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Lunes 25 de Abril de 2011

Cristina y el pato rengo

La pelota está ahora en poder de la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner.

La pelota está ahora en poder de la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. El escenario nacional depende casi exclusivamente de la voluntad de la jefa del Estado de jugar su carta por otro cuatro años en el poder o tomar una decisión tan improbable como histórica de hacer un renunciamiento inédito en quien se considere peronista de pura cepa.

A poco menos de cuatro meses de las internas nacionales, la oposición (hoy más que nunca) es un ramillete otoñal de voluntades y egos dispersos, incapaces de marcar en el boleto una posición alternativa al oficialismo dominante. Aquella duda primigenia de lucubrar sobre si Cristina arañaba el número mágico para evitar la segunda vuelta es hoy un una página ocre, vieja. El dilema de la constelación antikirchnerista es cómo hacer para que alguno de sus espadachines se arrime al 30%, algo que está lejísimo de la realidad.

El gran dilema que circunda a la presidenta de la Nación tiene que ver con el síndrome del pato rengo (lame duck), una teoría nacida en Estados Unidos. Se denomina así a aquellos gobernantes que comienzan a sufrir una fuerte pérdida de poder ante la imposibilidad constitucional de ser re-reelegidos. Cristina conoce mejor que nadie que el primer día de un eventual segundo mandato también marcará la cuenta regresiva de su adiós al poder.

Al costado del camino. El gran sostenedor del lame duck fue Néstor Kirchner, quien decidió correrse del camino de su reelección y apuntalar a su esposa por temor a que el justicialismo empezara a limar el Sillón de Rivadavia en busca de nuevos horizontes.

Pero es en este punto donde aparece la gran contradicción del kirchnerismo: pese a la insistencia discursiva respecto a las bondades y extensión del “proyecto” sólo una persona (Cristina) y nadie más que ella está en condiciones de garantizar el triunfo. Claramente, es una limitación de la puesta en escena. No hay (ni habrá) kirchnerismo en el poder sin la presidenta.

Pese a todas las teorías que se ensayen desde el micromundo del análisis político, para un peronista la única verdad es la realidad. Y no se conocen antecedentes de un presidente justicialista que se haya abstenido de la compulsión por el poder. Y Cristina, además, tiene todas las de ganar.

Silencio estratégico. El silencio y la cavilación de la primera mandataria tienen ribetes estratégicos. Su eventual segundo gobierno deberá ser apriorísticamente un dechado de virtud y, para eso, necesitará llevar a la práctica un minucioso control de calidad. “Todos quieren que sea reelecta, pero qué tienen ustedes para ofrecerme” dirá la presidenta más temprano que tarde a sus funcionarios-acólitos.

Se posa para un segundo mandato (además de la cuestión cronológica del almanaque) una razón de pulimentada lógica: los vaivenes y deberes de la economía. Que nadie piense que en un año electoral como el que transcurre se bajará desde lo más alto de la pirámide la orden de enfriar la economía, que marcha a los saltos entre el altísimo consumo y la acechante inflación. Pero también más temprano que tarde habrá que pagar la cuenta.

No es casual que la oposición no haya aparecido hasta ahora en este análisis. El panorama que se ofrece desde las marquesinas nacionales del vector no kirchnerista se parece demasiado al patetismo. Y la necesidad empieza a acosarlos.

El gran papelón. Las estruendosas muestras de decadencia política tocaron a las puertas del Peronismo Federal, está vez con un adjetivo aupado desde la misma entraña. El “papelón” al que hizo mención Eduardo Duhalde para referirse al despropósito de las internas con Alberto Rodríguez Saá habla por su propia naturaleza. Se encargaron de echarle la última palada de tierra al justicialismo disidente.

En ese espacio no queda otra alternativa que el encadenamiento a Mauricio Macri, al tiempo que vuelven (con menos brío que nunca) las especulaciones sobre el mito del eterno retorno. Léase, el regreso a la vida política de Carlos Reutemann.

Aunque el deseo esta vez llegue con el barniz familiar tras los públicos pedidos de esposa e hijas del senador nacional, no parece claro establecer por qué esta vez diría que “sí” cuando no han cambiado ninguna de las alternativas que lo llevaron a mantener el “no”.

A veces, cierto poder massmediático analiza el aquí y ahora con categorías anquilosadas. Es un error posicionarse ante Cristina como si nada hubiera pasado

Macri debe sobrellevar por estas horas el pedido de buena parte de su círculo político que le aconseja asegurar el territorio porteño y no quemar las naves en una candidatura nacional. Los devaneos del jefe de Gobierno porteño, la subdivisión que asoma entre las fuerzas de centroizquierda a la hora de acordar con el radicalismo y la ausencia de una gran referencia que imante las diferencias es mucho más que una sinonimia: se trata de la muestra referencial del estado de las cosas.

Todos juntos. De vez en vez, la oposición se levanta con un gran titular periodístico que enciende la posibilidad de una convergencia entre fuerzas que no tienen otra cosa en común que la animadversión hacia el esquema de gobierno. Para que eso sea factible, la mayoría de los personajes en cuestión debería actuar por primera vez como parte integrante de un todo. Pero, en la política argentina seducen mucho más los cacicazgos (aunque sean testimoniales) que los aportes desde el llano.

Por todo esto es que Cristina sigue siendo la dueña de la pelota. Y No hay demasiadas razones para que ese balón pase al campo contrario. Al menos por ahora.

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