Edición Impresa
Jueves 13 de Junio de 2013

Cuando el deporte se transforma en arte

En su correspondencia con el narrador estadounidense Paul Auster, recientemente publicada, el novelista sudafricano y premio Nobel de literatura J. M. Coetzee reflexiona sobre el entrecruzamiento entre deporte y arte...

A Alejandro Cachari
y Mauricio Tallone


En su correspondencia con el narrador estadounidense Paul Auster, recientemente publicada, el novelista sudafricano y premio Nobel de literatura J. M. Coetzee reflexiona sobre el entrecruzamiento entre deporte y arte: "Coincido contigo, Paul —escribe— en que ver deportes por televisión es en gran medida una pérdida de tiempo. Pero hay momentos que no son ninguna pérdida de tiempo, como por ejemplo los que tenían lugar de vez en cuando en la época dorada de Roger Federer". Tras expresar su perplejidad ante el talento del gran tenista suizo, Coetzee intenta una explicación: "Uno empieza envidiando a Federer, de ahí pasa a admirarlo, y por fin termina ni envidiándolo ni admirándolo, sino exaltado ante la revelación de lo que puede hacer un ser humano, o por lo menos uno como él. Y considero que eso se parece mucho a mi respuesta a las obras de arte a las que he dedicado mucho tiempo (de reflexión y análisis), hasta el punto de tener una buena idea de lo que contribuyó a su creación: puedo ver cómo se hicieron pero jamás las podría haber hecho yo, están fuera de mi alcance; pero fueron hechas por un hombre (de vez en cuando una mujer) como yo; ¡qué honor pertenecer a la especie de la que ese hombre (o de vez en cuando mujer) es representante! Y llegado este punto ya no puedo distinguir lo ético de lo estético".

La belleza, se sabe, parece en cierto punto la única justificación de la existencia humana. Y en el deporte, específicamente en el tenis, hay belleza cuando el que juega es Roger Federer.

El tenis es una música que se ejecuta con todo el cuerpo. Pero el cuerpo dura un suspiro. Y entonces, como los grandes bailarines de ballet, como Vaslav Nijinsky, como Rudolf Nureyev, Federer deberá dejar de volar —de danzar— algún día. Tristemente, para que caiga el telón ya no falta mucho.

Qué importa si ha sido el mejor de todos los tiempos o tan sólo uno de los mejores. Importa, y cuánto, que su felina gracia, su señorial impronta, su insólita capacidad para plasmar sobre una cancha lo impensable, lo aparentemente imposible, se desvanecerán con su ausencia. En los courts sólo quedarán, entonces, los titanes del poderío físico y la resistencia inhumana: Rafael Nadal o Novak Djokovic, que son robles. Mientras tanto, el junco —que conjuga gracilidad y fortaleza—, el inefable bailarín, el hombre que dibuja con su raqueta las más inverosímiles filigranas, el cómplice del milagro, el descendiente del viento, permanecerá en la memoria como uno de los máximos ejemplos del deporte hermanado con el arte.

Su carrera es sinónimo de éxito, territorio de récords, ejemplo de logros en ese terreno que muchos envidian: el de la pura cifra, el de los títulos. Él ganó más Grand Slams que nadie. Fue quien durante más tiempo ostentó el número uno del ranking mundial. Sin embargo, lo que torna único a Federer —como a Pelé, Maradona o Messi, como a Sugar Ray Leonard o el Intocable Nicolino Locche— es la dimensión estética de su genio deportivo. Quienes se conmovieron con sus triunfos no son sólo admiradores del gladiador, del hombre que con su fabulosa destreza confrontó contra la potencia sin límites, sino de su arte. Roger Federer es un gran campeón, pero antes que nada, es un artista.

Igual que todos los genios, carece de reemplazo. Y aunque el tiempo, que a todos doblega, termine por consumir el fuego que brota de su mano derecha, el olvido tampoco logrará derrotarlo.

Gloria eterna al campeón, y un sencillo agradecimiento al artista: él ha hecho, simplemente, que nuestra vida sea más hermosa.

Comentarios