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Domingo 22 de Junio de 2014

Cristina y Messi, en Copacabana

Río de Janeiro bien vale una misa. En verdad, mucho más que eso. La ciudad con indiscutible tradición a la hora de pensar en la alegría revalida hoy todos sus pergaminos.

Río de Janeiro bien vale una misa. En verdad, mucho más que eso. La ciudad con indiscutible tradición a la hora de pensar en la alegría revalida hoy todos sus pergaminos. Hay mucho más que parece superarla: hay euforia, éxtasis y placer asegurados. Es el mundial de fútbol, un catalizador esperado hace 4 años que segundo a segundo bordea entre el descontrol y la fiesta sin cargo de conciencia. En ese límite, la policía mas numerosa y pertrechada, espera con sus escudos y armas para empujar al que quiera pasarse de la raya.

“Río es, como siempre, antes y después de los túneles. Pero por estos días se nota demasiado”, explica Fonseca, un ex piloto de avión que se jubiló de llevar gente por los aires y ahora compró un auto moderno para hacerlo por las calles cariocas. Los túneles son los que separan esta ciudad real, con trabajadores, progresos, penurias y exclusiones de la zona sur en donde las playas como las de Copacabana, Ipanema o Leblón componen una irrealidad soñada. “De aquel lado”, dice el hombre devenido en chofer, la alegría es de pocos. La inseguridad, la infraestructura pobre, el olvido. Cerca del mar, no hay espacio para no ser feliz” se sonríe.

Se percibe a cada paso que el Mundial de fútbol que se está disputando es resistido por muchos. Río es una ciudad fragmentada. No sólo por la inmensa cantidad de residentes que ve sus playas soñadas más por las fotos que por el disfrute cotidiano sino por la notoria inversión en obras que le cambiarán mucho la vida a los que la visiten por 30 días y casi nada a los que sigan viviendo aquí de por vida. “Es inaudito lo que han gastado”, cuenta Caique, un vendedor de choclos con puesto en la playa de Leme desde hace 30 años. “Construyeron puentes y puentes que van hacia ningún lugar para que los gringos se muevan y jueguen a conocer el Brasil”, dice. “En el morro en donde vivo, siguen matando a camaradas que son atropellados por autos y camiones que pasan por una avenida tan vieja como el samba y ni se dignan en hacer una pasarela peatonal”, dice. Hoy, la Red O globo de TV muestra a Dilma con un índice de aprobación descendiendo al 38 por ciento. “Y va seguir bajando”, dice Elmer, un maestro de 30 años que se mantiene en la avenida Atlántica con su pancarta de protesta desde el día anterior al inicio de la Copa del Mundo.

Sin embargo, a horas de jugarse el partido Argentina-Irán en el estadio de Belo Horizonte, en Brasil no se habla de la política local ni de la cotización del real. Los noticieros centrales y los diarios locales destinan su cuerpo central a nuestro país. Allí están Messi y el Kun Agüero. Pero es Cristina Fernández y su discurso del viernes en Rosario hablando de los holdouts le gana espacio al mejor del mundo y a su equipo. Por primera vez se siente que la rivalidad del Brasil por disputar el primer puesto de lo que sea con nuestro país, es cedida. Se prefiere a la Argentina caminando por el borde de la incertidumbre financiera mundial. Pero no con goce. Al contrario. Con un dejo de seria preocupación. Y, hasta se diría, con un tono de esperanza de final feliz.

Antes de que el alcohol eche un manto de olvido sobre toda otra cosa que no sea la pasión más animal, muchos de los argentinos que llegaron aquí por miles y miles cambian ideas que resultan insólitas escuchadas con el fondo del ruido de mar. No es el consabido “¿sabés a cuánto cerró el paralelo? (que suena fuerte, también es cierto. Brasil resulta caro para el visitante albiceleste) sino el “¿vamos a arreglar con los buitres?” o “¿pueden embargar los aviones antes que volvamos?”. Un grupo de hinchas que cuenta que viene de la ciudad de Tostado canta frente al mítico hotel Copacabana Palace “Fondos buitres botón, fondos buitres botón” y cierra la rima con una imputación materna prostibularia a los tenedores de títulos carroñeros.

Un contingente de uruguayos que viene enfervorizado por el triunfo ante los ingleses resiste avanzar sobre su próxima cerveza y le pregunta a este cronista si el mensaje de la presidenta argentina en el Monumento a la Bandera va a tranquilizar a los mercados. Es difícil explicarlo, piensa uno. Por el fondo del tema en sí y porque el marco de trajes de baño pidiendo olvido de lo prosaico late fuerte. El diario más leído de esta nación dedica 4 de sus 6 editoriales a especular sobre el futuro de nuestro país luego del fallo de Thomas Griesa. Hay preocupación local, es verdad, porque se reconoce a la Argentina como el socio del Mercosur. No se quiere ver una gripe en el río de la Plata que resfríe a Brasilia. Pero leyéndolos se encuentran menos adjetivos trágicos que los que se escriben desde Buenos Aires.

Cuando avanza la noche, la alegría muda a violencia. La avenida que bordea el océano Atlántico empieza a poblarse de habitantes que se sentirían más cómodos en las tribunas populares de los estadios de fútbol que en esta ciudad de ensueño y geografía única en el mundo. No son barrabravas, pero actúan como tales. No son sólo connacionales, pero hay también con camisetas celestes y blancas. Es verdad que no hay mucho de originalidad si se cuenta la furia de los violentos alcoholizados o perturbados por el deseo de la agresión. Sí merece destacarse la reacción de la policía. No hay dudas ni margen para la pregunta. Acción pura. Y tan dura como la de los hinchas alienados. Claro que la idea es que no se vea en las cámaras de TV. Policía brava que sabe que lo será si existe en las lentes de los periodistas.

Río de Janeiro contada desde este fragmento de unas horas vividas en sus calles se entona con mucho ritmo de tango, más que de samba. Aunque la mejor poesía para describir este fervor argentino poblando sus calles sea del más inmenso bahiano. En todo sentido, los argentinos, “ahora estamos aquí, del otro lado del espejo, con el corazón en la mano”. Suena Caetano Veloso.

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