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Domingo 28 de Junio de 2015

Cuando el arte se une con la vida

Mele Bruniard y Eduardo Serón son dos plásticos de gran talento y poderosa obra. Ella y él, cada uno con su lenguaje y técnica, han plasmado imágenes que perdurarán. Nacieron en el mismo año, 1930, y se casaron tres décadas más tarde. Aún siguen juntos: son un matrimonio especial, en el que conviven el amor mutuo y la devoción por su trabajo.

En poco más de veinte minutos el golpe seco del sonido de un viejo reloj de pared avisará que ya es mediodía en el departamento céntrico que comparten desde hace casi seis décadas Eduardo Serón y Mele Bruniard, matrimonio de artistas plásticos indiscutidos, si los hay. “Aunque cuando comencé a exponer, allá por 1954, fui muy cuestionado y criticado por mi obra, lo que se hizo extensivo a ella, sólo por el hecho de estar casada conmigo”, dirá más tarde él, y también expondrá los motivos por los cuales cree que no fue aceptado por muchos pintores de su generación. La campana vuelve a sonar una hora más tarde pero el tiempo pareció detenerse. Hasta los rayos del sol, que traspasan los vidrios de dos anchas ventanas, iluminan el lugar de una manera diferente a la de cualquier otra habitación conocida, dándole al cuarto un efecto de caleidoscopio debido a la cantidad de pinturas, grabados y retratos colgados en las paredes que generan una sensación de continuo movimiento de colores y luz.
Sobre una mesa redonda, Mele seleccionó algunas de sus láminas, la mayoría son xilografías de rostros y también hay bocetos que intentó plasmar luego de que un auto la atropellara en 2012 dejándole prácticamente imposibilitada una de las manos. Sin embargo, a los 84 años, menuda y de apariencia frágil, a fuerza de voluntad y paulatinamente está tratando de recuperar lo que ella misma define como aquello que desde muy pequeña fue el centro de su existencia: “Siempre fue mi vida, no necesitaba otra cosa más que me dejaran un lápiz y un papel para dibujar”.
Los recuerdos de su infancia en Reconquista —ciudad donde nació y vivió hasta que a los diez años la muerte de su padre hizo que junto con su madre y sus dos hermanos tuviera que mudarse a Rosario— afloran de manera inevitable. Así, esa mujer que estudió con el mismísimo Juan Grela, que expuso en numerosas galerías y museos del país y el exterior y además fue una de las primeras integrantes de la Asociación de Grabadores Rosarinos, cuenta con una calidez enternecedora esos primeros tiempos de su vida que, sin duda, marcaron el rumbo de una obra en la que el sufrimiento, la pasión y la necesidad de mantener vivos a sus seres queridos se combinaron con estudio, práctica y docencia, perfeccionándose así en la xilografía de tal forma que se convirtió en una las máximas referentes de esa técnica en la actualidad.

Marcas de la niñez

La casa de su infancia en Reconquista ocupaba un cuarto de manzana. Mele recuerda que tenía un jardín grande y, en el fondo, “un redil en donde había pavos, pavitas, gallinas pigmeas y batarazas y un gallo, hermoso dueño de toda esa vivienda”. Sin ir a la escuela todavía, porque aún no contaba con la edad suficiente para hacerlo, cuando se iban sus hermanos ella se quedaba sola observando a los animales durante horas.
“Había entre la fauna una chuña, se la habían regalado a mi padre. Convivió con los demás por un tiempo pero después la sacaron porque era terrible. Era pequeña, gris, tenía dos ojos como semillas y con el pico negro, finito y curvo sacaba granitos de la tierra”, cuenta.
El jardín se constituyó, entonces, como una parte de su universo en el que se mezclaba su sentido de observadora precoz con el amor por los animales y las plantas que, asegura, heredó de su madre. “Hasta teníamos un viejo jardinero que había venido de Italia, cuidaba del lugar y también me cuidaba a mí cuando la chuña me corría para picotearme”, relata con una sonrisa que se va desdibujando cuando inevitablemente regresa a su memoria la muerte de su padre y cómo ese hecho hizo que su vida diera un giro rotundo.
“No tuve tiempo de tomarlo ni siquiera como un desarraigo porque la realidad me aplastó, me pasó por encima. Yo estaba muy ensimismada con ese mundo tan particular en Reconquista en donde las calles eran enormes y de tierra. Había por cada cuadra un solo foco de luz y entonces salir de noche era toda una aventura”, relata mientras confiesa que la muerte temprana de su padre “fue una bomba que explotó en la casa”.
La tragedia sacudió a Mele, que a los diez años tuvo que ocuparse de desarmar la casa y preparar la mudanza porque su madre padecía esquizofrenia y el fallecimiento de su marido la desestabilizó aún más. Eduardo interrumpe la charla para recordarle que “en ese momento también descubrieron que un tío les había vaciado la caja fuerte de la escribanía de su padre”, por lo que se quedaron sin un centavo. “Hice de todo —dice— hasta llegué a tocar una pieza con la pianola en la puerta del almacén para pagar la cuenta que debíamos”.
 
Vivir en Rosario  

En una ciudad que para ella, su madre y sus hermanos era extraña, quien casi dos décadas después daría sus primeros pasos para convertirse en una reconocida artista añoraba todo aquello que había tenido en Reconquista: su padre, las calles anchas que por las noches eran oscuras, los animales, su casa de un cuarto de manzana con jardín y al jardinero que cuidaba de que la chuña no le hiciera daño. Tal vez por eso, los primeros tiempos de su etapa escolar en el Normal N° 1 no fueron gratos. En ese entonces, no tuvo la conciencia suficiente para darse cuenta de que sufría las secuelas de un exilio, de un viaje sin retorno a esa parte de su infancia en la que sintió que fue feliz.
A los tumbos pudo terminar la primaria, después ingresó a la Escuela de Bellas Artes, que por entonces era el Profesorado de Bellas Artes y funcionaba en el Normal N° 2. Eduardo recuerda que allí Mele tuvo docentes muy dispares, sin embargo hubo una maestra en particular que influyó mucho en ella. “Le llevaba frutos y hojas y le hacía hacer técnicas de sintetizar esos elementos. En cambio, el profesor de grabado no le enseñó ni siquiera la técnica”, agrega Serón.
Decidida a seguir el camino que eligió cuando apenas con tres años lo único que la hacía feliz era tener una hoja y un lápiz para dibujar, Bruniard asistió durante algunos años al taller de Carlos Uriarte pero se dio cuenta de que con la pintura no se llevaba muy bien y entonces comenzó a estudiar con Juan Grela. Mele asegura que “en un año él me enseñó todas las técnicas de grabado y al poco tiempo expuse por primera vez”. Eduardo vuelve a interrumpir para contar que él fue a esa muestra, aunque en esa ocasión no se cruzó con quien sería su compañera de toda la vida: “Nos presentó una amiga en común tiempo después y nos casamos a los 30 años, cuando en ese entonces se consideraba que alguien a esa edad ya era viejo para hacerlo”.

El secreto: la imaginación

Apenas se recibió, ingresó a trabajar en el Normal N° 2 como profesora de Dibujo y Manualidades. “Mele hizo allí todo un cambio en la enseñanza que quizás no ha trascendido. Cuando entró se encontró con que las profesoras anteriores les daban a los chicos figuras de animalitos de cartón para que ellos las pusieran sobre el papel, dibujaran la silueta y luego colorearan”, explica Serón. “¡Los tiré a la basura a los cartoncitos! Los chicos iban creando sin modelo alguno, ni siquiera llevaban láminas”, cuenta al respecto Mele.
Para ella, el secreto reside en incentivar la imaginación y considera que cualquier persona puede convertirse en un gran artista. “Existen dos posibilidades —dice Bruniard—: una, la de aquel individuo que pretende copiar la naturaleza pero en definitiva no la puede recrear porque la naturaleza es totalmente independiente de todo, el universo es una realidad naturalista y eso no tiene gracia alguna; la otra posibilidad es el que parte de la naturaleza pero la transforma o reinventa, incluso, aquello que ni siquiera es tomado de la realidad”.
Justamente, los últimos trabajos que la artista pudo hacer antes de sufrir el accidente que la dejó con severas dificultades en su mano, se basaron en recrear, a través de la memoria, nada menos que setenta cabezas estampadas en cartulina de quienes fueron sus alumnos cuando daba clases en la escuela primaria. Algunos de esos grabados hoy cuelgan sobre una de las paredes del comedor de su departamento y se suman así a las numerosas obras que el sol del mediodía vuelve más radiantes, aunque seguramente, cuando llega la noche, continúan brillando porque cada retrato, pintura o grabado son pequeños mundos que tienen luz propia.

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