El polvo y los sedimentos que llevan a la capilla Sixtina los 20 mil visitantes diarios y el
control ambiental inadecuado amenazan con dañar al tesoro renacentista, advirtió el director de los
museos vaticanos. Los restauradores removieron “cantidades inimaginables” de polvo y
residuos de la famosa capilla durante la limpieza que se realizó en las noches del mes pasado luego
de un período de cuatro años, según aseveró el director de los museos vaticanos, Antonio Paolucci
al periódico Osservatore Romano.
La capilla, que recibe unos 4 millones de personas anualmente ansiosas
por ver los frescos de Miguel Angel, sufre por los efectos producidos por los agentes
contaminantes, demasiados visitantes y un control insuficiente del ambiente, dijo Paolucci.
“Si queremos preservar la capilla Sixtina en condiciones
aceptables para futuras generaciones, éste es el desafío que tenemos que ganar”, agregó.
Los frescos de Miguel Angel en la capilla muestran escenas de la Biblia,
entre ellas las famosas “La Creación de Adán”, en la que Dios se estira para tocar la
mano del primer hombre, y “El Juicio Final”. Es también el lugar donde se reúnen los
cardenales para elegir a los Papas.
Parece poco. Los turistas que todos los viernes de septiembre y octubre, de 19 a 23, en grupos
que pasan cada media hora, seguramente ignoran que en el momento de rascarse la cabeza y mirar
hacia arriba con la boca abierta ponen en peligro los frescos más famosos del mundo.
Así, los delicados frescos de Miguel Angel, Botticelli, Pinturicchio,
Perugino o Signorelli están en peligro por culpa de las visitas cada vez más masivas, que dejan en
el aire una miríada de invisibles partículas de polvo, aliento y sudor, cabellos y caspa, hilos de
lana, fibras sintéticas, fragmentos de piel.
La reciente ampliación del horario de entrada a las suntuosas galerías
papales hasta las seis de la tarde alienta la visita de 7,3 millones de turistas cada año a la
Sixtina.
Paolucci asevera que los tesoros artísticos sufren “demasiada
presión humana”, y los sistemas de ventilación instalados en 1993 tras las polémicas
restauraciones con disolventes que devolvieron a la capilla el desconocido y colorista fulgor de
los siglos XV y XVI, ya no dan abasto, se han quedado obsoletos.
El penúltimo lavado de cara se hizo hace cuatro años. El último ha
durado 20 noches de julio y agosto. Subidos en los andamios y en la grúa articulada que se montaba
y desmontaba a diario para no molestar a los turistas, 30 restauradores han podido ver y valorar de
cerca la salud de los frescos que presiden los cónclaves.
Según Paolucci, se han retirado “cantidades ingentes de materia y
polvo”. Al quitar el polvo con sus pinceles de pelo de cabra, han surgido diversas señales de
deterioro. Las partes más afectadas, ha explicado el restaurador jefe, Maurizio de Luca, son las
medias lunas de Miguel Angel, las paredes del “Juicio Universal” y los frescos del
siglo XV.
El techo con la bóveda de Buonarotti, situado a 20 metros de altura,
sufre menos las impiedades humanas pero está más expuesto al clima: según ha trascendido, se han
detectado y resuelto algunas pequeñas filtraciones de agua.
El coordinador de las inmensas colas de turistas que desfilan por la
capilla dijo que cada mañana “metemos ahí dentro a 20.000 personas”.
De momento, los daños no se aprecian, pero las causas están claras,
según el diagnóstico del director: una excesiva presencia humana, un inadecuado control climático y
una insuficiente eliminación de los contaminantes. Problemas fáciles de resolver, si no fuera
porque, según fuentes vaticanas citadas por el diario La Stampa, el mantenimiento de la capilla
Sixtina requeriría “mayor atención por parte de los responsables financieros de la Santa
Sede”.
109 millones
El argumento de la falta de fondos para un adecuado mantenimiento y preservación de ese tesoro vaticano (traducido en la compra de nuevos equipos de aire acondicionado) suena raro. Si se multiplican los 15 euros que cuesta la entrada a los museos (y dejando aparte los cuatro euros extra que vale reservar por internet) por los 7,3 millones de turistas que, según Paolucci, entran cada año, resulta que el Vaticano ingresa 109 millones de euros anuales por ese concepto.
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