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Domingo 27 de Noviembre de 2016

Cuando la angustia lo domina todo

En un ataque de pánico la persona queda paralizada y su psiquis se desorganiza. Por qué no hay que "tapar" el sufrimiento y es necesario ir a la raíz del problema. Qué pasa con los adolescentes. Abordajes actuales

Cuando una persona sufre un ataque de pánico queda presa de una gran angustia, reacciona como alguien que sorpresivamente se encuentra ante un peligro repentino, enorme. Sobreviene un estado de no preparación psíquica para enfrentar lo que le pasa. El individuo (niño, adolescente, hombre o mujer) no puede protegerse, y siente que tampoco está a su alcance articular las defensas necesarias que le permitirían resguardarse. Prevalece entonces una sensación de desorganización psíquica, de "arrasamiento" subjetivo, quedando paralizada la persona, y no pudiendo reconocerse a si misma en ese estado.

¿Cuáles son los síntomas más frecuentes del ataque de pánico? Aparecen alteraciones corporales —desde palpitaciones rápidas o violentas, dolores u opresión en el pecho, vértigo, mareo o náusea, dificultad para respirar y entumecimiento en las manos, hasta sofoco o escalofrío—; ideas raras, oscuras, un intenso miedo a morir. Un agudo sufrimiento psíquico predomina en todos los casos. Estos episodios pueden durar minutos u horas, ser aislados o convertirse en frecuentes.

Ante una situación amenazante concreta, reaccionamos con cierto grado de angustia, como señal de alarma que nos ayudaría a resolver el peligro inesperado. Pero en estos casos, este peligro no es real, ni externo al sujeto. No hay nada frente a la persona que amenace su supervivencia. Aparece una angustia masiva sin que medie una causa precisa que la provoque. Las circunstancias en las que puede aparecer este tipo de angustia son cotidianas, usuales, habituales, incluso puede suceder cuando la persona está relajada haciendo algo que le gusta.

Ante este padecimiento, suelen buscarse en vano estrategias defensivas, que en la fantasía de quien tiene el ataque puedan protegerlo de lo que le está pasando, en un intento desesperado para encontrar seguridad frente a la amenaza que representan las expresiones que provienen de su propio cuerpo.

Alguna de estas acciones son: ir siempre acompañado, llevar una botella de agua, toallitas húmedas para tolerar el calor, un poco de sal o azúcar para levantar la presión, tener el celular en la mano, pastillas para la garganta, amuletos que lo cuiden, evitar asistir a lugares muy concurridos.

Las estrategias a las que se recurre son numerosas, pueden ser conductas evitativas, que los distraigan, que les hagan pensar en otras cosas, para no focalizarse en las señales que expresa su cuerpo.

Entretenerse con otros estímulos como contar, rezar, repetir frases, hablarse a sí mismo, usar técnicas de respiración y meditación, tener una cábala que lo proteja. Todo lo que sea posible para desconectarse de estas sensaciones corporales tan temidas. Lo cierto es que se quiere manejar y controlar pero no es posible porque estos acontecimientos justamente se les van de las manos.

La angustia, protagonista indiscutible, no es un síntoma en sí mismo sino que es constitutiva, forma parte de la estructura psíquica del sujeto. Podemos describir al ataque de angustia, como una angustia masiva que irrumpe, invade, ocupa a la persona.

Este sentimiento queda separado de toda representación, contenido ficcional. Es decir, no está unido a una palabra que pueda dar algún sentido a esta sensación tan intensiva, asfixiante, arrasadora, que coloca al sujeto en un mal lugar.

Ante esto el sujeto no entiende qué le sucede en su cuerpo, se pregunta, con frecuencia: ¿por qué me pasa esto a mí?. Sienten que no pueden defenderse, que no saben escapar de ese malestar. Son sentimientos que lo sobrepasan.

Las personas con pánico — las que lo sufren crónicamente— tienen una tendencia a concentrarse y prestar mucha atención a los síntomas físicos que padecen. Concurren frecuentemente a guardias médicas, consultan a clínicos y especialistas, y se realizan una gran cantidad de estudios y exámenes médicos. Esos síntomas que la persona padece como reales, no aparecen detectables por lo general en un examen clínico. Para la medicina "usted está sano".

Las causas que originan estas crisis quedan separados de la reacción, permaneciendo muchas veces en la oscuridad, como desdibujadas y desvinculadas de la situación y son ignoradas por el sujeto. En cambio, adquieren relevancia los síntomas físicos: de aquí en adelante la persona va a estar muy pendiente de cada signo que surja, de que se convierten en un anticipo de "lo temido".

Estas crisis exteriorizan que algo está pasando. Como la fiebre o el dolor en el organismo que denuncian alguna dolencia física. Sí, hay algo que está aconteciendo y que puede ser más o menos enigmático, que se presenta para ser interrogado.

Las causas inconscientes se muestran de maneras diferentes, dependiendo de cada historia en particular. Son la expresión de un conflicto interno que el sujeto lo resuelve de manera patológica y equivocada manifestándose a través de estos síntomas somáticos y psíquicos. Así, estos pueden aparecer como consecuencia de situaciones traumáticas que no han podido ser procesadas simbólicamente y quedan alojadas en el cuerpo.

¿Cuáles pueden ser los desencadenantes de un ataque de pánico? Muchas veces el ataque de pánico surge luego de un acontecimiento doloroso, como el fallecimiento de un ser querido o una vivencia traumática. Otras veces puede presentarse en situaciones que en sí mismas no son traumáticas pero se relacionan con cuestiones especiales de la historia subjetiva, o con acontecimientos ligados al crecimiento de la persona que pueden ser vividos como amenazadores y peligrosos. Y pueden darse en la adolescencia, esa etapa tan particular en la que el adolescente está inmerso en un proceso de cambios físicos, psíquicos y emocionales muy profundos que lo dejan en un estado de vulnerabilidad y fragilidad, en el cual deberá realizar un verdadero trabajo psíquico, que supone esfuerzo, energía y la creación de lo nuevo.

Hay una tendencia muy marcada en la actualidad a la utilización del tratamiento psicofarmacológico en lo referido al malestar subjetivo de niños y adultos. Con la promesa de la eliminación de los síntomas manifiestos se crea la ilusión de una solución rápida del problema cuando en realidad, lo que solo se logra es el taponamiento del padecimiento psíquico. La angustia queda apresada por la medicalización. La angustia como testigo del fracaso de este tipo de tratamientos que intenta limitar las causas de la problemática a un desequilibrio neuroquímico.

La medicación es necesaria, muchas veces, en forma temporal y especifica, cuando el nivel de angustia es muy intenso, tanto que imposibilita al sujeto comenzar a hablar sobre lo que le ocurre. Pero unificando a los pacientes bajo un único diagnóstico, y tratándolos a todos por igual, se borran las singularidades que los hacen únicos.

Frecuentemente se utilizan las pastillas para atontar y empobrecer al paciente en su capacidad de ser hablante transformándolo en un ser sobreadaptado a la vida. Buscando, de esa manera, solucionar el problema rápidamente, o al menos, momentáneamente.

A partir del psicoanálisis es fundamental recuperar la confianza en el sujeto y en su discurso, en lo que tiene para decir, para comunicar. Y rescatar, buscar el aspecto singular de cada caso etiquetado como ataque de pánico.

Lo mejor es abrir el camino de la particularidad de esa persona a través de su palabra, sus recuerdos, sueños, situaciones pasadas. Reconstruir la trama subjetiva. Reescribir su historia a través de sus pasos, rehacer la escena de lo vivido que comience a echar luz sobre su padecer.

Cecilia Pedro

Psicóloga

Especial para Más


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