a partir de su biblioteca popular. Allí se discuten las problemáticas de la zona, son punto de reunión de los vecinos y ofrecen la oportunidad de compartir espacios de recreación.

El ambiente de las bibliotecas es especial. Si bien en cada una de ellas se puede ver un micromundo distinto, hay algo en común en todas ellas: el clima de camaradería y familiaridad, y el trato cordial. No faltan los mates bien cebados, las personas que trabajan en forma voluntaria y los interminables ficheros, cada vez más automatizados.

Todo rezuma historias, algunas reales y otras ficticias. Pero sobre todo, las bibliotecas son una excelente excusa para encontrarse, charlar sobre algún tema que va desde algún libro leído o las noticias del día a un problema del barrio, o simplemente pasar un rato amable en compañía de buenos vecinos.

Este espíritu fraterno se mantiene en todas, pero cada una tiene su particularidad. “Responden a las necesidades de cada barrio” señaló un experimentado bibliotecario de Alberdi.

La biblioteca Homero —en Vélez Sarsfield 902— se destaca por facilitar textos escolares y cuenta con un sistema especial de préstamos anual. Por eso no es raro que por allí pasen padres con hijos con uniformes de diferentes colegios.

En la Biblioteca Juan Bautista Alberdi, de Zelaya 2089, hay de todo, pero pasan muchos socios por los talleres y cuenta con un reservorio especial de libros que cumplirán 100 años.

Y “la Cachilo” (Virasoro 5606, plena zona oeste) es una biblioteca llena de colores con muchos chicos subiendo y bajando las escaleras, algunos pintando, otros hojeando libros, otros consultando las computadoras y otros intentando aprender guitarra.

Cada una corresponde a un entorno propio y se nota el sentido de pertenencia de los socios, que cuentan con ellas, las frecuentan y se sienten libres de merodear los estantes de libros, sentarse a leer un largo rato o asistir a un taller de filosofía para empaparse de una disciplina desconocida.

“Las bibliotecas tienden a ser centros culturales porque brindan otros servicios a los socios según el lugar. En todas hay diferentes talleres y siempre grandes aspiraciones. Por ejemplo, la Vigil es una biblioteca popular que a su vez es modelo para las demás”, explicó la presidenta de la Asociación de Bibliotecas Populares de Rosario, María Luisa Carletti.

“La Pocho Lepratti (Virasoro 39 bis, en la zona sur) gira en torno al jardín de infantes que tiene porque es una necesidad del barrio. Lo más importante es que cubran las expectativas  del lugar, ya que las bibliotecas nacen de las necesidades que plantean los vecinos”, continuó.

Carletti señaló que la biblioteca “Casa de Luxemburgo, de Pasco al 4600, trabaja con una mutual. Por ejemplo, allí hay un taller de apoyo escolar para los chicos”, comentó. “Lo importante es que las bibliotecas son un medio para acercar el libro y el conocimiento a todas las personas”, recalcó.

La mayoría de las bibliotecas cuenta con apenas una persona rentada. El resto son voluntarios que dedican su tiempo a facilitar la lectura, organizar talleres y actividades.

Muchas son frecuentadas sólo los días de semana, en cambio otras tienen tupidos sábados y domingos. Por ejemplo, la Cachilo suele realizar diversas actividades los sábados y puertas afuera, como en la plaza del barrio, o en la sala de espera de un hospital, con el objetivo de que más vecinos se animen a recorrer los pasillos y se dejen seducir por la lectura.

Los socios. Marcos tiene 10 años. Cuenta que leyó “Condorito” y aprovecha a mirar los libros mientras su mamá asiste al taller de pintura de la biblioteca Juan Bautista Alberdi, de Zelaya 2089, donde se están preparando para celebrar los 80 años. El niño es uno de los tantos pequeños socios que aseguró empezará a incursionar en la colección “Elige tu propia aventura”.

En esa misma biblioteca, Alana es una asidua socia. Tiene nueve años y asegura que le encanta leer, hasta tiene su rincón propio donde despliega los libros. Dice que el que más le gustó fue Mujercitas, el clásico de Louise May Alcott. Además, aprovecha para asistir a las clases de inglés y de italiano en la misma biblioteca.

Gladys Villén es la mamá de Marcos. Tiene 45 años y trabaja por la mañana. Por la tarde asiste al taller de pintura que se dicta en esta biblioteca. “Mientras Marcos va a gimnasia, yo me vengo a leer”, cuenta la mujer, que prefiere los libros de psicología. Gladys es una de aquellas que, a pesar de que solo hace un año es socia, ya trabaja como voluntaria en el lugar ayudando en los talleres para los más chiquitos.

Merodeando por la biblioteca y cebando mates está Héctor Ferragutti. Es el “alma máter” del lugar y pertenece a la comisión directiva desde hace más de quince años. Ha visto crecer y transformarse a la biblioteca. Es apasionado por los libros. Se resiste a las entrevistas, pero entre mate y mate relata que el lugar cambió mucho. Físicamente, porque se agrandó para poder alojar más libros, hasta el funcionamiento. “Hoy la gente conoce el sitio porque se anota en los talleres y cuando viene a las clases descubre la biblioteca, que cuenta con ochenta mil volúmenes”, señala.

La cara visible de esta biblioteca es Susana Marasciuolo, que atiende a todos los que llegan con distintos requerimientos. Algunos van a leer el ejemplar de La Capital del día. Otros, a pedir libros o anotarse en algún taller. Eso sí, no faltan la cordialidad y la conversación amena y cercana con todos. Susana los conoce por el nombre de pila y sabe qué tipo de libros y autores son sus preferidos.

Arte y lectura. La biblioteca Cachilo, en pleno barrio Villa Urquiza, es un verdadero enclave artístico. Allí los sábados a la mañana los chicos tocan el timbre para asistir al taller de dibujo o de guitarra, y los papás van con los más chiquitos para leerles cuentos. A la tarde siguen las actividades sin parar. Hay teatro, juegos, canto, ajedrez, acrobacia, tela y fotografía, entre otros talleres.

En una larga mesa unos diez chicos dibujan rostros. Leandro Ledesma, tiene 12 años, está en primer año de la escuela y muestra orgulloso la cara de una compañera que dibujó y pintó con lápices de colores. “Vengo desde que tengo siete”, cuenta desenvuelto quien ya hace tres años que participa del taller de arte. Vive muy cerca y no se pierde nunca las clases. Además, ya estuvo deambulando por las estanterías repletas de libros que hay en el primer piso del local. “Me leí Gaturro y el cuento Irulana y el Ogronte”, cuenta divertido.

Su compañera y modelo, Bianca Casá, tiene 13 años y hace dibujo desde que supo que existía el taller. Reconoce que le gusta mucho más dibujar que leer, aunque se llevó un libro de la biblioteca (que aún no logró terminar).

En el piso superior, Jaquelina Milán es la bibliotecaria que recibe a los socios, atiende el timbre, busca las fichas y acomoda los libros. Es difícil verla quieta un sábado por la mañana cuando “la Cachilo” como le dicen los socios, está en pleno movimiento.

A la par que en la planta baja están los chicos y a continuación los adultos en el taller de arte, otros están en clase de guitarra, otros en las computadoras y otros simplemente dando vueltas por ahí. Hay mucha vida en el sitio.

También hay pequeños con libros abiertos muy cerca de la biblioteca, en un espacio lleno de almohadones de colores pensado para que los más chiquitos se acerquen a los libros. Allí van papás que les cuentan cuentos a sus hijos.

Jaquelina es una de las tantas voluntarias que hace quince años trabaja en la biblioteca. “Acá nadie hace una sola cosa, hacemos de todo”, confiesa la mujer, que principalmente se ocupa de la parte técnica, arma el catálogo, ordena los libros, atiende a los socios y también recorre la ciudad con el Expreso Cachilo, donde trasladan libros a lugares insólitos, con el único objetivo de llevar la lectura a todos lados.
“Los talleres son muy concurridos y a través de ellos los participantes se empiezan a acercar a los libros. Para nosotros es más fácil que lean los chicos que los adultos”, manifestó.

La bibliotecaria explicó que los adultos llegan con prejuicios y excusas del tipo “no tengo tiempo” o “qué voy a leer a esta altura de mi vida”, y en cambio “los chicos se dejan fascinar con los libros. Basta que los abran para que se pongan a leer”, dice.

La Cachilo cuenta con 300 socios entre adultos y niños, y veinte mil libros. Sobre todo se destaca la gran cantidad de literatura infantil. De hecho, allí funciona una bebeteca.
La mujer reconoce que debido a internet los chicos, sobre todo los adolescentes, ya no recurren a las enciclopedias ni a los manuales. “Allí tendrían la información más ordenada, pero prefieren la web”, apunta.

Por eso en la biblioteca instalaron unas computadoras con acceso a internet para que los chicos puedan hacer su búsqueda de información y luego imprimir el material que necesitan.

En definitiva, la biblioteca es un gran espacio de contención y de desarrollo de la creatividad y la parte artística. “En nuestro barrio no hay nada parecido y acá viene mucha gente que se siente muy bien”, comentó una vecina que participa del taller de arte y vive frente a la biblioteca.

La mujer reconoció que “los chicos encuentran mucho afecto y contención, y de esta manera no están en la calle”. El profesor de arte, Ariel Gabiniz, comentó que “los pibes pasan casi todo el tiempo que pueden aquí en la biblioteca, desde que abre hasta que cierra, se sienten bien, y a través del arte se puede aprender mucho”, acotó.

“Mi mayor orgullo es que muchos de los chicos que pasaron por acá ahora están estudiando arte, danza y teatro. En la adolescencia los chicos desaparecen, pero está bueno ver cómo después vuelven y quieren ayudar en los talleres donde ellos participaron”, comenta el “profe”, como lo llaman los alumnos.

Todo comenzó con el ajedrez. La biblioteca Homero nació en 1936 como un club de ajedrez y de hecho así se la conocía. Con la misma fisonomía de entonces hoy sigue con su taller del juego ciencia, pero incorporó más de treinta mil volúmenes y es una biblioteca muy consultada, sobre todo por escolares. Es que la Homero cuenta con un sistema único en Rosario. “Se prestan los libros escolares por todo el año lectivo. Y le compramos un texto nuevo al socio que lo necesita”, explicó Mirta Fernández, de la comisión directiva.

La llegada de internet a los hogares mermó la cantidad de visitantes a la biblioteca, que antes tenía casi 130 personas por día y hoy sólo cuenta con un 30 por ciento de esa cifra.
La Homero cuenta con una amplia sala y en el centro una antigua mesa de lectura de madera que invita a desplegar un diario o un libro. Sobre las estanterías lucen enormes trofeos. Son de los campeones de ajedrez que salieron de la biblioteca.

Está el cartel de “silencio”, pero es muy difícil mantenerlo cuando llegan las socias. Se conocen, charlan, son vecinas de toda la vida de la biblioteca. Ellas prefieren las novelas románticas o históricas. Entre los autores buscan a Florencia Bonelli, Danielle Steel o el reciente megaéxito 50 sombras de Grey, “una especie de Corín Tellado corregido y aumentado”, apunta divertida Fernández. También son muy solicitados autores como Stephen King, Ken Follett, Sidney Sheldon, Wilbur Smith o María Dueñas. En cambio los hombres prefieren leer suspenso, John Katzenbach o  Henning Mankell.

Otra nota distintiva de esta biblioteca es el “delivery de libros” que hace la misma Mirta. Ella es la que lleva los libros a la casa de los socios que por dificultades motrices no pueden llegar personalmente. Pero como es apasionada por la lectura, no quiere que nadie se la pierda. Y los socios lo agradecen enormemente.

Se nota su calidez. Las socias admiten que les encantan los libros, pero aman la biblioteca por lo bien que las tratan allí.

 

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