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Lunes, 18 de noviembre de 2013  01:00 | Policiales

La muerte atroz de un chico que pasó siete años ligado a búnkers

A Mario Sevillán, de 25 años, le prendieron fuego en La Florida hace dos semanas y murió tres días después en el Heca. Un familiar contó que era adicto y soldadito desde los 17.

El hueco. En medio de dos puestos de pescado frente al balneario La Florida, el búnker donde atacaron a “Carpincho”. (Foto: N. Juncos)

Por Leo Graciarena / La Capital

A los 25 años Mario Sevillán, "Carpincho" para su gente en los barrios La Lagunita y Triángulo, era un sobreviviente. "El estaba en eso, laburando de soldadito desde los 17 años. Lo vi hace dos meses y estaba hecho un desastre", comentó uno de sus parientes. Carpincho Sevillán es el muchacho al que hace dos semanas, el martes 5 de noviembre, lo prendieron fuego en un búnker de drogas frente al balneario La Florida, lo que condujo a su muerte tres días después, en la unidad de quemados del Hospital Clemente Alvarez. No sólo "trabajaba" custodiando quioscos de venta de droga sino que era adicto. No pocas veces una cosa explica la otra. "¿Con qué se drogaba? Con todo lo que tuviera a la mano", dijo el familiar, quien agregó: "No era mal pibe. Preguntá en el barrio y te lo van a decir. No andaba en el choreo. El problema era estar metido en eso".

En la vida y la muerte de Sevillán emerge la trágica densidad del mundo narco que Carpincho transitó los últimos ocho años de su existencia. Su vida se repartió entre las cuevas que venden drogas y su adicción a ellas. "Nunca tuvo chances. Quisimos que se rescatara. Pero nada de lo que hicimos alcanzó para que se saliera de eso", dijo su pariente, quien se refiere al negocio de los estupefacientes como "eso".

Carpincho Sevillán cuidaba búnkers por una retribución regular: 300 pesos diarios, un arma fija y algo de droga. No gambeteó el destino de tantos jóvenes de su condición: soldaditos y custodios de quioscos suelen terminar presos o muertos, sea por las violencia de los rivales o de sus propios empleadores.

La vida y la droga. El miércoles 6 de noviembre los medios de prensa difundieron que "vecinos hartos de la situación" habían incendiado la noche anterior un quiosco de drogas ubicado entre dos pescaderías en Eudoro Carrasco al 2800, frente al balneario La Florida. No había sido así. El martes a las 20.30, en medio de una disputa por el control de esa cueva, dos hombres llegaron en moto y fingiendo ser clientes llamaron al vendedor. Sevillán atendía ese puesto y cuando se asomó, lo rociaron con nafta que llevaban en una botella y le prendieron fuego.

"Aparecieron dos tipos en una moto Twister con una botella de coca de dos litros llena de nafta. Lo llamaron para que se asomara por el hueco, como si fueran compradores, y entonces lo incendiaron. Al rato nos dimos cuenta de que se estaba quemando y escuchamos los gritos desde adentro. Un vendedor de pescado agarró una maza y empezó a golpear la puerta de acero para tumbarla", relató un muchacho de la zona.

"Parece que el pibe no estaba encerrado desde afuera, sino que había un candado por adentro. Pero no podía abrir la puerta porque no veía nada, había un montón de humo ya que el fuego agarró un colchón que tenía ahí. Le tiraron la nafta a él, para matarlo. No venían a robar, porque no entraron ni se llevaron nada. Cuando lo sacaron estaba todo quemado", añadió otro vecino. "No sólo no fuimos —agregó el hombre— sino que además la gente de acá fue la que lo sacó al pibe". Ese quiosco de venta de drogas había sido allanado por la policía tres o cuatro veces.

Quemado y consciente. Cuando Carpincho entró al Heca tenía el 80 por ciento de su cuerpo con quemaduras tipo A y B. Estaba consciente. Cuando tuvo que identificarse dio un nombre falso, ya que tenía prontuario abierto, y brindó la dirección de la casa en la que se crió: Cullen al 3400. Un lugar donde las oportunidades no abundan y que se fue poblando con los hijos de mucha gente sin futuro en el empleo formal o en lo que permite una vida digna.

De aquella casa que lo vio crecer, frente al paredón del Instituto para la Recuperación del Adolescente (Irar), ya no queda nada. Fue demolida hace tres meses por los vecinos del barrio. Sólo bloques de cemento tirados, algunas gallinas y una veintena de bidones plásticos.

¿Por qué tumbaron la casa? "Ahí funcionaba un quiosco de drogas. La casa era de Carpincho y de su hermana pero como los padres se separaron se la vendieron a un transa y ellos se fueron. Hace tres meses uno de los soldaditos del quiosco le pegó un tiro a un pibito acá a la vuelta (Saavedra y Cullen) y vinieron los vecinos y tumbaron el bunker. Nadie se metió. Si lo hacés te quedas con las broncas que tenían los transas", explicó el familiar de Sevillán.

"Súper tirado". Así Carpincho pasó a vivir en la parte más empobrecida de La Lagunita. "Su pareja era una piba que tenía una hija pero estaba en la misma que él. Viven en el villerío que está al lado de La Lagunita. Pero Carpincho no tenía hijos", explicó el pariente. Y agregó que el año pasado Carpincho estuvo seis meses preso en Buenos Aires. "Salió en febrero. Y se vino a dedo porque estaba súper tirado", indicó. "Hace tres meses le pasó algo parecido a lo de La Florida. Estaba cuidando un quiosco en villa La Boca (ubicado entre Villa Banana y Avellaneda Oeste, en la zona sudoeste) y lo quisieron robar. Y él defendió el lugar. Lo apuñalaron y estuvo bastante tiempo en el Heca", relató el familiar.

A ese hospital retornó hace 15 días ya para no volver a salir. Así lo resume su pariente: "Volvió a hacer lo que sabía: laburar de soldadito en un búnker y lo terminaron matando".

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