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Sábado 25 de Abril de 2015

Cristianos bajo fuego

Minorías religiosas de las distintas vertientes del cristianismo están siendo atacadas en países con intolerancia religiosa donde sufren persecución y muerte. El caso de una mujer pakistaní condenada a la horca por una denuncia de blasfemia atrae la atención mundial, incluso la del Papa.

La intolerancia y el fanatismo religioso, lejos de ceder ante los avances de la civilización en múltiples áreas, vienen resurgiendo con fuerza durante los primeros años del siglo XXI y dan señales de un retroceso a épocas medievales.

En términos generales, quienes detentan el poder político-teocrático imponen su única verdad y desechan la de las minorías por considerarlas “herejías” con mayor o menor grado de demonización. Pero en realidad, lo que subyace es el desprecio por el diferente, a quien por razones culturales, psicológicas, sociológicas y hasta económicas pretenden controlar o eliminar.

Lo que está ocurriendo con los cristianos en distintas partes del mundo donde son minoría parece confirmar la aserción de la imposibilidad de una vida comunitaria de tolerancia pacífica ante un fanatismo que adquiere dimensión descontrolada.

A mediados de este mes, en una de las tantas precarias embarcaciones que parten de Africa en busca de las costas italianas con centenares de refugiados agobiados por la miseria estructural de sus países, se recreó a pequeña escala una escena que se expande globalmente: doce cristianos de Senegal y Costa de Marfil fueron arrojados al mar tras una pelea religiosa con un grupo de musulmanes. Sólo por ser cristianos fueron tirados por la borda de una barcaza donde viajaban junto a un centenar de refugiados, todos con el mismo padecimiento, el mismo color de piel y origen geográfico, pero con distintas creencias religiosas, aunque monoteístas ambas.

Asia Bibi. Para casi la misma fecha, el Papa recibió en Roma al esposo y la hija de una mujer pakistaní cristiana que desde hace más de cinco años está presa y condenada a muerte por haber hecho un supuesto comentario considerado como una blasfemia para el islam.

La historia de esta pobre mujer analfabeta, de 41 años, madre de cinco hijos y que a duras penas sobrevivía en una región rural del Punjab, parece salido de una novela situada en el siglo XI, en plena Edad Media, y en un marco miserable e iletrado pero con enorme carga afectiva hacia lo divino.

Asia Bibi estaba en el año 2009 en el campo recogiendo frutas con un grupo de mujeres con las que tuvo una discusión. Cuando fue a buscar agua a un pozo cercano, sus compañeras musulmanas dijeron que desde ese momento el agua era impura porque lo había recogido una mujer cristiana. Según las mujeres musulmanas, Asia Bibi les preguntó qué había hecho su Dios por ellas, porque el suyo, Jesucristo, había muerto en la cruz por los pecados de la humanidad. Según otra versión del hecho, la mujer cristiana habría dicho: "Me da la impresión de que Jesús tendría un punto de vista diferente al de Mahoma sobre la cuestión". Asia Bibi negó esos diálogos y dijo que la acusación era, en realidad, por rencillas personales, algo frecuente en Pakistán para saldar enemistades.

Conocido el incidente, el imán local y esposo de una de las mujeres que protagonizaron la discusión, acusó a Asia Bibi de blasfemia. Al día siguiente, una turba agredió a la mujer, que fue encarcelada por esa acusación. Desde entonces, su esposo e hijas tuvieron que escapar del lugar para poder sobrevivir ocultos y ser ayudados por organizaciones humanitarias ante el riesgo de ser linchados. Asia Bibi fue condenada en 2010 a morir en la horca y su sentencia fue apelada ante un tribunal superior, que puede demorar años en pronunciarse. Si la libera, los jueces se exponen a la ira de los fanáticos, lo mismo que la mujer y su familia.

Es tan fuerte el sentimiento popular contra cualquier menor cuestionamiento religioso que las autoridades o políticos pakistaníes que han salido en defensa de la mujer han sido asesinados. Fue el caso del propio gobernador del Punjab, Salman Tasir, acribillado a balazos por su propio guardaespaldas porque se animó a decir que Asia Bibi debía ser perdonada. Lo mismo le ocurrió al ministro de la Minoridad de país, Shahbaz Bhatti, el único cristiano (1,5 por ciento de la población) en el gabinete pakistaní, quien públicamente se pronunció en contra de la ley de blasfemia. Talibanes pakistaníes le dispararon 25 tiros en las calles de Islamabad y arrojaron panfletos acusándolo de querer reformar esa ley.

Según la BBC de Londres, que sigue muy de cerca el paradigmático caso de Asia Bibi en una de las antiguas colonias inglesas, la blasfemia provoca en Pakistán ataques violentos y asesinatos incluso antes de las sentencias. Unas 50 personas acusadas de ese “delito” fueron linchadas y asesinadas previamente a que se complete sus procesos judiciales.

La intolerancia religiosa y una población que fanáticamente la sostiene son también utilizadas para tomar ventajas y para saldar cuestiones personales. Así lo confirman abogados que defienden a los imputados de blasfemia, porque cualquiera puede acusar a otro de ofensa religiosa, reúne a una multitud y así amenaza a jueces y abogados que no se animan a desafiar probables represalias de los fanáticos. Son escenarios y estrategias perversas ya conocidos y empleados en el pasado en otras regiones del mundo y en distintas circunstancias.

Eso parece haber sido lo ocurrido con un pastor cristiano de una pobre congregación del Punjab. Durante una charla con la prensa británica, el religioso Arif Khokar contó que fue acusado de quemar hojas de un Corán frente a sus vecinos, cosa que niega totalmente. Sin embargo, fue imputado de blasfemia, está libre con una fianza y vive en permanente temor de que su familia sea agredida.

También en Pakistán, murió hace un par de semanas un adolescente cristiano de 15 años que fue quemado vivo por jóvenes musulmanes que lo detuvieron en la calle, comenzaron a pegarle, lo rociaron con nafta y le prendieron fuego. El chico, Nauman Masih, resultó con el 55 por ciento de su cuerpo quemado y pese a las atenciones en un hospital de Lahore, no preparado para atender quemados, no pudo sobrevivir.

Más ataques. En Nigeria, donde la población está dividida casi en partes iguales entre musulmanes y cristianos, hace un año un grupo fanático y asociado al autoproclamado califato de Estado Islámico en Siria e Irak, secuestró a más de un centenar de niñas de un colegio cristiano femenino del nordeste del país. La mayoría sigue sin aparecer y se sospecha que las adolescentes fueron vendidas, en una zona del mundo donde increíblemente aún hay comercio y esclavitud de seres humanos.

En Egipto, la minoría copta cristiana es permanente blanco de ataques a sus iglesias y sus integrantes, que a veces salen al exterior a buscar trabajo, son secuestrados y asesinados. Fue el caso, en febrero pasado, de una docena de coptos tomados como rehenes en Libia. Estado Islámico difundió un video de la ejecución masiva, por decapitación, con la leyenda: “El pueblo de la cruz, seguidores de la hostil Iglesia egipcia”.

Otro video de las mismas características difundió Estado Islámico esta semana, esta vez con unos 20 o 30 cristianos etíopes también capturados en Libia, un país en estado de descomposición por la guerra interna. El mensaje subtitulado en la pantalla fue similar: “Los fieles a la cruz, miembros de la Iglesia etíope enemiga”.

En Kenia, a principios de abril, miembros de una banda armada del grupo terrorista Al Shabab ingresaron en una universidad, escogieron a los alumnos cristianos y los fusilaron. Todavía hay muchos desaparecidos. Kenia tiene un 80 por ciento de población cristiana y el ataque fue en represalia por la participación militar del país en la guerra de la vecina Somalia.

El Papa. La intolerancia religiosa, que también afloró por siglos en el período más oscuro de la cristiandad durante las cruzadas y la inquisición, hoy se torna anacrónicamente contra sus fieles en países del mundo donde son minoría. Por sólo ser cristianos y “seguidores de la cruz” se atacan sus iglesias, se los ejecuta por decapitación o se los encierra por años ante insólitas acusaciones de blasfemia.

“¿Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma, que le están degollando a su paloma?”, dice la inmortal canción de la chilena Violeta Parra. Este Papa Francisco no se calla, habla de las persecuciones de los cristianos, admite por primera vez el genocidio armenio y condena abiertamente el Holocausto. Su mensaje es claro y firme, pero sin embargo sus fieles siguen bajo fuego en muchas partes del planeta. ¿Cómo hacer, entonces, para que la palabra justa se torne en acción reparadora? Algo que seguramente habrá que buscarlo más cerca de lo terrenal y no tanto en el espacio divino.

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