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Domingo 15 de Noviembre de 2015

Cuando el mundo ya no es

¿Quién se abraza a las ruinas de lo que conoce aunque ahí afuera el invierno amenace sin piedad?

1. El mundo ya no es. Quedan los restos, despojos de la civilización extinta, arrasada por un virus implacable al que algunos pocos, aquí y allá, resultaron ser inmunes. Cuando el hombre del martillo se adentra en una silenciosa Nueva York, recorre las avenidas desiertas con la sensación de una mano cerrada en torno a su garganta. Aunque lleva un tiempo en ese mundo desolado, la imagen de ese espectro de ciudad en que se ha convertido una de las urbes más populosas del mundo —con un bisonte que se pasea por el Central Park, un transatlántico encallado cerca de la estatua de la Libertad y una fina capa de polvo que lo cubre todo— no puede más que perturbarlo. Entonces, cuando Isherwood Williams —el protagonista de La tierra permanece, esa fantástica novela de George Stewart— oye que alguien lo llama y se encuentra con una pareja de sobrevivientes que no se ha movido de la ciudad, tiene lugar una escena menor que sin embargo es una de mis favoritas. Milt y Ann no se conocían de antes: los había juntado el fin del mundo. Pero no parecen haberse aferrado el uno al otro por el pragmatismo de la supervivencia ni porque les preocupara el futuro de la humanidad y se sintieran en la obligación biológica de repoblar la tierra. Parecen haberse juntado, más bien, como si a sus respectivas soledades no les quedara ninguna otra opción. Son dos sobrevivientes, en una ciudad desolada. ¿Qué más pueden hacer? Y sin embargo, cuando Ish se queda a pasar la tarde y luego a cenar en la casa que han ocupado, asiste a una pantomima de vida social que irradia una tristeza ineludible.

2. Con algunas tensiones subterráneas parecerían personajes de Cheever probando suerte en otros géneros: un matrimonio de los suburbios mudado a la fuerza a una ciudad posapocalíptica en la que no sabe cómo moverse. Anne toma martinis calientes —se queja, en algún momento, de que tendrá que pasar todo el verano en Nueva York sin una pizca de hielo, como si el verdadero problema de la desaparición de la humanidad fuera la imposibilidad de enfriar los cócteles que toma a toda hora— mientras Milt se inclina por licores y coñacs que no requieran frío. Juegan al bridge, escuchan discos en un fonógrafo portátil —uno de los pocos momentos en los que se revela la verdadera edad de la novela, que data de 1951 y casi no ha envejecido—, beben y conversan sin apuros. "La comedia estaba bien interpretada", dice el narrador. "Nadie insinuaba que detrás de los vidrios no hubiese un mundo; se jugaba a las cartas a la luz de las velas porque era más divertido; no había recuerdos ni alusiones inconvenientes. Ish comprendió que así era mejor. La gente normal, y Milt y Ann eran ciertamente normales, no se interesaba mucho en el lejano pasado o el lejano futuro. Vivía sobre todo en el presente".

3. Y entonces dice que viven en Riverside como náufragos en una isla desierta. Ninguno de los dos tuvo nunca un auto ni necesitó aprender a manejar —quién iba a prever que un día desaparecería el mundo, y el transporte público con él—. El mundo se reduce a lo que pueden alcanzar en sus caminatas: Broadway al este, el río al oeste. Un mundo de cinco kilómetros. "En ese estrecho dominio no había, creían, otros seres vivos. Del resto de la ciudad sabían tanto como Ish. La orilla izquierda estaba tan lejos como Filadelfia. Brooklyn era una región tan fabulosa como Arabia". Se las apañan para no aburrirse demasiado. Juegan a las cartas sin desmayo, apostando sin pudores —Ann ya debe millones de dólares, pero quién puede interesarse en sus finanzas cuando el mundo es un recuerdo—, escuchan discos todo el tiempo y leen novelas policiales que recogen en sus recorridas y luego dejan desparramadas por cualquier parte. Y se atraen mutuamente, lo que no es un tema menor cuando hay tan poco por hacer. Pero, aunque no se aburren, tampoco sienten placer por la vida. "Nueva York, su mundo, había muerto, y no lo verían vivo otra vez. No mostraron ningún interés cuando Ish quiso hablarles del resto del país. Si Roma perece, perece el mundo." A la mañana siguiente, cuando Ish se dispone a partir, le piden que no se vaya enseguida. Le piden, incluso, que se quede para siempre. Pero aunque ninguno de los sobrevivientes con los que se había cruzado le había caído tan bien como esos dos, se siente incapaz de compartir su destino y decide seguir rumbo hacia el Oeste. No quiere pensar que será de ellos cuando llegue el invierno. "Los ciudadanos Milt y Ann no sobrevivirían a la ciudad. Pagarían el precio que la naturaleza exige siempre a los organismos demasiado especializados. Milt y Ann —el joyero y la vendedora de perfumes— eran incapaces de adaptarse a nuevas condiciones de existencia." La imagen, no sé por qué, me pega como un martillazo.

4. Es que al fin y al cabo, el mundo puede parecer que se termina de tantas formas posibles, en tantas circunstancias diferentes —aunque a veces el tiempo se encargue de poner las cosas en su lugar y demostrar que los supuestos finales muchas veces no son más que los principios de otras cosas— que eso pasa a segundo plano y lo que importa no es cómo, ni cuándo, ni por qué, sino quién. ¿Quién de nosotros es Ish cuando el mundo ya no es? ¿Quién es Milt, quién es Ann? ¿Quién avanza hacia geografías distantes, trazando a cada paso la cartografía del porvenir? ¿Quién se aferra, en cambio, a los despojos del pasado aunque allí afuera no aguarde más que el deterioro inevitable, el lento pero irrefrenable desgaste de lo que ya no es ni será? ¿Quién se abraza a las ruinas de lo que conoce aunque ahí afuera el invierno amenace sin piedad? ¿Quién avanza sin mirar atrás, aunque el rumbo emprendido sea incierto? Me gusta creer que, cuando el mundo ya no es, todos tenemos nuestros momentos Milt y nuestros momentos Ish. Lo difícil no es avanzar cuando todo se derrumba alrededor, ni quedarse cuando todo se ve firme y acogedor. Lo difícil, supongo, es reconocer cuándo la esperanza irrenunciable se transforma en resignación, y nos encontramos buscando hielo para la bebida sin ver que el invierno, implacable, vendrá a congelarlo todo.

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