Edición Impresa
Martes 20 de Mayo de 2008

Contraveneno

No es una buena época para la literatura argentina e hispanoamericana. Con las editoriales más poderosas en manos de capitales trasnacionales o españoles, la mayoría de los textos literarios que se difunden, promocionan y lamentablemente venden en el país suelen ser híbridas novelas donde cualquier fulgor de la palabra o riesgo estético están ausentes sin aviso.

No es una buena época para la literatura argentina e hispanoamericana. Con las editoriales más poderosas en manos de capitales trasnacionales o españoles, la mayoría de los textos literarios que se difunden, promocionan y lamentablemente venden en el país suelen ser híbridas novelas donde cualquier fulgor de la palabra o riesgo estético están ausentes sin aviso.

El habla, única matriz legítima, es neutralizada sin piedad por los gerentes comerciales, editores o correctores de estilo. Con dignísimas excepciones como la del chileno-mexicano Roberto Bolaño, lo que abunda en las mesas de novedades de las cada vez más desamparadas librerías son productos lavados, indiferenciados, pensados para que un público perezoso haga la digestión sin esfuerzo.

Estamos a millones de años luz de Rulfo, Carpentier, Onetti, Conti, Cortázar, Di Benedetto, García Márquez o el gran Vargas Llosa de “La ciudad y los perros”. Hoy se habla de narradores españoles de segunda o tercera categoría como “maestros” y de plumíferos emanados de los grises claustros universitarios como si fueran los hermanos olvidados de Faulkner. Detalle que acaso ayude para comprender la naturaleza de la crisis actual: antes, muchos periodistas intentaban aprender de los escritores; hoy, demasiados escritores buscan parecerse a los periodistas.

El llamado “mercado” lo domina casi todo y en su afán de ser leídos muchos han renunciado a lo mejor de sí mismos. La crítica se ha tornado una entelequia: la han vaciado para sustituirla por la publicidad o por el simple amiguismo.

En momentos así, hay que buscar con urgencia un contraveneno. Por ejemplo, el Henry Miller de “El tiempo de los asesinos”; el Pavese de “El oficio de poeta”; los diarios de Kafka. O el Aldo Pellegrini de “Para contribuir a la confusión general”.

Y aquí hago un alto: me hizo feliz, días atrás, encontrarme con un texto de este querido libro de Pellegrini en un blog de una poeta porteña de 28 años. Es decir, joven.

La verdadera literatura sigue circulando y se mantiene viva pese a todos los esfuerzos que hacen los grises para ningunearla, ridiculizarla o matarla.

No podrán.

(Lo que sigue es un fragmento memorable del libro de AP que mencioné con antelación).

Se llama poesía a todo aquello que cierra la puerta a los imbéciles

“La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes.

“Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

“Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.

“Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del Estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

“Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. En ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada poesía oficial, poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.

“La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.

“Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad.

“El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino que participa de ella. La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad. La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles”.

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