22-11-09 | Por Pablo Díaz de Brito / La Capital
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Calentamiento global: el realismo le abre paso a la "geoingeniería"

La cumbre de la Apec en Singapur, el fin de semana pasado, dejó dos resultados netos. El primero fue geopolítico, si se quiere: desde ahora será la cuenca del Pacifico la que decida la agenda mundial, y ya no la atlántica (EEUU-UE). Obama y Hu Jintao decidieron, con la anuencia de los demás países de la Apec, reducir la próxima cumbre de cambio climático de Copenhage a una conferencia vacía de decisiones concretas e irrevocables. Una jugada que va contra el deseo explícito de quienes, con Europa a la cabeza, habían trabajado para que en la capital danesa se llegara a un acuerdo cuantitativo, con metas vinculantes de emisión de carbono para 2050. Esto, decidieron China y EEUU, quedará para algún momento de 2010.

El otro resultado de Singapur es la limitación y cambio del contenido mismo de la conferencia de Copenhage y del debate sobre los caminos a seguir ante el cambio climático. Prácticamente, EEUU y China (los dos mayores emisores de CO2), apoyados por, entre otros, Indonesia (otro gran emisor), le han dicho al resto del mundo que los recortes son demasiado costosos en términos de crecimiento, de tajadas de PBI, y que por lo tanto resultan política y socialmente insostenibles. Los demás países emergentes piensan más o menos lo mismo.

Este planteo lleva derecho a fortalecer la opción de la llamada "geoingeniería", en desmedro de las opciones tradicionales, basadas en el recorte de las emisiones. Básicamente, la geoingeniería consiste en aplicar tecnologías a gran escala para disminuir de inmediato la temperatura media global, limitando el ingreso de radiación solar a la baja atmósfera. La inyección de dióxido de sulfuro en la estratósfera, a imitación de lo que ocurre durante las erupciones volcánicas, es una alternativa. Otra, el lanzamiento de gotitas de agua de mar dentro de las nubes sobre el Pacífico, lo que aumentará su reflexión de la luz solar. Parece que esta última es la tecnología más prometedora y práctica: investigadores citados por el Copenhagen Consensus calculan que a un costo de 6 mil millones de dólares se evitaría la totalidad del calentamiento global de origen humano estimado para este siglo. Dato interesante si se compara con el costo de limitar el aumento de la temperatura media global a 2 grados dentro del siglo XXI mediante el recorte de emisiones de CO2: unos 40 billones de dólares, según la misma fuente. Y como los países que más crecen, por lejos, son los emergentes, como China e India, serían ellos los que tendrían que pagar esa enorme cuenta, mucho más que la ecologista Europa, que crece poco y lo hace en los servicios, no en la industria.

Así, las propuestas de la geoingeniería tienen dos ventajas sobre el planteo tradicional de recortar emisiones: primero, como se dijo, baja la temperatura global de inmediato y no a largo plazo; segundo, no afecta a las economías emergentes, que dependen de sus altas tasas de crecimiento para mejorar la calidad de vida de su población. Porque que quede claro: quienes proponen recortar drásticamente las emisiones de carbono están proponiendo que millones y millones de chinos, indios, indonesios, etc, permanezcan en la miseria para lograr esos drásticos objetivos. Este lado, el menos simpático y "progre" del ecologismo, se mantiene convenientemente oculto.

Por todo esto, en las próximas décadas, mientras se acelera el desarrollo de tecnologías alternativas a los combustibles fósiles pero a la vez se permite su uso para no frenar el desarrollo de las naciones emergentes, la geoingeniería será seguramente la mejor respuesta al calentamiento global. Mal que le pese al retrógrado integrismo ecologista, que nos querría ver a todos viviendo dentro de una escenografía medieval, en un retorno imposible al mundo anterior a la Revolución Industrial.

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