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Domingo 26 de Julio de 2015

Cuando el bandoneón se toca a la manera rosarina

Muy pocos conocen el notable protagonismo que tuvo y tiene la ciudad en el desarrollo del tango. El instrumento que simboliza al dos por cuatro cuenta con una prestigiosa escuela de raíz local. Una historia donde se mezclan el talento y la bohemia.

Durante el último tercio del siglo XIX comenzó a gestarse en Buenos Aires un género musical destinado a ser el elemento identificatorio más genuino de la cultura nacional. De tono retozón y compadre, con aires de criollo, fue creciendo el tango. Luego, conforme la Gran Aldea se convertía en cosmópolis, el tango supo ir mixturando su textura con otras expresiones. Y en esa búsqueda incesante de lo diferente, incorporó un instrumento inusual, que venía de muy lejos. Con su voz lastimera, el bandoneón le imprimió un toque melancólico que registraba el dolor del desarraigo y ofrecía la posibilidad de síntesis a ese fenómeno cultural tan diverso. Así, a medida que el tango fue cobijando los elementos relegados y olvidados por la Generación del 80, el fueye se fue convirtiendo en el paradigma del género.
Rosario, por sus características de ciudad puerto, no quedó al margen de este proceso de asimilación y desarrollo. Un ligero análisis del fenómeno permite comprobar la enorme cantidad de músicos, cantantes y bailarines formados en nuestra ciudad  que, con mayor o menor trascendencia, lo cultivaron.
En efecto, el aporte rosarino al tango ha tenido un carácter proverbial en todos los aspectos, desde las formas bailables particulares que se gestaron desde el Saladillo a Pichincha hasta la técnica musical en cada uno de los instrumentos utilizados.
A mediados de la década del 30, y con un proceso bastante parecido al de Buenos Aires, se fueron afianzando en Rosario agrupaciones que se convertirían en las grandes orquestas de las décadas del 40 y 50. Sin embargo, Buenos Aires siempre fue una luz fulgurante que encandilaba voluntades, el lugar a donde todos soñaban llegar un día.
Fue ese canto de sirena el que provocó que, en plena Década Infame, se encontrara en la Capital una pléyade de bandoneonístas provenientes de nuestra ciudad. Y los resultados no se hicieron esperar. Provocaron tal admiración que pronto comenzó a hablarse de una ignota “Escuela Bandoneonística Rosarina”. Los nombres que dieron origen a esta primera caracterización fueron, principalmente, cuatro: Antonio Ríos, Julio Ahumada, Deolindo Cazaux y el Vasco Guillermo Uría. Muy pronto, otros nombres mayores reforzaron filas: Félix Lipesker, Fernando Tell y Domingo Mattío.
En cuanto a la designación de “Escuela Bandoneonística Rosarina”, no remitía a ningún establecimiento educativo formal, ni siquiera a un docente particular que hubiese impuesto su jerarquía sobre los conceptuados. No obstante, en este sentido puede decirse que Abel Bedrune y Juan Rezzano mucho han tenido que ver en la formación de la mayoría de ellos.
Si aceptamos esto como referencia, nuevamente nos encontramos con una muestra más de que la diversidad es la que genera las mayores riquezas. Decimos esto pues las raíces de este movimiento bandoneonístico no nacieron, ni siquiera se criaron en la ciudad, pues Bedrune era de Buenos Aires y Rezzano de Castiglione, Italia.
La técnica utilizada y la búsqueda estética de los iniciadores de la “Escuela Bandoneonísitca Rosarina” se inscribió en el desarrollo evolutivo que venía teniendo la ejecución del bandoneón en Buenos Aires. Recordemos que el instrumento llegó al río de la Plata sin el menor instructivo por lo cual, de a poco, se tuvieron que ir desentrañando sus secretos. A los primeros en alcanzar mayor solvencia en su ejecución, como Arturo Berstein o Eduardo Arolas, les sucedieron dos hombres que marcarían las tendencias bandoneonísticas de las que díficilmente podrían alejarse sus pares en el futuro. Son los nombres de Pedro Maffia y Pedro Láurenz quienes marcarían las escuelas fundamentales del instrumento. Los dos Pedros coincidieron durante algún tiempo en el Sexteto de Julio De Caro, donde encontraron la libertad necesaria para descifrar un sinnúmero de posibilidades dentro del bandoneón. Con ellos, la mejoría en la calidad de sonido del instrumento fue definitivamente otra y la técnica, y hasta el terreno armónico, sufrirían cambios decisivos.
Así, tomando los recursos expresivos de Maffia y el mensaje bravío y la sonoridad brillante de Láurenz, Ríos, Ahumada, Casaux y Uría crearon un estilo propio que se convertiría en una marca para los instrumentistas rosarinos.
Pero esa solidez interpretativa que mencionábamos no se limitó a ese pequeño grupo consignado ni se agotó con el paso del tiempo.

El aporte bandoneonístico rosarino continuó su curso y muchos fueron los nombres que brindaron su aporte.
Y si bien en un principio, la pertenencia a la citada “Escuela” aludía a las características mencionadas, más tarde el mote pasó a abarcar a todos los fueyeros de la Chicago Argentina que mostrasen virtudes destacables, aunque sus particularidades fuesen otras. 
Entre los que continuaron la senda de aquella primera camada merecen nombrarse Ángel Bellía y Rodolfo González “Gonzalito”, quienes alguna vez también probaron suerte en la Capital; Julio Barbosa, fueye tanguero por excelencia de inestimable calidad sonora; José Brondel, cultor del sonido bandoneonístico de Antonio Ríos; Heraldo Colombetti, Agustín Garnero y Marcelo Bomprezzi. Además, deben inscribirse dos nombres de relevancia y con particularidades propias: Omar Torres, pieza fundamental en la evolución del tango rosarino, que se destacó tanto como arreglador e instrumentista, y José Dames, reconocido como uno de los mayores melodistas del género.
Esa continuidad, sin embargo, debió sobreponerse a embates de distinta índole. Después del apogeo que se logró durante la década del 40 y parte del 50, el tango sufrió una crisis sin precedentes, en la que se vieron afectadas las principales fuentes de trabajo de sus músicos: los bailes populares y las radios. Fueron muchos los motivos que condujeron al género por la pendiente, pero el accionar de la industria del entretenimiento ha sido, sin dudas, determinante. Así, aparecieron en escena programas de radio y TV apostando a una música rápida y fácil, que pretendía despojar totalmente a la creación artística de todo lo que no fuera apto para el consumo comercial. Las compañías derivaron sus inversiones hacia estas propuestas, aplicando un sistema de difusión poderoso y aprovechando tanto una coyuntura sociocultural particular como ciertas grietas que el tango aún no había terminado de resolver. Mientras los medios de comunicación se ocupaban en asociar al tango con lo cursi y lo anticuado, la mayoría de las orquestas comenzaron a desaparecer. Así, el tango fue perdiendo su preminencia social y consagrados ejecutantes o directores debieron buscar nuevos trabajos.
Pero aun durante la crisis, la Escuela Bandoneonística Rosarina se mantuvo en los primeros planos de nuestra música popular: Rodolfo “Cholo” Montironi, Osvaldo “Marinero” Montes, Víctor Lavallén, Néstor Marconi y Walter Ríos, fueron algunas de las figuras del momento. Y así como algunas décadas antes unos muchachitos deslumbraron a la gran ciudad, en la década del 70 maestros de Buenos Aires como Atilio Stampone o Héctor “Chupita” Stamponi no se cansaban de repetir: “Parece que el bandoneón cuando llegó de Alemania pasó primero por Rosario”. Mientras tanto, cuando a Pichuco le decían que era el mejor bandoneonista del mundo, él respondía con su voz en re menor que “el mejor bandoneonista del mundo está en Rosario y se llama Antonio Ríos”.
En los últimos años, de modo inesperado, hemos visto cómo el tango fue recuperando terreno, resurgiendo inesperadamente de un extendido letargo. Y Rosario, de nuevo, proyectó una cantidad de bandoneonistas de probada jerarquía. En esto tuvieron mucho que ver tres nombres que resultaron nexos generacionales. A los ya nombrados Omar Torres y Rodolfo Montironi, debemos agregar el de Domingo Federico que, si desde su llegada a Rosario en 1957 se transformó en una referencia ineludible para los demás directores, con la creación en 1994 de la cátedra de bandoneón en la Facultad de Música de la UNR, su labor docente resultó esencial para las nuevas generaciones.
De los bandoneonistas contemporáneos, mencionamos a Cristian Gustaffson, Alicia Petronilli,  Damián Torres, Gerardo Agnese, Carlos Quilici, Carlos Moyano, Alejandro Bruschini, Leonel Capitano, Sebastián Jarupkin, Lucía Coggiola, Ignacio Claramonte, Guido Gavazza, Claudio Bergese, Agustina Taborda, Marcos Llopart, Mariano Asato, Santiago Federici y Andrea Belén Plouganou, entre muchos otros.
Es difícil arriesgar qué derrotero deberá transitar el tango en el futuro ni qué nuevas formas le deparará el tiempo. Si hay algo seguro es que el despliegue y la calidad que ha demostrado en nuestra ciudad durante los últimos años auguran una, todavía, larga vida al chamuyo del bandoneón.

La vida en orsai

Entre los iniciadores de la Escuela Bandoneonística Rosarina Ahumada y Ríos fueron, sin dudas, las dos personalidades más destacadas. Ambos son ubicados por los especialistas entre los más grandes intérpretes del instrumento.
Desde sus comienzos en Buenos Aires, encontramos a uno y a otro como primeros atriles en las orquestas más importantes y, más tarde, mostrando singular jerarquía como arregladores y hasta como directores de orquesta.
La pregunta es, entonces, por qué sus nombres no trascendieron más allá de los muros del género. Y la respuesta es una sola: la impenitente bohemia.
Sus vidas fueron paralelas que se unieron de modo incesante. Se conocieron en la casa de Abel Bedrune, su maestro de bandoneón y el primer director de orquesta que los incorporó a sus filas. Desde ese momento, compartieron una hermandad tanto terrena como espiritual.
La noche y las copas formaron parte inexorable de sus carreras artísticas, y las anécdotas al respecto son parte del bagaje oral más preciado de la tanguidad.
Y Rosario formó parte de ese halo de leyenda que hoy se teje sobre esos personajes. Cuando Ríos había regresado a la ciudad, Ahumada venía a visitarlo con frecuencia. Algunas veces se encontraban en el boliche de Buenos Aires y Ayolas, barrio de Tablada y territorio de Ahumada. Allí comían un asado, tocaban a dúo, pasaban horas, días, hasta que el lunes por la mañana Ahumada se acordaba de que tenía compromisos en Buenos Aires. Otras veces, en Saladillo. Entonces se repetía la historia, poco asado, mucho vino y “todo” música. La bohemia y el talento en estado de pureza… y de tango.
Lo cierto es que ambos dejaron un legado en que las nuevas camadas vuelven a abrevar. El descubrimiento de sus obras permite resignificar los contenidos tangueros más allá de las marquesinas y auscultar el alma del tango en su rincón más íntimo. 

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