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Domingo 28 de Agosto de 2011

Cristina, votos y camaleones

A poco menos de un mes para las elecciones presidenciales, la canción sigue siendo la misma. Ningún episodio ha aparecido tras las internas abiertas del 14 de agosto destinado a cambiar el curso de las cosas. Hoy, todo el devaneo pasa por saber si la presidenta de la Nación estará más cerca o más lejos de alcanzar proporciones y diferencias históricas en el resultado final del 23 de octubre.  

A poco menos de un mes para las elecciones presidenciales, la canción sigue siendo la misma. Ningún episodio ha aparecido tras las internas abiertas del 14 de agosto destinado a cambiar el curso de las cosas. Hoy, todo el devaneo pasa por saber si la presidenta de la Nación estará más cerca o más lejos de alcanzar proporciones y diferencias históricas en el resultado final del 23 de octubre.

  El Ejecutivo nacional, y específicamente su candidata, Cristina Fernández de Kirchner, hace campaña de la forma más cómoda y provechosa: gobernando el país en momentos en que la gestión pasa por su mejor momento. En pleno furor del consumo de clase media (parecido en formas y compulsión a aquellos tiempos de la hoy demonizada década del 90), pocos son los argentinos dispuestos a poner sus oídos y sensaciones en la agenda que plantean los candidatos de la oposición.

Una de espías. El ejemplo más concreto y pulimentado del nuevo escenario gira en derredor del caso Schoklender, un muérdago instalado en el temario de la vereda antikirchnerista que no parece haber movido ningún voto de lugar. La sociedad tiene opinión formada sobre lo sucedido con las casitas de Hebe de Bonafini y su ex mano derecha pero no le da una entidad que vaya más allá del chisporroteo informativo. Para colmo de males, la política se ocupó de mostrar a Sergio Schoklender como un personaje sacado de una novela de espías sin llevar la investigación legislativa al corazón del poder.

  Cristina se muestra cada día más sólida, abanicando inauguraciones, videoconferencias y discursos con una puesta en escena craneada hasta el mínimo detalle: no hay nada en el micromundo oficialista que escape a su leal saber y entender.

  Les tocó a los socialistas en Rosario, su lugar en el planeta, comprobar el ejercicio de los nuevos tiempos kirchneristas. El gobierno nacional acondicionó el parque España durante la visita de la jefa del Estado para hacer sentir a Hermes Binner como visitante aun en su propio terruño. Sorprendidos, cuentan cerca del gobernador que apenas tuvieron seis invitaciones para dar el presente en el evento, alcondimentado por el habitual despliegue escenográfico que circunda a la presidenta cada vez que su imagen es retratada por los medios.

  Es Cristina —y sólo Cristina— la que goza de los planos y contraplanos. Lo demás (el entorno de ministros, secretarios e invitados especiales) se reduce a una claque que festeja y aplaude antes, durante y después de cada acto. Es, acaso, la instantánea más taxativa para describir el momento político del país y el contexto que se leerá después del 23 de octubre próximo.

La dueña de los votos. La mandataria gozará de un aval plebiscitario que pondrá el destino del oficialismo solamente en sus manos. Deberá administrar las cuotas de poder en el plexo peronista con la finalidad de mantener atado al redil a un conjunto de fracciones hoy disciplinadas por el poder de los votos. Que son de Cristina y de nadie más.

  Otro ejemplo que encuadra la realidad sin que sean necesarios demasiados vahos teóricos lo dio Felipe Solá, un especialista en cambiar de color según la ocasión. El ex aliado de Carlos Menem, Carlos Ruckauf, Eduardo Duhalde, Mauricio Macri, Francisco De Narváez (y sigue la lista) no le tuvo miedo ni siquiera al ridículo para blanquear su imperiosa vocación de permanecer en la esfera del poder.

Habrá pensado el siempre ubicuo Felipe que si la sociedad esta preocupada en cuestiones que nada tienen que ver con la política, las convicciones o la actualidad partidaria, era el momento de volver al kirchnerismo.

   Quedó dibujando un patético trazado camaleónico en el aire que verbalizó en sus increíbles palabras justificatorias: “No soy ni opositor ni oficialista”. Felipe es Felipe.

  El salto de Solá fue grosero, pero su decisión de llegar con pocas brazadas a la costa kirchnerista es la misma que están practicando numerosos dirigentes, incluso de la provincia de Santa Fe. Parece haber transcurrido una eternidad desde las elecciones internas a gobernador hasta hoy. Por aquellos tiempos, por ejemplo, Omar Perotti era la contracara del kirchnerismo. Así se publicitaba y así se leía en la realidad. Hoy, el intendente de Rafaela promociona su candidata a diputado nacional de la mano de Cristina, Amado Boudou y todo el espinel oficialista. Lo mismo sucede en Rosario: mañana, Diego Giuliano y Osvaldo Miatello harán público el acuerdo con María Eugenia Bielsa y presentarán el Espacio Encuentro por Rosario.

  Esta unificación del justicialismo santafesino en torno a la presidenta de la Nación obliga al socialismo a extremar su política de alianzas a la hora de iniciar un nuevo período al frente de la Gobernación. Antonio Bonfatti afina el lápiz por estas horas tratando de anunciar en noviembre un gabinete abarcativo hacia la interna del Frente Progresista, sabedor de que se iniciará un tiempo nuevo.

  La realidad encuentra a los socialistas en un momento de súbito crecimiento nacional de la mano de la candidatura de Hermes Binner, quien quedaría como el opositor más votado el 23 de octubre. Sin embargo, esa competencia obliga al jefe de la Casa Gris a mantener la dureza verbal con la candidata del oficialismo que, ni más ni menos, seguirá siendo la presidenta de la Nación, alguien con quien deberá convivir Bonfatti institucionalmente durante los próximos cuatro años.

  A poco menos de 30 días de las elecciones presidenciales, muy pocas cosas han modificado su recorrido. Salvo el rápido movimiento hacia el centro del poder de casi todos los peronistas que orbitaban lejos de Balcarce 50 antes del 14 de agosto. Tampoco se trata de una estentórea novedad: al fin de cuentas, los votos siempre disciplinaron al peronismo.
 

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