El contenido social de una propuesta rockera abrió el juego musical, sumó fanáticos, amigos y
vecinos y juntos, hoy son una más de las respuestas solidarias para la contención e inclusión de
los jóvenes. Por lo pronto, ya pusieron de pie a dos clubes del barrio La República, en la zona
oeste, donde crecieron en alegría y compromiso: El Federal y El Luchador. En este último ámbito,
donde debutó en 2002, la banda de rock Farolitos cierra hoy un año de trabajo con un recital que
además, será un repaso del esfuerzo común.
“Escuchar a los pibes, trabajar junto a ellos y estar presentes
donde podamos sumar”, definieron los cinco integrantes de Farolitos que se definen a sí
mismos como la cara visible de un extenso grupo de amigos. Pero no es lo único. También estuvieron
presentes a la hora de sumar en distintos ámbitos (talleres y movimientos culturales) y barriadas.
También le pusieron el hombro a subcomisiones de clubes, grupos de jóvenes, artistas y escenarios
populares.
“La música permite comunicarte y después crear lazos
fraternales”, explicaron Marcos Migoni, Eduardo Dezorzi, Ariel Ciccaleni, Leonardo Vega y
Martín Jáuregui. Los integrantes del grupo no superan los 28 años y a ellos, como a tantos, les
pesó la crisis de 2001 cuando recién salían a la vida y no encontraban trabajo. Fanáticos de
canciones “decidoras” se plantaron con un desafío de máxima: gestaron un grupo de rock
que nació su destino. “Ayudar a ocupar los espacios sociales vacíos”,
enfatizaron.
“Le pusimos Farolitos, era dar algo de luz”, relataron al
evocar los años de individualismo y crisis. Las canciones que hoy interpretan hablan de la
necesidad de participar, del compromiso social, de los chicos del pueblo, del dolor que trae el
paco, de la trata de menores y de cualquier injusticia, sólo a modo de
ejemplo.
Canto y acción. Entre otros trabajos, Farolitos y sus amigos le devolvieron la vida a los clubes
El Luchador y El Federal. Se reúnen, detectan las necesidades, buscan recursos y ponen manos a la
obra “en lo que sea necesario”, aclararon. Además organizan torneos de fútbol, peñas y
talleres.
“Vemos que muchos tienen las mismas necesidades que nosotros,
entonces vamos y articulamos para hacer los trabajos que hagan falta y terminamos siendo compañeros
de toda esa gente”, comentaron. Y relataron que el club El Federal estuvo a punto de ser
vendido para hacer un edificio. “Ahí estuvimos junto a los vecinos y el lugar se empezó a
llenar otra vez de pibes que participaron en actividades culturales y deportivas; eso genera
pertenencia, algo fundamental para quienes no tienen demasiadas oportunidades”,
explicaron.
“Mientras pintamos y arreglamos, los pibes se contagian de los
valores como solidaridad, diversidad y amistad”, enumeraron y decidieron ir hasta el hueso.
“Fijate qué sociedad enferma que tenemos que los pibes, en medio de esa tarea, agradecen que
nosotros los escuchemos, son vulnerables y están propensos a todo los peligros de la calle”,
dijeron. “Ahí está el dato, en prestarles atención”, insistieron mientras repasaban con
orgullo las preguntas que les hicieron los alumnos de la escuela Cristóbal Colón, de La República:
el lugar del mundo donde ellos sienten que pueden transformar la realidad que duele con canciones,
alegría y trabajo. l

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